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miércoles, 22 de noviembre de 2017

“Los orientales no pueden imaginar su vida sin lo sagrado”

El misionero dominico Rubén Martín con su padre
Rubén Martín, natural de Mazariegos y misionero dominico en Timor Oriental, ha estado unos días de descanso en su tierra natal y en Iglesia en Palencia hemos podido conversar con él para conocer la labor que realizan los dominicos en el país asiático y cuál es la realidad que allí se vive.

Rubén, lleva más de 20 años como misionero en Timor, anteriormente estuvo en Taiwán y destaca que en general los orientales son muy religiosos, ”para ellos no existe la posibilidad del ateísmo, no pueden imaginar su vida sin un dios, sin lo sagrado, su vida está muy marcada por lo Sagrado”. Rubén asegura que en Timor hay una gran mayoría de cristianos católicos pero en muchos, está muy arraigado el animismo... creencia que atribuye vida anímica a todos los seres.

¿Cómo es la vida de Fe en los países orientales?
En los países donde la religión cristiana es minoría, la Fe se vive con un gran fervor, la iglesia para ellos es su casa, su familia, lo es todo. En cambio, en Timor, al haber una gran mayoría católica, ese fervor está más debilitado. Pero existe una gran diferencia con Europa, los orientales, en general, respetan mucho todo lo sagrado, cosa que aquí parece que dedicarse a lo sagrado es una pérdida de tiempo.

¿Cuál es su labor en Timor?
Actualmente, me dedico a la casa de formación, atendiendo a los jóvenes que quieren ser dominicos. En Timor contamos con muchas vocaciones, el seminario está lleno. Hay muchísimos jóvenes, nuestra población no está envejecida. Timor es un país que parte casi de cero, nació como estado soberano en el año 2002. Desde la Iglesia se ha hecho un gran esfuerzo y una apuesta por la formación. Y por facilitar el acceso a la educación. Aún así, muchos de los jóvenes  que acuden a la escuela tienen que andar más de una hora.

Natalia Aguado León

domingo, 22 de octubre de 2017

DOMUND 2017: “SÉ VALIENTE: LA MISIÓN TE ESPERA”

El año pasado la Iglesia en España propuso para el Domund el lema “Sal de tu tierra”, evocando la persistente invitación del Papa Francisco a salir de uno mismo para ser enviado a otras periferias existenciales. Fruto de esta propuesta, contemplamos -con gratitud a Dios y a la Iglesia- a los miles de hombres y mujeres que han salido de nuestras comunidades cristianas a la misión, y permanecen en ella, fieles a su vocación. Son los misioneros repartidos por todo el mundo. Han salido de nuestras comunidades, pero su origen ha sido absorbido por la identificación con su destino, el pueblo al que han llegado y al que están entregando su vida.

Ese “salir” no ha sido fácil. Han sido años de formación. En principio, es una salida sin retorno o, al menos, de larga duración, porque la vocación del misionero es ad vitam, para toda la vida. Se precisa, pues, un amplio periodo de discernimiento y formación, no exento de dudas e incertidumbres, de tentaciones y argumentaciones para justificar la posibilidad de, al menos, dilatar la respuesta audaz y radical.

Sin miedo ni arrogancia

Esta es la razón por la que el Papa Francisco insistía el pasado mes de octubre en el valor de ser misioneros: «¡Hoy es tiempo de misión y es tiempo de valor! Valor para reforzar los pasos titubeantes, de retomar el gusto de gastarse por el Evangelio, de retomar la confianza en la fuerza que la misión trae consigo. [...] Se nos pide valor para abrirnos a todos, pero sin disminuir lo absoluto y único de Cristo, único salvador de todos. Se nos pide valor para resistir a la incredulidad sin volvernos arrogantes. [...] ¡Hoy es tiempo de valor! ¡Hoy se necesita valor!».

Esta exhortación al valor para salir e ir a la misión se la repetía a los voluntarios que habían colaborado en la organización y celebración de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia, el pasado verano. El Papa tuvo la espontaneidad de entregar el texto escrito preparado para la ocasión y mantener con ellos una amigable conversación. Para ser «la esperanza del futuro», les decía, es preciso hacer memoria del pasado y tener coraje para asumir el presente. «¿Qué tengo que hacer en el presente?», se preguntaba Francisco. «Tener coraje. Tener coraje. Ser valiente, ser valiente, no asustarse». Un buen rato estuvo glosando la necesidad de ser audaces para vivir apasionadamente el presente. Poco antes había caracterizado al joven «de sofá», en contraposición a la propuesta de la valentía y de la audacia.

