viernes, 21 de octubre de 2011

¿Qué es lo que nos pasa?


¿Ustedes se acuerdan de lo que los periódicos, a grandes voces, publicaban en su primera página hace tan sólo quince días? Pues yo, tampoco.

Vivimos en un mundo en el que lo que cada día ocurre, el suceso, lo noticiable, se esfuma como la niebla en las mañanas del verano. Unas noticias siguen a otras, y la última desbanca a la anterior sin que de ella queden ni restos ni reliquias en nuestro recuerdo.

Todo pasa enseguida, todo se olvida. Algunos han puesto ya nombre a esta facilidad con que olvidamos la historia de ayer sin que, como quería Cicerón, aprendamos nada de ella. Es la “cultura de lo efímero”. Se vive el instante y esto nos parece suficiente. ¿Mañana? Dios dirá.

El problema cultural que está planteando esta forma de ver la vida (y de vivirla), es el siguiente: podemos pasar muy superficialmente por todo el cotidiano acontecer, tocando sólo el sucederse de los días en la epidermis. No interesa, a lo que parece, profundizar en nada. Y así es como se vive en la superficie, centrando nuestros cortos días en la satisfacción inmediata. Sin más planteamientos.

Padres y educadores, ¿siguen haciendo a los adolescentes preguntas como las que siguen?: “¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿Qué orientación debes darla? ¿Cuál es el horizonte de sentido hacia el que debes caminar?”. Muchos jóvenes, hoy (y no tan jóvenes) ni siquiera se detienen un minuto a preguntarse, al hilo del diario acontecer, por dónde están dispuestos a conducir su existencia. Las crisis sociales, como el viento solano, lo queman y arrasan todo. No sólo se llevan los proyectos que se hacen a largo plazo, sino también el sentido que cabe dar a una vida, vivida con hondura. El “carpe diem” -“aprovecha el instante”- del poeta latino, Horacio, martillea constantemente la sensibilidad del hombre de hoy.

Y la avalancha de imágenes, de mensajes, de noticias fugaces que nos suministra la telefonía móvil, sin apenas tiempo de digerirlas, no ayudan nada a este proceso de vivir la vida reflexivamente, saboreando en el silencio de la razón y del corazón lo que merece la pena retener y aprender de ese milagro que es Internet. Las maravillosas redes de comunicación nos envuelven cada día, ¿para qué? Tal vez para aprisionarnos. Tal vez para que saquemos sólo la conclusión de que todo pasa, todo es efímero, nada es consistente. Y que, por tanto, lo mejor es abrazarse al instante placentero, sin más planteamientos.

No me gustaría convertir este aviso en graznido negro de “pájaro de mal agüero”. Pero sí merece la pena encender una lucecita roja, para hacer un “stop” en la carrera de la vida, cuando queda tiempo y hay futuro. No sea que cuando se nos echen los años encima, y no podamos ya dar marcha atrás, nos lamentemos de que hemos desperdiciado en la “nada” el tiempo que Dios nos regaló para hacer algo grande. 

El evangelio dice que Dios sólo recompensará a los vigilantes y esforzados; no a los que enterraron sus talentos y se echaron a dormir la siesta placentera, acunados por el instante que se evapora como el humo del incienso. O como el aroma del cigarro, ahora oficialmente prohibido.

Eduardo de la Hera

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