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domingo, 8 de abril de 2018

Devaluar la Cruz



Pascua de Resurrección no vuelve, cada año, para olvidar la Cruz, sino para colocarla más alta y en su verdadero sitio. Muchos piensan que, superado el luto del viernes y sábado santos, ahora lo que toca es volver a los vicios nuestros de cada día. Algunos no abandonan la jarana, vivida en jornada continua, sin que la Cruz haya influido para nada en lo que san Pablo llamaba “paso de conversión”, “muerte a la esclavitud del pecado para resucitar con Cristo”, ya que Pascua significa esto: “paso de la muerte a la vida”.
 
Es muy típico de esta época nuestra (facilona, superficial) potenciar la escenografía externa, el teatro en la calle, el puro sentimiento (según lo que toque en cada momento), sin que nada cambie en los creyentes. Por eso los que manejan los mangos de las corrupciones no temen a las festividades religiosas (mucho menos, a las de Semana Santa); son todas ellas una buena oportunidad para que el turismo siga en danza, y así continuar en lo que estamos: haciendo caja. Entendemos, por tanto, el aviso de san Pablo: “Hermanos, no vaciéis de significado la Cruz de Cristo” (cf 1 Cor 1, 17).
Vaciar la Cruz, ¿qué significa para san Pablo?
 
Devaluarla.
 
Hay dos maneras, hoy, de devaluar la cruz:
 
Una, espiritualizarla falsamente; de tal manera que se procure olvidar “lo que ocurrió en aquel tiempo”, en el que un Justo murió, cuando unos poderes políticos y religiosos se aliaron para matarlo: o sea, “des-historizar” la cruz, adornarla con muchas flores y quitar al Crucificado. Sería como desactivar la “peligrosidad de la Cruz” que denuncia el mal que se hace contra las personas honestas y buenas, con las que el Señor se solidariza siempre.
 
Y existe otro camino para minimizar la Cruz: quedarnos en una simple lectura sociológica y política de los acontecimientos. Es decir, “des-teologizar” la cruz, privarla del sentido teológico que ella tiene, y colocarla al margen del plan de Dios. Hoy, algunos se sienten felices admirando a Jesús de Nazaret, pero despojando el misterio de Cristo de verdades trascendentes como “redención”, “liberación del pecado”, “inauguración con la Pascua de un mundo nuevo”, “resurrección de los muertos”, etc.
 
Por tanto, recordar hoy al Crucificado, narrar su historia entre nosotros equivaldría, según el alemán Jürgen Moltmann, a recordar y narrar a los que mueren injustamente y a los que matan despiadadamente; pero también equivaldría a celebrar el generoso don que Dios ha hecho a la humanidad en la entrega de su Hijo, para que por él encontremos salvación y vida...
 
Así que, ¡ojo!, que hay muchas maneras de echarle agua al vino de la Pascua. San Pablo nos avisó, cuando nos dijo que sin la Cruz hay rebajas en todo. Pero a nadie le extraña esto, ¿saben por qué?
Porque hemos abaratado la fe y hemos aguado el buen vino del evangelio. Seguir a Cristo siempre merece la pena; pero, hoy, muchos prefieren un Cristo sin Cruz.
 
Un cristianismo sin Cruz es un cristianismo sin nervio que no aguanta dos embestidas, porque con un empujón ya se cae. Como los árboles viejos en días de tormentas.
 
La Cruz es nuestro distintivo. Pero los cristianos nos enredamos enseguida en la malla de lo cómodo y facilón. Mientras tanto, San Pablo sigue levantando la voz: “A alto precio habéis sido redimidos” (1 Cor 6, 20).
 
¡A precio de cruz! ¡No la devaluéis!

Eduardo de la Hera Buedo

sábado, 24 de marzo de 2018

La Cruz, sin adornos ni postizos



A los cristianos nos distinguen por la Cruz. Decía Odo Casel, sabio benedictino, que somos “el ejército de la Cruz”. De la Cruz desnuda. “Sin adornos ni postizos”, como le gustaba decir al poeta León Felipe. “Que se vean desnudos los maderos. Desnudos y decididamente rectos”. La Cruz, con mayúscula, en atención al que cuelga de ella.

Antes de que la Cruz fuera trasladada al lábaro triunfante de Constantino, en el siglo IV, los cristianos ya la habían llevado en su cuerpo, al ser, como su Maestro, injustamente maltratados, atropellados y cosidos al bendito madero. Muchos cristianos de entonces (y de ahora) fueron testigos martiriales. Sangre anónima, sin historia ni memoria...

Shiller, el poeta alemán (autor de la letra de la “Oda a la alegría”), decía que la Cruz reúne, en una misma corona, la doble palma: la de la humillación y la de la fuerza. Antes lo había dicho ya san Pablo, cuando distinguía en la Cruz los que ven en ella sabiduría y fuerza de Dios de los que sólo perciben escándalo y necedad.

Goethe decía que el cristianismo encierra el mérito de haber reconocido que hay en el sufrimiento algo divino, al igual que en la pobreza y el escarnio. El escritor lo veía como un avance en la larga historia de los humillados. Ustedes deben saber que, antes de que se levantara la Cruz en el Calvario, los pobres y débiles, los excomulgados y descartados de este mundo, habían sido tachados o descalificados públicamente como “des-graciados” (o sea, no agraciados) y hasta como “malditos de Dios”.

