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lunes, 10 de abril de 2017

Y final

Con estas palabras de su buen amigo y sucesor beato Jordán de Sajonia, que hoy hago mías, cerramos esta serie de relatos sobre Santo Domingo de Guzmán, que comenzamos para acercar su figura y su orden, cuando se conmemoraban el 800 aniversario de la Confirmación de la Orden de Frailes Predicadores (dominicos) por parte del papa Honorio III el año 1216. No está lejos la fecha en que, Dios mediante, conmemoraremos los 800 años de presencia de los Dominicos en la ciudad de Palencia, en el convento que fundó este santo burgalés cuya vida y obra hemos intentado acercar a los lectores de Iglesia en Palencia.

«Tenía algo más esplendoroso y magnífico que los milagros. Estaba adornado de costumbres tan limpias, dominado por tal ímpetu de fervor divino, que era imposible dudar de su cualidad de verdadero predestinado... Y como el corazón alegre alegra el semblante, el gozo y benignidad del suyo transparentaban la placidez y equilibrio del hombre interior, a no ser cuando se turbaba por la compasión y misericordia hacia el prójimo y el necesitado.

Con esa alegría se atraía fácilmente el afecto de todos; cuantos le miraban quedaban de él prendados. Durante el día, nadie más accesible y afable que él en su trato con frailes y acompañantes. Por la noche, nadie tan asiduo a las vigilias y a la oración.

Todos los hombres cabían en la inmensa caridad de su corazón, y amándolos a todos, de todos era amado. Consideraba ser un deber suyo alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran y llevado de su piedad, se dedicaba al cuidado de los pobres y desgraciados».

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

lunes, 27 de marzo de 2017

La Canonización

Doce años han transcurrido desde que el cardenal Hugolino colocó en la tierra el cuerpo Santo Domingo. Inmediatamente surgió un culto público en torno a su tumba. Pero los frailes no sólo no lo han aprobado, sino que lo han extinguido. Hugolino, ya Papa Gregorio IX, se lo reprochará duramente. Sin embargo, la emoción con que los frailes testigos de su vida depusieron en el proceso de canonización, no permite pensar en un desinterés. Cree el Padre Vicaire, que los frailes quisieron evitar cualquier atisbo de lucro, muy del uso de la época, estas cosas hubieran horrorizado a fray Domingo.

En medio de un extraordinario clima de fervor, y gracias a la ardiente palabra de un predicador popular, que conmueve a Bolonia entera, el dominico Juan de Vicenza, se reaviva el culto popular a Santo Domingo, y se convierte en un verdadero incendio. Quedan despejadas las objeciones de los dominicos. Se obtiene de la Iglesia el permiso para la traslación de las reliquias a un nuevo sepulcro el 24 de mayo de 1233. Abierta la tumba, sale de ella un perfume de una suavidad y de una intensidad totalmente sobrenaturales, que invaden a toda la innumerable concurrencia. Ante este milagro esplendoroso el entusiasmo no conoce límites, y lleva hasta Roma a las autoridades civiles y religiosas de Bolonia, para obtener la canonización.

La canonización, pronunciada por Gregorio IX el 3 de julio de 1234, no se debe solamente a estos sucesos. Ellos dieron origen al texto del proceso que preparó esta declaración: nueve declaraciones conmovedoras de los frailes de Bolonia, y una treintena del sur de Francia. Nos han proporcionado también el Librito que compuso Jordán de Sajonia, poco antes de la traslación de los restos. Privados de estos documentos, hubiéramos sabido muy pocas cosas sobre la verdadera personalidad del santo fundador y de sus primeros hermanos. Hombres y mujeres sencillos que escucharon sus palabras o que vivieron con fray Domingo, frailes y prelados llenos de doctrina y de gobierno, han hablado con sencillez bajo juramento, sin más interés que el de la verdad, pero sin que les faltara el cariño y el tierno recuerdo de quien quieren llamar santo.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

lunes, 13 de marzo de 2017

6 de agosto de 1221, La “Transfiguración” de Fray Domingo (y III)

A los pocos años de Fray Domingo, su sucesor Beato Humberto de Romans, introdujo en el “Prototipo Litúrgico”, por el que se establecía y unificaba la liturgia para toda la Orden, que en el rezo de Completas, después de la Salve Regina, con la que tradicionalmente concluía el oficio monástico y por extensión el de la toda la Iglesia, se incluyera esta oración extraída del relato de la muerte ha llegado hasta nuestros días por gracia de los testigos en el proceso de canonización del bienaventurado Domingo.

¡Oh admirable esperanza!
La que diste,
a la hora de la muerte
a los que te lloraban.
Prometiéndoles
que después de tu tránsito,
vendrías en ayuda
de los hermanos.
¡Cumple, oh Padre,
lo que prometiste
socorriéndonos
con tus plegarias!

Fray Domingo había agotado todas tus energías en la extensión del Evangelio, había predicado y exhortado a tiempo y a destiempo, sin desfallecer en la carrera, superando toda clase de dificultades, con el único fin de anunciar a toda la creación la maravillas del Señor. Domingo muere extenuado, débil y pobre, sin una habitación en su querido convento de Bolonia, sin un hábito para su sepultura, pues le prestarán uno en mejor uso. Domingo se ha ido “trasfigurando” poco a poco, día a día, desde aquella fuerte experiencia en Palencia, con la oración, el estudio y la vida común, pilares de su obra, la Orden de Frailes Predicadores.
El día en que celebramos la Transfiguración del Señor, Domingo de Guzmán el andariego y sembrador de la Palabra, el hombre sonriente y alegre, incluso en las dificultades, el hombre fuerte que vio la luz en Castilla, fuerte como sus torres y murallas, el hombre que junto al río Carrión se hizo el hombre de la compasión, concluye su propia trasfiguración para decir: «Predicamos a Cristo con quien me he crucificado».

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

miércoles, 8 de febrero de 2017

6 de agosto de 1221 La “Transfiguración” de Fray Domingo (I)

Fray Domingo seguía trabajando y visitando los conventos que había fundado por toda Italia. Ya se había despedido de los de España, entro ellos Palencia en 1218 y de los de Francia, de regreso a su última morada Bolonia. Siempre a pie, y con continuas mortificaciones en el alimento y en el sueño, su salud se iba minando poco a poco. En compañía de su amigo el Cardenal Hugolino, reanudó la gran pasión, la que movió toda su vida, la predicación directa. Domingo sabe que ha recorrido bien su carrera, pero que no le queda mucho por recorrer, las fuerzas le fallan, se halla al fin de su vida y va a morir. Dejemos aquí el relato de su partida en palabras de aquellos que fueron testigos de su muerte:

«A finales del mes de julio, fray Domingo llegó muy fatigado, porque hacía gran calor, y aunque estaba muy cansado habló con fray Rodolfo, que era el nuevo prior, hasta bien entr da la noche, sobre el estado la Orden.