Este ha sido el motivo que ha propiciado la decisión de presentar el DOMUND 2017 con el lema “SÉ VALIENTE: LA MISIÓN TE ESPERA”. Se trata de exhortar a las comunidades eclesiales, a los fieles cristianos, al Pueblo de Dios, a tener coraje para vivir la misión, entregando generosamente y con valor la fe recibida.

Valentía, ¿para qué?

Valentía para vencer algunas tentaciones que aparecen en el camino del creyente. Tentaciones con una gran capacidad de persuasión y que nacen ordinariamente de una fe lánguida y deficientemente fundamentada.

Valentía para vencer la visión secularizante que identifica la fe con la cultura de un pueblo. «Nuestra forma de ser y vivir está inspirada en la fe cristiana, pero en otros ámbitos territoriales es otra concepción religiosa la que ilumina el sentido de su vida; por tanto», se dice, «no es necesario ir a esos lugares para llevarles la cultura “cristianizada” de Occidente». Ante esta argumentación, es preciso tener la valentía de responder con la certeza de que la fe es más que una cultura, de que la Redención de Jesucristo es algo más que una simple liberación social.

Valentía no solo para dejar salir, sino para enviar a aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a la misión. Las instituciones eclesiales, que antiguamente gozaban de recursos humanos para enviar a evangelizar, cooperando con otras Iglesias en su maduración, están experimentando la pobreza por la carencia de estos efectivos. Nace la tentación de justificar el cierre de puertas para que no salga nadie, con el pretexto de que aquí y ahora estamos urgidos igualmente por la misión. Es el individualismo que enmascara la pérdida de la dimensión universal de la fe. Pero, en el interior de cada comunidad cristiana y, de modo mucho más elocuente, en el de la diócesis, late con fuerza esa dimensión universal.

Valentía, en quien es llamado a la misión, para vencer aquellos argumentos disuasorios que le llevan a considerar que carece de las cualidades suficientes para ser misionero, al entender que estos son unos héroes. Es fácil sucumbir a esta tentación de la propia incapacidad para ir a la misión. A ello puede sumarse la presión de la opinión pública -en la que la dictadura del “se lleva”, el prestigio o el bienestar predomina sobre cualquier otra opción que suponga la renuncia y la entrega- y la percepción de que, entregándose, se pierde libertad.

Otras muchas situaciones se podrían describir para justificar la invitación al coraje que lanza el Papa. Ante estos condicionamientos externos e internos que dañan la respuesta a la misión, no cabe otra alternativa que la valentía de darse, como se descubre en varias imágenes del Evangelio.

Pastor, sembrador, pescador

El pastor reconoce que le han sido entregadas unas ovejas que no son suyas, pero que ha de cuidar como tales, hasta dar la vida por ellas. Se identifica de tal manera que las conoce por su nombre, las acompaña en su vida y las conduce a los buenos pastos. Unas veces va delante, abriendo camino para llevarlas a las majadas; otras, anda entre ellas, manteniendo un diálogo individualizado con cada una, o se retrasa para atender a las que caminan con mayor dificultad o tienen la tentación de rezagarse. Para ser buen pastor hace falta valor para salir de uno mismo y entregarse a los demás.

Vemos también valentía en el sembrador para lanzar a voleo la simiente que gratuitamente ha recibido. No le duele el desprendimiento, ni el desgarro de prescindir de aquellos granos sementeros; al contrario, tiene la alegría de que aquello que siembra con largueza se multiplicará en nuevos frutos. Es la imagen de la gratuidad, por la que el misionero no se queda con nada, se vacía. Y más aún: valentía para ser grano que el Sembrador esparce en una tierra para morir y ser transformado en una comunidad cristiana de creyentes que, a su vez, se conviertan en nueva semilla para nuevas siembras.
La misión es el mar por el que navega la barca de la Iglesia que guía el misionero con valentía y decisión. Sabe que su trabajo está en no pocas ocasiones sujeto a imprevistos, sorpresas e incluso riesgos. Así vive el evangelizador que, apoyado en la Providencia, se hace amigo de la intemperie. Tiene tal confianza en el Señor que no duda en subir a la barca, soltar amarras, bogar mar adentro y echar la red, aunque los pronósticos sociológicos y estadísticos anuncien que no es el momento ni el lugar adecuado. A pesar de ello, el misionero es valiente y se fía, en la confianza de que la pesca no se hará esperar.