Y como éste quisiera dormir, rogó al dicho bienaventurado fray Domingo que fuera a descansar y no se levantara durante la noche a maitines; pero él no accedió a sus ruegos, sino que se fue a la iglesia y pasó toda la noche en oración, y no obstante asistió a maitines. Y después de maitines dijo a los frailes que le dolía la cabeza. Desde entonces comenzó manifiestamente a ponerse enfermo con aquella enfermedad que le llevó al Señor. Mientras le tuvo postrado la enfermedad, mandaba llamar a los frailes novicios, y con dulcísimas palabras y vivo amor los consolaba y amonestaba a obrar el bien.

Como el mal se agravaba, hicimos llevarlo a Santa María del Monte, que era lugar más sano. Cuando creyó que se moría, llamó al prior y a los frailes. Y acudieron allí unos veinte frailes con dicho prior, y estando junto a él, fray Domingo, que yacía postrado, comenzó a predicarles, y les hizo un magnífico y muy emotivo sermón; nunca se le oyó más edificante.

Creo recordar que entonces se le dio la Extremaunción. Y oí de algunos que el monje que por entonces era Rector de aquella iglesia, dijo que si moría allí, no permitiría que se lo llevasen, sino que lo haría sepultar en dicha iglesia. Y como se contase estas cosas al bienaventurado fray Domingo, respondió: “No quiera Dios que yo sea enterrado en otro lugar que bajo los pies de mis frailes. Llevadme fuera para que yo muera en aquella viña y podáis sepultarme en nuestra iglesia”. Entonces, tomándolo, lo trasladaron a Bolonia, a la iglesia de San Nicolás, temiendo que muriera en el camino.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

martes, 24 de enero de 2017

Un último impulso: El primer Capítulo General

Fray Domingo, ve cerca el ocaso de su vida, y solo piensa en gastar las pocas fuerzas que le quedan, al servicio de la predicación de la Buena Noticia. En mayo de 1220, apenas le queda un año y tres meses de vida, pero su querido convento de Bolonia está lleno de vida y de alegría por el encuentro de más de treinta delgados, elegidos por sufragio universal, llegados de España, Provenza, Francia, Lombardía, Hungría, Roma, Dinamarca... Estamos ante el primer Capítulo General de la Orden.

Domingo quiere afianzar y cimentar la vida común y la misión de la predicación. Quiere dejar el gobierno a otro, no se lo permiten y manda nombrar  cuatro “definidores” que dirijan del Capítulo. No quiere interferir.

La Orden se organiza desde los conventos, fundamento y “célula” de decisión. Sólo el Capítulo General, integrado por representantes de toda la Orden, puede legislar. A esto se le une un prelado mayor que se llamará Maestro de la Orden, que ostenta el poder ejecutivo, y recibe el voto de obediencia inmediata, de cada uno de los frailes.

Con estas bases canónicas, se empieza a trabajar, y el Maestro Domingo, es un fraile más en la asamblea capitular. Esto no ha cambiado hasta hoy. Se reguló el noviciado, la formación de los frailes, y la predicación acompañada de pobreza evangélica según el modelo apostólico elegido en 1216. No se percibirán rentas, ni propiedades, se prohíbe negociar con dinero en el ámbito de la misión, se prohíbe viajar a caballo. ¿No era esto lo que se quería destacar como revulsivo contra la “iglesia oficial”?

Las nuevas constituciones y la regla de san Agustín, se elaboran, y Domingo inspira algunos los textos, pero deja libertad de redacción al Capitulo, como máximo órgano de gobierno.

Al concluir el capítulo, los frailes vuelven a sus conventos, y se llevan, entre otros, este texto inspirado por Domingo de Guzmán: «A los que son aptos para la predicación, partiendo después de recibir la bendición, en todas partes, como varones que desean su salvación y la de los demás, pórtense honesta y religiosamente como hombres evangélicos, siguiendo las huellas de su Salvador, hablando consigo y con los prójimos, con Dios o de Dios. Yendo a desempeñar dicho oficio de la predicación o viajando por otros motivos, no tomarán ni llevarán oro, plata, dinero u otros regalos, excepto la comida, el vestido y la ropa necesaria y los libros. Todos los que están consagrados al oficio de la predicación o al estudio, no tengan cuidado o administración alguna de las cosas temporales, para que puedan más libremente y mejor cumplir el ministerio que se les ha encargado acerca de las cosas espirituales...».

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

viernes, 30 de diciembre de 2016

Bolonia, el jardín floreciente de Fray Reginaldo

Domingo llega en agosto de 1219 a Bolonia, y una gran comunidad le espera con veneració. Fray Reginaldo, superior enviado por Domingo desde París ha dado gran fruto. Era un prestigioso canónigo y deán en San Aniano de París, cuya entrada en al Orden estuvo digamos “inducida” por la misma Virgen María. Maestro en Artes, bachiller en Teología y profesor de Derecho en la Sorbona, será, con el tiempo, el tercer Maestro General de la Orden. De él se dice, que fue el más fiel seguidor de Domingo: “Su palabra era fuego, y sus sermones, como antorchas encendidas, inflamaban los corazones de los oyentes, que apenas lo había tan endurecido que pudiera sustraerse a su calor. Hervía Bolonia entera ante el nuevo Elías reaparecido, En aquellos días recibió en la Orden a cientos de boloñeses”. De haber permanecido en París u Orleans, la entrada de Domingo y su Orden en la capital del Sena, hubiera menos dificultosa y más fructífera.

Domingo había dejado en la primavera  de 1218 un puñado de frailes en una hospedería cerca de la iglesia de Santa María de Mascarella, con una pobreza que rayaba la miseria y ahora encuentra un convento noble, espacioso, pobre y austero, junto a la iglesia de San Nicolás cedida por el párroco, haciendo incluso él mismo fraile predicador.

Se ponen los cimientos para hacer un Studium y formar a los futuros predicadores. Tres maestros de Derecho canónico, llegados de la prestigiosa universidad boloñesa, tres maestros en filosofía, un maestro seglar vinculado a la Orden con un voto, y muchos alumnos, jóvenes y hombres de ciencia maduros, quieren abrazar la disciplina de aquellos frailes modélicos.

Con ese plantel de hombres, sedientos de almas a las que salvar, se plantea la misión. Bolonia es el cuartel general para planificar la predicación en el norte de Italia. Los cátaros y albigenses se han refugiado allí, y se empieza a forjar una red de conventos... pequeños fortines de estudio, oración, predicación y vida en común: Bérgamo, Florencia, Verona, Milán, en apenas dos o tres meses; y antes de un año. Faenza, Parma.  Lombardía es el centro de la Orden durante mucho tiempo. En en poco más de seis meses se alcanzará Hungría, Alemania, incluso Escandinavia.

Ningún sitio mejor que Bolonia, para organizar la Orden. ¿No era el centro del Derecho en toda la Cristiandad? Si en 1216 desde aquí se habían dictado las observancias para la vida cotidiana, era el momento, de detenerse a redactar las Constituciones.

Domingo, se establece en Bolonia. Sólo abandona la ciudad para ir a la Curia Romana. Allí vuelve para morir, y allí descansa su cuerpo hasta nuestros días.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

lunes, 12 de diciembre de 2016

Entre laureles de triunfos, y espinas de la lucha

Fray Domingo deja su patria, satisfecho de ver cómo la semilla prende en la dura tierra que le vio nacer. Vuelve a recorrer el camino que antaño hizo lleno de honores y riquezas, en la frustrada comitiva real, camino de Dinamarca. Ahora su honor es ver que hace la voluntad del Señor, y sus riquezas, los frailes que predican de norte a sur. Segovia y Palencia, son el inicio de su gran obra en España. La tradición le atribuye la fundación de Santiago de Compostela, Guadalajara, Burgos, Brihuela -cerca de Sigüenza- y su paso por Huesca, antes de cruzar los Pirineos. Y una larga lista de poblaciones que, envueltas en la tradición y la leyenda, aseguran que los honró con su presencia y predicación. Predica en Madrid y funda el primer monasterio de dominicas contemplativas; después será Santa María de Castro, en San Esteban de Gormáz, que marcharán a su villa natal de Caleruega por deseo de Alfonso X.

En Domingo se cumple el salmo: “al ir iban llorando, llevando la semilla. Al volver vuelven cantando trayendo sus gavillas”. Al llegar a España, el desaliento había entrado en el corazón de los primeros frailes, sembradores inexpertos, y la tierra, quizá no era la más propicia. Pero Domingo da un impulso con su presencia y su palabra “que al salir de su boca, a todos cautivaba”. Ahora ve creer la cosecha, y puede volver a otros campos y ciudades, que necesitan que el sembrador de Castilla, lleve la fuerza del Espíritu, para que, como aquellos apóstoles temerosos del cenáculo, salgan valerosos a dar testimonio del Resucitado.

Paris, es su próxima escala. Al llegar a la ciudad por la puerta de Orleans ve la hospedería de Santiago. Fray Mateo, ha organizado a la treintena de religiosos... una improvisada comunidad en un improvisado convento. La vida no había sido fácil a partir del otoño de 1217. Alojados en esa hospedería, que tuvieron que alquilar, apenas han encontrado quien les ayude. Su pobreza es extrema y su predicación parece no tener sentido. La Iglesia -comenzando por el obispo y los canónigos de Notre Dame, que tratan de impedirles el ejercicio público del culto en capilla alguna- parece ignorarlos. La excepción es un buen número de sacerdotes jóvenes que han entrado en la Orden y un maestro de la Facultad de Teología, que les enseña privadamente en la hospedería, según la exigencias del Derecho.

Pero las dificultades no amedrentan el ímpetu de Domingo, “el Espíritu del Señor está sobre él y lo ha enviado a predicar al Buena Noticia de Salvación”, nada, ni nadie podrá apagar el fuego de este Espíritu, aunque la “batalla de Paris” se presente llena de asperezas y dificultades.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

lunes, 28 de noviembre de 2016

Última visita a España, su vuelta a Palencia

En febrero de 1218, Domingo lleva en Roma una intensa actividad. De sus contactos con la Curia obtiene las primeras Bulas de recomendación del Papa, “llaves maestras” para abrir las herméticas diócesis. Organiza nuevas fundaciones y ministerios, y acoge a muchos jóvenes que envía a formarse en la nueva fundación de Bolonia, junto a la universidad. Llegan noticias, buenas o inquietantes según casos, de los frailes diseminados como el grano de la sementera evangélica. Y en mayo, con el buen tiempo se pone en camino para ver a sus frailes y resolver, si es el caso los problemas sobre el terreno.

Antes de ir a España, pasa por Prouille y funda el segundo convento de la Orden, a semejanza del de Toulouse. Llegado a su patria, el fruto no ha sido abundante. Dos de los frailes han vuelto a San Román, y tiene prisa por encontrarse con los otros dos que recorren la Península predicando. Ansía volver a contemplar la llanura de Castilla, repleta de mieses verdes que, como una bandera de esperanza, lo reciben después de trece años de ausencia.

En noviembre de 1218 está en Salamanca y se entrevista con el arzobispo de Toledo, el célebre Rodrigo Jiménez de Rada, antiguo amigo y sucesor de su compañero el obispo Diego de Osma en, la ya lejana, embajada real. Don Rodrigo confirma la Orden de Predicadores y dona a Domingo una casa en Brihuega, cerca de Guadalajara, “donde el desaliento había sacudido violentamente al equipo de sus compañeros”. En diciembre llega a Madrid. Fray Pedro de Madrid, había reunido entorno a la casa de los frailes a algunas jóvenes y Domingo las admite los votos en la vida religiosa dominicana, será el primero de contemplativas en España.

En Navidad se refugia en unas cuevas a las orillas del río Eresma, y experimenta la “pasión mística”, uniéndose, más si cabe, a Cristo, su modelo y su ideal. Predica, exhorta y funda el primer convento de frailes dominicos de España bajo el título de la Santa Cruz. Allí se conserva, hasta hoy, su recuerdo en la “santa Cueva”, lugar de devoción para Santa Teresa y los Reyes Católicos.

Y... ¿cómo olvidar a Caleruega y a Palencia? Llega a Palencia sobre enero o febrero de 1219 y funda el segundo convento en España, bajo el título del gran apóstol y predicador Pablo de Tarso. Había que volver a esa ciudad y perpetuar el amor de Dios y su Palabra. Quiere que sus hijos sigan predicando a los palentinos y que su recuerdo y memoria sean aliciente para las generaciones futuras. Se despidió, a buen seguro con lágrimas en los ojos, de la ciudad del Carrión. No volverá, pero Palencia, siempre tendrá un lugar en su corazón.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P
Subprior del Convento de San Pablo

viernes, 11 de noviembre de 2016

Domingo: el Sembrador de la Palabra (II)

El 15 de agosto de 1217, se lleva a cabo la dispersión. Domingo tiene en su mente cuáles son las mejores “tierras” para la sementera de la predicación: las ciudades universitarias, que facilitan a los frailes la mejor formación de la época y en ellas se debate el pensamiento de una nueva sociedad que no termina de despertar.