Anastasio Gil
Director nacional de
Obras Misionales Pontificias

lunes, 11 de septiembre de 2017

tres Misioneros distintos

Me inspiró el monje budista que instruía a sus novicios después de regresar de su ruta mañanera de mendicante por las calles del pueblo. Lo que él enseñaba a sus muchachos lo aplico yo a los tres misioneros distintos.

¿Quiénes son esos tres misioneros distintos?
El primero es el misionero que yo quiero ser. Nació cuando yo soñaba en imitar aquel Padre Blanco de barba cana que, hace sesenta años, recorría los seminarios sembrando ilusiones en el corazón de los jóvenes seminaristas. 

Más tarde, ya en Africa, junto con otros visionarios del mundo de los sueños, se fueron sembrando las semillas de un misionero fantástico por los caminos y las aldeas de Zimbabwe. 

Aún está a mi lado ese misionero que quiero ser pero que no acaba de tomar carne y hueso en la realidad. No desdeño ni desprecio a este primer misionero. Me hace bien su compañía. Le invito a caminar conmigo allí donde me llevan las tareas de la rutina de estos pueblos en el corazón de Asia. Pero constato que ese hermano mío y yo no nos identificamos.

El segundo misionero es aquel que otros creen que yo soy. Cuando leo revistas, libros o comentarios provenientes de España o de otros mundos distantes me doy cuenta de que todos tienen un gran aprecio al misionero de lejanas tierras, a quien levantan sobre un pedestal muy elevado. El santo cuanto más lejano más milagroso. En cambio, en su propia tierra el profeta no hace milagros.

La compañía de este segundo misionero me distrae; me hace perder esa “atención” que los orientales exigen para toda actividad y para la vida del espíritu.

Ese segundo misionero se reviste a veces de otros disfraces: por ejemplo, lo que otros esperan o se imaginan que yo hago. La palabrita “proyectos” no puede faltar nunca cuando uno habla de misiones o dialoga con un misionero. Ese segundo misionero en la mente y en los labios de los otros es el misionero de los proyectos.

En un mundo moderno de ofertas y demandas, ese segundo misionero se presenta a mi puerta “demandando” proyectos. Tengo que confesar que no pocas veces he tenido que focejear con dicho visitante para no someterme a sus exigencias.

Y el tercer misionero es el que yo soy. Mi confesor os podría describir este tercer misionero pero suerte para mí que no le es permitido hacerlo. En mi anterior parroquia vivió una familia con dos hijas. A la primera le dieron el nombre de Rocío (en tailandés Namkhan) y cuando vino la segunda la llamaron Lluvia (Namfon).

En contraste con el orden en que vinieron las dos hijas de esta familia, en mi vida de misionero primero llegó la etapa de la lluvia con abundantes actividades misioneras en África donde se ve nacer y crecer a las comunidades como las plantas del huerto al contacto con el agua que desciende del cielo. En muchas partes de África la vida cristiana corre abundantemente como agua que llena ríos y pantanos. Esa lluvia que desciende sobre la montaña y riega los campos está empezando a producir ya frutos maduros en aquel continente: Una Iglesia joven pero dinámica.

Mi segunda etapa de misionero por estas tierras de Tailandia es la del “rocío”. Quizá sea esta la palabra que puede describir al misionero que ahora soy: rocío.

Tenemos misioneros de la palabra, misioneros itinerantes, liberadores, misioneros de los areópagos modernos de los medios de comunicacion, los sembradores y ejecutores de proyectos, etc. A mí me toca ahora ser simplemente rocío. “Seré como rocío para Israel; él florecerá como el lirio y hundirá sus raíces como el Líbano” (Oseas 14,6). En aquellas tierras desérticas del Medio Oriente una gota de rocío tiene tanto valor como un pantano repleto de agua. La flor languidece cuando le afecta el sol tropical, el bochorno de las tentaciones o persecuciones, la sequía de unos cielos adornados por nubes estériles.