París será el primer destino con siete frailes. Su sustento y estancia dependerá de la generosidad de sus gentes, pues “sin bolsa y sin alforja, como lo apóstoles debéis ir a anunciar el reino de Dios”. Fray Mateo de Francia, clérigo maduro, y con más experiencia que el resto, abre el camino pues es originario de París. Hay que fundar un convento, estudiar en la universidad, extender la Orden, predicar... Deben salvar las dificultades con el clero de la ciudad y con los estamentos universitarios, que nunca han tenido a “frailecillos” como alumnos. Pero el epicentro teológico de la Cristiandad está en París, y hay demasiado clero inculto, como para no aprovechar la oportunidad por dura que pudiera ser la tarea. La Bula de fundación ayuda suavizar la entrada en la ciudad, pero no es suficiente, hay que “poner la vida en la Santa Predicación”.

Domingo no olvida su patria. Cuatro frailes en dos grupos, como los apóstoles, llegan a Salamanca y Palencia y en sucesivos envíos, Madrid, Guadalajara, Osma... Otros se quedan en Toulouse custodiando la primera fundación. Y otro pequeño grupo queda en el corazón espiritual de la Orden, junto a las monjas contemplativas de Prouille. El mismo Domingo marcha a Roma.

Domingo está otra vez sólo... y hay quien piensa que la dispersión “acababa de destruir con sus propias manos la animación del querido primero convento de Predicadores de San Román, se ponía fin al canto vigoroso del Oficio coral, las idas y venidas, las salidas y los regresos de la predicación, el estudio en sus celdas, el silencio...”. ¿Tuvo razón al dar ese paso tan trascendental? ¿Se ha dejado llevar por la presunción de los primeros éxitos o servía exclusivamente a los planes de Dios?

Quizá antes de tomar esa decisión volvió a su mente y a su corazón la visión que tuvo en la Basílica de San Pedro del Vaticano. En medio de las disputas de los reunidos en Concilio, en medio de la discusión por sacar a flote una Iglesia que se hunde, Domingo ve a San Pedro y San Pablo: uno le entrega un bastón como predicador itinerante, otro, le entrega sus cartas, ambos le exhortan ¡ve y predicar porque Dios así lo quiere!

Este fue el aval para no dejar el trigo de la Palabra amontonado en los herméticos monasterios, y ser, junto a sus hermanos, para siempre, SEMBRADORES DE LA PALABRA.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

miércoles, 26 de octubre de 2016

El sembrador de la Palabra (I)

La obra de Domingo crece. El obispo Fulco ha donado tres iglesias para que en ellas se predique diarimente. San Román de Toulose, la parroquia de Pamiens y otra cerca de Puylaurens, en el corazón de Albi, cuna de los cátaros. Además Domingo posee la iglesia parroquial de Fanjeaux, en la que fue párroco durante casi diez años. Con estas cuatro “casas de predicación” comienza a extenderse una red de predicación con ansias de extenderse sin límites.
 
Estamos en 1217 y Domingo ha traído de Roma las confirmaciones del Papa. Los frailes se llenan de gozo. El convento de San Román crece, con hombres de toda condición que “abandonan sus viejas redes y su cizaña” para hacerse, como los apóstoles pescadores de hombres y sembradores de buena semilla. La semilla del Evangelio. La comunidad femenina de Prouille, corazón espiritual, late y alienta la predicación de los frailes. Otras “pobres mujeres, que apartadas del vicio” quieren cambiar de vida se reúnen en una hospedería y la convierten en “comunidad de oración” en Toulouse. Parece que todo va en marcha con viva esperanza.
 
Domingo sabe que la euforia no durará mucho tiempo. Las luchas políticas y los levantamientos son continuos. Los excesos violentos de los cruzados como el Señor de Montfort, hacen que el prestigio de la Iglesia, se derrumbe. Si esto sigue así, el tiempo de la predicación desaparecerá. Por otro lado “las inmensas necesidades de toda la Cristiandad reclaman en todas partes la palabra de los predicadores”.
 
Ha llegado la hora de que los sembradores salgan a sembrar. Y Domingo escogió el día de Pentecostés (14 de mayo de 1217), invocando al Espíritu Santo, reunió a los frailes y les manifestó que, aunque eran pocos, había resuelto enviarlos por el mundo, y que no habitasen más tiempo allí reunidos.
 
La decisión, desconcertó a los frailes jóvenes y poco instruidos, apenas habituados a la nueva observancia. Pero la decisión estaba tomada: “es necesario separarse, marchar y predicar”. Una decisión tomada con una profunda reflexión, fortalecida por la oración. Aún así, la incertidumbre de salir a predicar a lo desconocido, causó no poca angustia entre los enviados, pues fueron a penas cuatro, los que quedaron en Toulouse.
 
Domingo ha visto sembrar los llanos campos de su Castilla natal, ha conocido la sementera junto al Carrión, y las consecuencias de las malas cosechas. Conoce el mundo agrícola y una vez más, una frase lapidaria resonará en los corazones de los frailes indecisos: “El trigo, amontonado, se pudre… esparcido, da mucho fruto”.
(Continuará)

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

lunes, 10 de octubre de 2016

LA FUERZA DE DOMINGO ESTÁ EN LA ORACIÓN

Domingo, no es un hombre con una complexión física fuerte, y la beata Cecelia Cesarini nos lo presenta casi con la figura grácil y mortificada de un auténtico asceta. Es un hombre incansable en la tarea apostólica, caminando varias decenas de kilómetros al día, para poder atender las necesidades de predicación en aquella oscura Europa que no terminaba de salir de una desgracia: guerras, hambres, pestes, etc. y que estaba sedienta de la luz de la esperanza que trae el Evangelio. Domingo tiene una clave para sacar fuerzas cada día: la oración. Fray Domingo es un asceta contemplativo, sin olvidar nunca la tarea que le ha encomendado la Iglesia. La oración será la clave para superar no pocas fatigas. Quizá sea una de las tareas menos conocidas de Nuestro Padre, la contemplativa. El del Padre Lacordaire, O.P., es clarificador.

«Después de cantar las Completas. Los frailes que prolongaban sus oraciones particulares, acaban de subir a descansar. Domingo piensa que está solo. Comienza entonces a orar en alta voz; gime y se mortifica. No ha visto al “frailecico” que se ha escondido tras una columna para espiar la oración de su Padre, al resplandor de la lamparilla. Otros imitan al hermano curioso. Su indiscreción amorosa nos descubre la grandeza extraordinaria de aquella oración, que constituye el misterio de Domingo y de su fundación.

Ora siempre. Durante el oficio divino, en la misa, en los caminos, en los bosques, en los santuarios que visita al pasar. Ora, sobre todo de noche. Apenas llegado a un albergue, empapado aún por la lluvia, se pone a orar mientras los hermanos se secan al fuego. Es frecuente que pase toda la noche en oración. Sólo interrumpe su oración contemplativa para asistir a Maitines, en los que anima el fervor de los religiosos, o para subir al dormitorio a visitar con cariño a sus frailes dormidos, y taparles.
¿Cuándo duerme Domingo? No tiene lecho. Dormita en la iglesia entre dos oraciones, reclinada la cabeza sobre una grada del altar. Se le encontraba también replegado sobre sí mismo en un rincón del convento, o sobre un banco, o también sentado. Pero, con mucha frecuencia, dormita también durante la comida. Dormía muchas veces al borde de los caminos. Después de haber dedicado el día a los hombres, consagraba la noche a Dios.

Se dirige con preferencia a Jesús, al Salvador, ante el altar o el crucifijo que gusta de visitar. Su contemplación se hace intercesión por los miserables, por los pecadores o por sus hermanos».

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

martes, 27 de septiembre de 2016

Afianzando las bases

Fray Domingo tiene las cosas claras, es un castellano recio, y sabe cuál es su objetivo. Aún así, su proyecto no estará exento de dificultades. El obispo Fulco de Toulouse es un gran apoyo pero no valen las buenas intenciones de Domingo o los donativos de la diócesis. Hay que solventar algunos problemas jurídicos de cierta altura.

El IV Concilio de Letrán había prohibido la formación de nuevas “religiones” -nuevas asociaciones de fieles y órdenes- pues trás ellas, en muchos casos, se ocultaban cátaros, que al amparo de la autorización o aprobación se libraban de las sanciones que imponía la justicia civil y eclesiástica.

La aprobación -con terminología actual, de “derecho diocesano”- que había hecho Fulco, era una buena carta de presentación ante Roma. No era fray Domingo un mero predicador itinerante sospechoso de herejía. Domingo y sus primeros “hermanos” los frailes, que hacía tiempo vivían en una comunidad que llamaban “Santa Predicación”, había demostrado sobradamente su fidelidad a la Iglesia y su dedicación exclusiva al Evangelio de Jesucristo. ¿Cómo dejar truncada esta “obra del Espíritu”, por una cuestión de leyes humanas?

El Obispo de Toulouse asiste al Concilio y le acompaña a Domingo, y quizás algunos otros. Inocencio III habla con Domingo, le escucha y a buen seguro, el obispo Fulco, le expone las andanzas exitosas de los nuevos predicadores. ¿Cómo “predicadores”? La predicación es potestad de los obispos, o de sus delegados. Los “éxitos” de la predicación de los obispos y los legados pontificios, engordaban las filas del catarismo.

Lo que Domingo ansía del Papa, es contravenir la norma que prohibía la creación de nuevas órdenes. Ya vimos, que estos predicares se constiyuyen “en colaboradores de los obispos”, y quiere que les conceda el “munus docendi”, la “facultad de enseñar” por la predicación. Y esto era mucho pedir. ¿Acaso no se trataba de vivir de la mendicidad? Pues, había que empezar mendigado.

El Papa, les permite seguir en su labor “diocesana”, pero Domingo quiere llevar el Evangelio “a todos los pueblos de la tierra”. Les autoriza a seguir extendiéndose, pero han de elegir una de las “antiguas reglas de vida”. No había mucho donde elegir. Quería una forma de vida apostólica, que saliera de los muros de los monasterios, y a la vez, una vida común fraterna, según el modelo de los apóstoles... Domingo volverá a sus orígenes en Osma. Allí había vivido bajo la Regla de San Agustín, incluso conocía la regla de los premostratense del monasterio de la Vid. Domingo tenía las bases para construir sobre roca firma su casa de predicación.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

martes, 13 de septiembre de 2016

¿Cómo caminar?

¿Cómo caminar?
 
Domingo y sus primeros hermanos en la Orden, habían obtenido el permiso del obispo Fulco de Toulouse para instalarse en las casas donadas por Pedro Sheila, pero no todo iba a ser un camino de rosas. ¿Cómo caminarían?

El programa regular comprendía dos aspectos distintos. Vida de predicación a pie, en la pobreza evangélica. Imitando la itinerancia de los Apóstoles, Fray Domingo lo llevaba practicando nueve años y así será hasta su muerte. A esto se unía una vida de comunidad regular, en la que formar a los frailes, estudiar, descansar y cuidarse de las enfermedades, tan comunes en aquellos tiempos.

«La manutención está asegurada por una parte del diezmo de los bienes del obispado: “Nos queriendo que estos hombres cuando vayan a predicar, reciban del obispado el alimento y de todo lo necesario, por esta razón, de acuerdo con el cabildo y la iglesia de San Esteban y de todo el clero de nuestra diócesis, a ellos y a los que con celo del Señor y de la salvación de las almas se les asocien a ministerio de la predicación, les asignamos a perpetuidad la sexta parte de los diezmos de que disfrutan nuestras iglesias parroquiales”». Esto causará no pocos problemas con estas instituciones que, es de suponer, que no gozarían de demasiados capitales.

La combinación de las dos clases de pobrezas expresadas en esta carta de 1215 no facilitará el proyecto de Domingo. Así lo explica el P. Vicaire: «Vivir de los diezmos del obispado mientras se acomoda o se atiende al convento, es sin duda vivir de la limosna prevista para “los pobres de Cristo”, según la tradición. Pero la aceptación de esta limosna regular, ¿puede conciliarse con el abandono diario a la Providencia, que significa la mendicidad del predicador, que es el ideal que Fray Domingo quiere para sus frailes?». Resultará una tarea ardua compaginar ambos aspectos.