Cada mañana me hago esta pregunta: ¿Cómo puedo ser yo hoy rocío para las personas en mi entorno?
Veo languidecer las ilusiones de muchos jóvenes que llevados por los vientos de esta sociedad de cambios repentinos caen en la cuneta con su educación truncada y son lanzados a un mercado laboral inestable y opresor. Jóvenes parejas fracasadas y frustadas. Ancianos en soledad a quienes la nueva sociedad ya no acompaña como era la tradición de los antiguos. La flor que languidece rebrota con el rocío, se refresca, cobra vida y belleza. Ahí tengo yo una tarea que cumplir: ser rocío que reconforta.
El rocío no es como los ciclones que azotan con tanta frecuencia a países como a nuestro vecino de Filipinas. Su llegada no es repentina ni acompañada de truenos, no quebranta la hoja con su peso, se deja transformar en vapor invisible con el calor del día... pero se deposita nuevamente sobre las mismas hojas todas las mañanas. Sin ruido se hace presente cada día desde antes de la aurora.

Y cuando yo mismo experimento que mi flor se marchita y languidece acudo antes de que salga el sol a Quien es el verdadero rocío que me puede transformar en lirio para el jardín de este mundo; “como el lirio entre los cardos”, que recitaba el poeta del Cantar de los Cantares.

Ángel Becerril, sacerdote diocesano, misionero en Tailandia

lunes, 24 de julio de 2017

Encuentro de Misioneros

Foto de grupo de los participantes en el encuentro el pasado año
El 27 de julio se celebra en la Diócesis uno de los encuentros más esperados. Se trata del momento en el que se dan cita los misioneros palentinos que acuden a su tierra natal para descansar unos días y se reúnen en el Obispado para compartir experiencias, intercambiar retos, expresar sus dificultades, etc. Este año, se esperan que participen una veintena de misioneros repartidos por los cinco continentes. El encuentro en el que estará presente nuestro Obispo D. Manuel comenzará a las 10h. A media mañana está previsto que las autoridades civiles se acerquen a saludar a nuestros misioneros. El encuento concluirá con la celebración de la Eucaristía y con una comida fraternal.

jueves, 8 de septiembre de 2016

«Soy feliz, mi labor en Morros Blancos no la cambio por nada» Artemio Salvador, sacerdote diocesano

Siempre había sentido una llamada especial para poner en práctica su vocación sacerdotal al servicio de la misión, y esperó durante años por motivos familiares y motivos de salud pero a una edad adulta le llegó la oportunidad de la mano de su amigo Mons. Javier del Río, obispo de Tarija. Después de participar en la celebración de su ordenación, el D. Javier le invitó a conocer la realidad que se vive en tierras bolivianas y allí se marchó el sacerdote palentino, Artemio Salvador, natural de Cozuelos de Ojeda.

A pesar de que siempre me resultó cercano y amable, hasta hace unos días no había tenido la oportunidad de conversar con él con tranquilidad y desconocía la labor que realizaba en Tarija. Y cual fue mi sorpresa al descubrir la labor pastoral que desarrolla en Morros Blancos, la prisión de Tarija en la que viven más de 4.000 presos. A Artemio se le ilumina la cara cuando habla de estos reclusos, asegura que muchos están en prisión sin una sentencia y que la calidad de personas que ahí hay, supera muchas veces a las que están fuera de las rejas. Las cárceles en Bolivia son muy diferentes a las de nuestro país. Allí, en ocasiones son los propios reclusos los que construyen de adobe sus celdas y el recorrido por la cárcel se asemeja a un barrio o poblado.