Por otro lado una novedad aparecía en el horizonte. No muchos años atrás, los predicadores pontificios tenían una misión papal: “Combatir a los herejes”, en una predicación de defensa y combate. Domingo y sus frailes superan esta perspectiva estrecha y negativa para ayudar a la predicación pastoral del obispo. Una predicación positiva de la doctrina y costumbres cristianas, adulteradas en aquel entonces, y dirigida a todas las ovejas del rebaño diocesano, fieles e infieles. El predicador, para Domingo, es un colaborador del obispo, y se convierte en un órgano permanente de la evangelización de la diócesis.

Domingo, será el predicador de la Gracia, en pobreza y comunión con el Obispo Fulco. Sobraban “predicadores de la des-gracia”, llenos de poder y dinero y al margen de la Iglesia apostólica. Ese es el legado de santo Domingo a su hijos.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

miércoles, 27 de julio de 2016

Domingo pone la primera piedra

La villa de Fanjeaux, en la que ha sido párroco Domingo, se queda pequeña para la obra que, en su mente y corazón, lleva tiempo fraguándose. Las monjas claustrales de Proulle son un buen cimiento, pues su oración asegura el fruto de la predicación de los frailes, pero hay que seguir trabajando para que la obra que el Señor ha comenzado, llegue a buen término.

Fue en Toulouse donde renació la predicación, a petición del legado pontificio que asistió al concilio de Montpellier. Esta predicación no había sido espontánea y ocasional, como la de los predicadores cátaros itinerantes. Domingo tenía claro que no podía ser algo provisional. Se precisaba una predicación permanente, sostenible en el tiempo... era necesaria una nueva Orden religiosa. Estable y reglada con algunas normas de vida, que aseguraran la perpetuidad y el crecimiento ilimitado de la pequeña semilla, tocada por la mano del Creador e iluminada por la fuerza del Espíritu. Para Domingo el modelo apostólico es el mejor: los que fueron los primeros en seguir al Maestro son el modelo a imitar en la misma tarea. La pobreza de vida, la vivencia de la oración, y la formación intelectual y moral serán los pilares para el predicador.

Dos vecinos de Touluose se unen al grupo de Domingo. Uno de ellos, Pedro Seila, entrega un grupo de pequeñas casas pegadas al castillo condal, no lejos de una pequeña iglesia del señor de la villa. La “fundación” está en marcha. Se colocó la “primera piedra fundacional” entre el 7 y el 25 de abril de 2015, por la “profesión” o voto de obediencia que recibió Domingo de los primeros frailes. Domingo es fundador y las casas de Pedro Seila son desde entonces la cuna de la Orden de Frailes Predicadores.

Hace falta la aprobación formal, y a principios de junio de 1215, el Obispo Fulco, de Toulouse, en una carta aprueba el «propósito regular» de la joven comunidad, y confiere a sus miembros la misión formal de ser predicadores en la Diócesis: «En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo: Hacemos saber a todos los presentes y venideros que Nos, Fulco, por la gracia de Dios humilde ministro de la silla de Touluose, queriendo extirpar la herejía, desterrar los vicios, enseñar a los hombres las reglas de la fe y formarlos en las buenas costumbres, instituimos por predicadores de nuestra diócesis a Domingo y a sus compañeros, que se propusieron andar a pie, con pobreza evangélica, a predicar la fe del Evangelio».

La intuición de Domingo, el castellano que sufría con el sufrimiento de sus hermanos, tomaba cuerpo y comenzaba a crecer, para gloria de Dios y bien de su amada Iglesia.

viernes, 8 de julio de 2016

A las órdenes de los obispos

La toma de posesión de nuestro obispo D. Manuel, me anima a traer un aspecto de la vida de Santo Domingo, que ayuda a comprender la obra que comenzó hace ocho siglos el “sembrador de la Palabra”. Nuestra Constitución Fundamental dice: «Hechos cooperadores del orden de los obispos por la ordenación sacerdotal, tenemos como oficio propio la función profética por la cual [...] el Evangelio de Jesucristo es anunciado en todas partes con la palabra y el ejemplo» (Parágrafo V). La colaboración con los sucesores de los apóstoles está en la genética de nuestra Orden, heredada desde el inicio de nuestro fundador, como en la misión primera de acompañar al obispo de Osma en la misión real. Está en el primer amanecer de los Frailes Predicadores.

Restaurados entre 1211 y 1213 los principales obispados de la provincia Narbonense, se eligió para las sedes episcopales, a abades que se habían mantenido fieles a la “Santa Predicación” y no “contaminados” con las ideas cátaras. Pero Domingo rechazó, por dos veces, la dignidad episcopal para la que se le había elegido. Quería predicar con humildad, con la autoridad. No predicar sin misión, costumbre arraigada entre los cátaros.

Recibe en ese momento el mandato de predicar del obispo de Carcassonne, será nombrado más tarde vicario in spiritualibus del obispo Gui, y en su ausencia, predica la Cuaresma en la catedral y en la plaza de la ciudad-fortaleza. Una vez el obispo Gui en su sede, Domingo regresa a Prulla, lugar de la fundación de las contemplativas. Ahora el obispo Fulco le encarga atender la parroquia de Fanjeaux. La nueva etapa apasiona a Domingo, predicanado a gentes sencillas y desorientadas, el cara a cara de la predicación, “metido en el fango con aquellos que están atrapados, para juntos salir victorioso”. “Los caballeros que ocupan estas tierras son amigos de los cátaros. Se le amenaza. Y la crueldad del martirio, como el que cada día sufren los cruzados y los sacerdotes prisioneros del conde de Foix, será para Domingo un privilegio del Señor” (Cfr. P. Vicaire).

Poco a poco se unen compañeros. Posee un santuario y limosnas que el obispo le deja y rentas concedidas por el conde. Se perfila un proyecto, no personal, sino eclesial, en comunión con los pastores para cuidar el rebaño de Cristo. Se va formando una comunidad de Hermanos que partirán, con pobreza evangélica, enviados por los obispos a llevar la Palabra de Dios. ¿Vuelve a renacer la predicación de Jesucristo? ¿No hicieron lo mismo los apóstoles, buscando colaboradores para anunciar la buena noticia? Esa era la idea de fray Domingo y ese es el ideal de sus hijos 800 años después.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

martes, 28 de junio de 2016

Las “florecillas” de Fray Domingo

En las hagiografías de los santos se mezclan por igual, historia, leyenda, piedad y amor. Es un género literario muy peculiar, el de las “florecillas”. Relatos más o menos verídicos, llenos de amor y devoción, que dejan entrever una realidad profunda, como es la vivencia del seguimiento de Cristo en un grado extraordinario. Una unión con Dios tan profunda y tan singular que hace “florecer” en el santo toda clase de prodigios, avalando así la íntima unión con el Creador. Para esta ocasión he querido espigar algunas que nos relatan los primeros testigos de la canonización del santo burgalés. El P. Vicaire y Leonardo Von Matt:

El predicador: Se daba con tanto ardor a la predicación, dice Guillermo Peyre, abad del Capítulo de Narbonne, que quería anunciar la palabra de Dios de día y noche, en las iglesias y en las casas, por los campos y los caminos, por todas partes, en una palabra, sin querer hablar más que de Dios... No daba tregua a los herejes, y se oponía a ellos por la predicación, la controversia pública y por todos los medios a su alcance; tanto por la palabra, precisa Arnaldo de Crampagna, como por el ejemplo de una vida santa.