Artemio destaca que su labor sobre todo es un acompañamiento permanente en todas sus inquietudes y necesidades, es un acompañamiento individualizado, tratamos de ocuparnos de la persona, les escuchamos y acogemos e intentamos ofrecerle nuestro apoyo. Es emocionante ver cómo se implican en las celebraciones litúrgicas, en los tiempos fuertes y en su compromiso de Fe. Muchos han recibido el Sacramento de la Confirmación dentro de la prisión e incluso hemos celebrado varios bautizos de los hijos de estos reclusos. Además, hemos hecho un gran esfuerzo por las terapias ocupacionales, poniendo en marcha un taller de costura que funciona muy bien, de hecho, todos los policías de la cárcel encargan sus uniformes a este taller, también existe un taller de madera en el que hacen verdaderas obras de arte.

El 70% de los reclusos están trabajando dentro de la cárcel y con los recursos que obtienen ayudan a sus familias.

Uno de los momentos más dolorosos vividos por Artemio en Morros Blancos fue la muerte de uno de estos reclusos en la más absoluta soledad, estaba en régimen cerrado y amaneció muerto por la mañana. Pero lo que al mismo tiempo, le emocionó fue ver la implicación de todos los reclusos. La persona fallecida no tenía vínculos familiares y fueron los propios presos los que se turnaron para el velatorio y organizaron los preparativos para el funeral, demostraron ser su propia familia.

Y en cuanto a los aspectos más positivos de su labor en prisión es ver cómo muchos reclusos son capaces de salir adelante y reinsertarse en la sociedad. «No estoy de acuerdo con las personas que opinan que no es posible la reinserción, en mi opinión la reinserción no se puede improvisar, hay que prepararla con mucho tiempo y yo creo que las terapias ocupacionales son las mejores vías de reinserción social», concluye Artemio.

La relación que este capellán establece con los reclusos va más allá de su período en la cárcel, así muchos de ellos, cuando salen en libertad, se acercan a visitarle a casa, y suelen mantener los lazos de amistad.

Artemio se encuentra ya en Tarija, ilusionado y con muchas ganas de seguir trabajando en Morros Blancos, un trabajo que cómo él mismo dice «no lo cambia por nada».

Natalia Aguado León

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Nuestra gratitud a todos vosotros, Misioneros

El pasado mes de julio, el Obispado acogió uno de los encuentros más emotivos que se vive cada año en la diócesis, se trata del tradicional encuentro de misioneros. Una jornada cuya principal finalidad es agradecer a los casi 500 misioneros palentinos repartidos por el mundo su labor a favor de las personas más vulnerables y necesitadas. Este año, más de una una treintena de estos misioneros participaron en el encuentro. Nuestro Obispo D. Manuel saludó personalmente a todos ellos, uno por uno y después de un momento de oración pudieron compartir sus experiencias vividas en los distintos países en los que trabajan desde El Salvador, hasta Angola, pasando por Perú, Brasil, Venezuela, Nueva York, Austria, Guatemala, Bolivia, Alemania,  Sudáfrica, Ecuador, Burundi, Burkina Faso o Puerto Rico. Si algo caracteriza a todos ellos es su entrega, su pasión por continuar en su misión, a pesar de la enfermedad o de los años, ellos se sienten y quieren seguir viviendo en la misión. En esta ocasión año participó en el encuentro el director de OMP, D. Anastasio Gil.

Ese día descubres cómo un palentino de Villarrabé se ha formado y esforzado por aprender las lenguas y costumbres locales. En este sentido, Mariano nuestro misionero palentino ha aprendido el Zulú y Xhosa, además del inglés y le ha servido para romper barreras y acercarse a la comunidad sudafricana.

El encuentro concluyó con la celebración de la Eucaristía en la Virgen del Valle y la visita a la villa romana de La Olmeda.

lunes, 25 de julio de 2016

Cope se une a la labor de los misioneros

El peridista de COPE Ángel Expósito y su equipo han sido galardonados con uno de los premios que concede anualmente el Ministerio de Defensa por el programa “La Mañana Desde Mali”. La dotación del premio va a ser donada a las Hermanas del Santo Ángel y a sus proyectos en Bamako.
En la foto podemos ver a Expóxito con la Hna. Consuelo, misionera palentina que lleva 50 años en África.

martes, 19 de julio de 2016

Encuentro de Misioneros

Encuentro de misioneros del pasado año
El próximo 21 de julio se celebra el tradicional y muy esperado Encuentro de Misioneros Palentinos. Comenzará a las 10h con la acogida y bienvenida por parte de nuestro Obispo a los misioneros.