La oración: En las persecuciones no se dejaba vencer por el desaliento, caminab, apacible e intrépido, en medio de los peligros, y no se desviaba. Por el contrario, si el sueño le vencía, se echaba en el camino o en los contornos inmediatos y dormía. El B. Otón, añade; Cuando caminaba conmigo y otros compañeros a través de los bosques, solía quedarse atrás. Cuando se iba en busca suya, se le encontraba en oración, de rodillas, sin miedo a los lobos hambrientos que atacaban, sin embargo, a gran número de personas.

Confianza en Dios: Un día, cuenta Pedro de Brunet, el santo había pasado un río en una barca; los barqueros le pidieron el dinero del salario; no tenía nada para pagarles. Insistieron, exigiendo el dinero o una prenda, e incluso echaron la mano sobre él. Fijó los ojos en el suelo, y mostrándoles allí un dinero. “Recibid de la tierra, dice, lo que reclamáis”.

Hombre austero: Atormentado con frecuencia por dolores, dice Guillermina, una de sus hospederas, los circunstantes le ponían en el lecho, y él, al punto, se echaba en tierra, porque no acostumbraba a descansar en cama. Habiéndole preparado muchas veces la cama, confirma Beceda, no se acostaba en ella, sino que a la mañana la encontraba dispuesta según la había dejado cuando yo la hice. Y lo mismo hacía cuando estaba enfermo. También le encontraba con frecuencia durmiendo en el suelo, descubierto. Y como le cubriese, al volver hallábale orando, o de pie o en postración.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

martes, 7 de junio de 2016

Las monjas de Prulla. La primera Fundación

Las monjas de Prulla.  La primera Fundación
 
Mientras en el sur francés las tropas al mando de Simón de Montfort intentan frenar el levantamiento cátaro... Domingo sigue, dolorosamente solo, con su “batalla” de predicar la salvación; los abades cistercienses, han desistido en su empeño de predicación y han vuelto al claustro. Y Diego de Acebes, retorna a su sede en Osma para no volver, pero ha dejado en Domingo, un estilo de predicación mendicante, y un grupito de mujeres enclaustradas en Prulla.
 
Estas, eran jóvenes huidas de los cátaros, a quienes sus padres las habían confiado, según la costumbre frecuente en las familias nobles y poco afortunadas del sur francés. Mujeres generosas de origen católico, que querían volver “a los brazos de la Madre Iglesia”.
 
El extremismo de la castidad de los cátaros, que se auto proclamaban perfectos, su abstinencia de todo lo que tocaba a la materia, y su espiritualismo angélico, atraían estas mujeres con anhelos de perfección. La semilla de la herejía prendía en ellas que se convertían en las mejores propagandistas. Los perfectos se agrupaban en comunidades, que en adelante servían de lugares de retiro y centros de ministerio para los predicadores de la secta. Sin recursos, y con frecuencia abandonadas por sus familias, estas mujeres no sabían qué hacer. Domingo pensaba que debían hallar en la Iglesia una forma de vida todavía más santa y fecunda, y por eso decidió fundar un monasterio con éstas y otras mujeres.
 
La mayor parte de las conversiones las consiguió el mismo Domingo, que se encargó de entrevistarse con el arzobispo de Narbonne. Este concedió a las convertidas un patrimonio inicial, en abril de 1207 y así nació una comunidad en Prulla, donde fijó Domingo el centro de su predicación.
 
Dios concedió a Domingo una gracia especial para el ministerio femenino. Por dondequiera que pasó dejó grupos de monjas, y es significativo que su primera fundación fuera femenina. Y el P. Vicaire expresa así el fin de esta fundación: «Por fin, la estabilidad económica de una comunidad femenina que podía recibir bienes, le permitía encontrar una contrapartida cómoda a la mendicidad itinerante. Cuando volvía de sus excursiones apostólicas, en las que había mendigado el pan de cada día, gozaba de la hospitalidad de las Hermanas, como los predicadores cátaros de la hospitalidad de las perfectas. La oración de las monjas se unía a la suya. El resplandor de su palabra y de su vida se apoyaba en el fulgor religioso de la comunidad y de las buenas gentes, que apoyaban con sus bienes al monasterio, ofreciéndose a la “Santa Predicación” del señor Domingo».

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

lunes, 23 de mayo de 2016

Domingo, y el fuego purificador

Domingo se quedará solo en tierras francesas casi diez años, metiéndose hasta el cuello en el “fango de la herejía” y “cuan otro Moisés conducirá al pueblo a la liberación”. Son frases de los que conocieron la fuerza de su predicación, que no descansará por extender el Evangelio. Una labor incansable para, como al posadero, mostrar la Luz que ilumina a los hombres.

Sabemos por el testimonio de los testigos de canonización, que convivieron en los primeros pasos de su predicación, que las discusiones doctrinales eran continuas, y algunas incluso violentas. Domingo, confía en la fuerza del Espíritu, y pone al servicio de la Santa Predicación su sólida formación teológica y doctrinal adquirida en Palencia durante más de una década. La discusión doctrinales se alterna con la predicación popular, en pueblos y ciudades, en los caminos, con los labriegos, adormecidos por la predicación cátara, con los clérigos con poca formación, en definitiva, con el pueblo de Dios.

El método de las disputas teológicas sigue el esquema de coloquios apologéticos. Se fijan los temas de forma de proposiciones. Los protagonistas presentan por turno sus argumentos, y a veces los redactan, indicando sus “autoridades”, para que el adversario pueda preparar la respuesta. Algunas veces, al final de la discusión, las respuestas se ponen por escrito para ser sometidas al parecer de los árbitros del debate. Y un jurado debe decidir quiénes son los vencedores. Estos jurados, son en muchos casos incompetentes en la materia que se debate, seglares feudales o burgueses, que responderán a intereses muy bien remunerados...

En más de una ocasión se recurre al llamado y temido “juicio de Dios”. El fuego que purifica es la señal de que un hombre es inocente o culpable en una acusación grave. Pedro de Vaux-Cernai, relata que, en una ocasión, un libro de Domingo fue entregado al jurado y arrojado a las llamas por los jueces, persuadidos de que no podría quemarse si su doctrina era verdaderamente santa. Y el libro no ardió, a pesar de que se intentó quemarlo tres veces. Domingo alejado de estas supercherías, predica con ardor y conmueve a la multitud, pueblos enteros se declaran a su favor y a favor de la verdadera fe y lo siguen por los caminos. Los señores feudales, en cambio, permanecen hostiles. El fuego que Domingo prefiere, es el del Espíritu que purifica los corazones vacios de los cátaros, que ilumina más que el vil dinero, que deslumbra a los señores de Fanjeaux, Carcasonne, Montreal o Mirepoix. El fuego que devora los libros se extinguirá, pero el Espíritu que mueve a Santo Domingo y arde en su palabra no tendrá fin.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

miércoles, 27 de abril de 2016

Domingo, una voz que clama en el desierto

El obispo de Osma y Domingo de Guzmán, quieren -como hemos visto- liberarse de sus “cargas” eclesiásticas en la diócesis castellana, para dedicarse a la santa predicación. El Papa Inocencio III no les ha dispensado, sobre todo a Diego de su oficio, necesario en aquel cabildo que estaba fraguando su reforma.

Es cierto que la reforma gregoriana, ha empezado a dar frutos: hay un clero un poco más formado, las abadías atienden a la población y se sienten más independientes en las cosas temporales, lo que ayuda a un mejor resultado de las cosas espirituales. Pero junto a esto, sigue la idea de la conversión por las armas, que pocos y nefastos resultados ha dado. “Casi todo el universo sabe cuánto ha trabajado la Iglesia, por medio de sus predicadores y de sus cruzados, para eliminar a los herejes y las bandas de aventureros en la provincia de Narbona y regiones circunvecinas”. Con esta naturalidad se expresa el IV Concilio de Letrán, y lógicamente el resultado no ha sido positivo. Los cátaros o albigenses se hacen más fuertes y están más arropados por el pueblo llano... que ve en los enviados del Papa y de los obispos, a sanguinarios guerreros en busca de botín, o lejanos pastores, rodeados de un boato y una riqueza, que hace que el mensaje evangélico no sea escuchado y menos aún vivido. El panorama que se presenta a Domingo es “cómo predicar en el desierto”, con una salvedad: en el desierto no encontrara los enemigos que tiene delante: guerra, hambre, odio, venganza...

Domingo y Diego vuelven a Castilla, siguiendo los mandatos del Papa. En Montpellier, conocen a Arnaldo de Amaury, abad del monasterio de Cîteaux, y a los legados pontificios, monjes reformados del monasterio de Fotfroide, Pedro de Castelnau y el maestro Raúl. Además del miedo de quien sale de la seguridad del cenobio para enfrentarse al problema doctrinal y político, e incontables cartas con instrucciones, consejos y alientos del mismo Inocencio III, estos monjes no cuentan con más ayuda que la ofrecida por Domingo y Diego. El mismo Diego ve una salida en renunciar al obispado oximense, que el papa no ha aceptado, ingresar como monje cisterciense y unirse a los legados papales, llevando así a cabo su intención de predicar. El “desierto” donde predicar se amplia, pues aunque se han conseguido cambios en la fachada de la Iglesia, su estructura interna está atacada por todo tipo de males: relajación de costumbres, simonía, falta de formación del clero... Los legados pontificios, pronto se convertirán arrogantes señores con cartas de poder que tirarían por tierra los mejores deseos de muchos buenos varones apostólicos como Domingo y Diego.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo

lunes, 11 de abril de 2016

Preparando el terreno, para poner los cimientos

Finalizada la misión real Domingo y Diego se plantean volver a la “tranquilidad” del claustro canonical de Osma, o atender a las pobres gentes que hacían exclamar a nuestro santo “¿qué será de estos pobres pecadores?”. Pero hay que hacer una aclaración. Domingo de Guzmán, no identifica pecadores como una persona que trasgrede un precepto o norma religiosa. Domingo los entiende como los alejados, los que no conocen la “Buena Noticia” de salvación. Y podríamos poner en su boca: “¿Cómo permanecer sin hacer nada habiendo tantos que no conocen a Cristo, que es la salvación?”

Así pues, nuestros buenos compañeros de fatigas, sin la pesada carga de las misiones reales, se dirigen a Roma, pues el Obispo de Osma debe despachar, con el papa Inocencio III, asuntos de importancia, en especial uno, de carácter personal, que no puede hacer embajador alguno. Acaba de presentar al papa la dimisión como obispo de Osma, pues se propone dedicarse al apostolado entre los paganos.

Era necesario verse libre de esta “atadura” para dedicarse por entero a la tarea, que a ambos apremiaba. La idea estaba en el ambiente con el que se encontraron al llegar al mediodía francés. En todo el centro de Europa, se organizaban movimientos encabezados por obispos para “combatir” el avance de la herejía. Estos, acudían a los regulares, especialmente a premostratenses o cistercienses, y, en algún caso y con menor éxito, a la Órdenes militares.

Los obispos con mayor celo por esta tarea, necesitarán del apoyo, no solo económico de los nobles y reyes, sino que en muchos casos será necesario el uso de la fuerza para contrarrestar el avance violento de aquellos a los que iba dirigida a la evangelización. Podemos, fácilmente, entender, que en este escenario la mezcla de fuerza, política, religión y herejía, producirá unos resultados, más bien, alejados del Evangelio y del fin que se pretendía. Muerte, guerra y destrucción no era el terreno adecuado para sembrar la semilla de la Palabra.

En este escenario Diego y Domingo encuentran algo que en España, no encontraban: un esfuerzo innegable por sobrepasar las empresas y las fronteras militares y llegar por la predicación a los paganos en su propio territorio. Esta labor apoyada por obispos daneses y sajones, se atisbaba más efectiva que la oración antes de entrar en batalla, a la costumbre de las guerras de reconquista contra los musulmanes en Castilla.

Se buscaban sacerdotes ilusionados por esa dura misión. La diócesis de Osma, restaurada con espíritu de renovación, que ahora se precisaba, era para Domingo y Diego tierra vieja. Comenzaba la nueva vida de Domingo.

Fray Luis Miguel García Palacios, O.P.
Subprior del Convento de San Pablo