Pero desde Jesucristo para acá, podemos decir que Dios se ha abrazado a la humanidad desvalida. Aunque primero tuvo Dios-Padre que rehabilitar públicamente a su Hijo, levantándolo del sepulcro “al tercer día”.

Desde entonces, Dios está con ellos: con todos los crucificados. Y si Dios está con ellos, nuestro Dios es un Dios que se abraza al misterio del sufrimiento humano. Una religión así -dice Goethe- no puede retroceder: Una vez que apareció, no puede volver a desaparecer, dado que el sufrimiento es patrimonio de la humanidad...

No es fácil aceptar esto del “Dios que sufre”, ya que durante mucho tiempo hemos construido, de la mano de Santo Tomás de Aquino, una impecable teología metafísica de puras esencias aristotélicas. Nos parecía indigno de Dios mezclarlo con el sufrimiento humano. No sé por qué. Dios es Dios, y sin dejar de serlo, se ha hecho, en su Hijo amado, hombre llagado y aplastado por las potencias de este mundo de idólatras. Como decía Unamuno en su Salmo III: “Por gustar, ¡oh, Impasible!, la pena quisiste penar. Te faltaba el dolor que enajena, para más gozar. Probaste el sufrir, y sufriste vil muerte en la cruz. Y al espejo del hombre te viste bajo nueva luz”. Es en este mismo Salmo donde don Miguel nos deja unos versos (al final del mismo) que le sirvieron de epitafio para su tumba de Salamanca: “Méteme, Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar; dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.

Cuesta recuperar la dureza y oscuridad del Viernes Santo. Adorar a un crucificado siempre fue locura original. Algo novedoso, revolucionario y muy duro. Pero muy cristiano. Muy nuestro.

El cristianismo es esto. Una dialéctica o interrelación inseparable entre muerte y vida, cruz y resurrección, fracaso y triunfo. El cristianismo es Pascua. Morir para vivir. Toda una paradoja. El Dios infinito se auto-limita en la Cruz de su Hijo y sufre con él.

Y, unido a él, sufre también con nosotros. Insondable y consolador misterio. Misterio para caer de rodillas ante la Cruz y el Crucificado. Sin decir nada. Sólo, con las manos extendidas, adorando y agradeciendo al feliz Madero. ¡Buena Pascua, 2018!


Eduardo de la Hera


jueves, 1 de marzo de 2018

Los insultos a la fe católica

En España hemos asistido, en los últimos años, a unos cambios sociales rápidos y profundos. A no pocos estas corrientes de aire los han acatarrado y privado de voz. No sólo han cambiado las costumbres y valores, sino que la vida cotidiana de las gentes ha dado un profundo vuelco. También se ha transformado el sentimiento de pertenencia a una fe religiosa, a una parroquia y a una Iglesia.
 
La aconfesionalidad del Estado (bien recibida en su momento) nos viene desde los años en que, habiendo estrenado democracia, los españoles nos dimos una Constitución que pretendía superar enfrentamientos civiles. No olvidemos que la ley de libertad religiosa, primero fue votada por la Iglesia católica en el Concilio Vaticano II; más tarde llegó a una España que, durante bastantes años, sólo había conocido el nacional-catolicismo. 

Entre los cambios más recientes de los que algunos (no muy mayores) hemos sido testigos, podemos destacar la relación entre cristianismo y sociedad. Muchos, creyentes y no creyentes, no acaban de entender cuál es su puesto en la sociedad de hoy. Me pregunto por qué tendremos tanta dificultad (al menos en la práctica) para distinguir conceptos tan elementales como “sociedad”, “Estado” y “gobierno”. ¿Intereses políticos?, ¿prejuicios ideológicos?, ¿mala fe?, ¿ignorancia jurídica?

Nos enseñaron que antes que el Estado y, por supuesto, mucho antes que un gobierno, está la “sociedad”. En la sociedad española, guste o no, hay muchos ciudadanos que profesan el catolicismo, con más o menos coherencia (pero esta es otra cuestión).

Todo gobierno bien nacido (con sus partidos opositores y demás grupos) tienen la obligación de servir a la sociedad, y deben reconocer (y respetar) el credo religioso mayoritario que se profesa en ella. Respetar también sus símbolos, y no parapetarse detrás de la “libertad de expresión” para atacarlos impunemente. Vean las blasfemias que un pregonero, con la venia del “alcalde rupturista” de Santiago de Compostela, ha excrementado últimamente en un discurso que él mismo (para más “inri”) ha llamado “apostólico”. No son los únicos insultos.

Cualquier gobierno que quiera ganarse un prestigio, debe ante todo mostrarse exquisitamente respetuoso con la libertad de conciencia de todos y cada uno de sus ciudadanos. ¿Es tan difícil entender esto? Mirando la cara que ponen algunos políticos y la praxis de los mismos, parece que sí.
La sociedad es anterior al Estado. Y el Estado está para servir a la sociedad, hoy plural en ideas y creencias, aunque con una fuerte presencia católica. No todos los ciudadanos son católicos; pero los que lo son deben ser respetados profundamente y no tratados marginalmente.

¿Qué nos insultan? Miremos para otro lado (nos dicen algunos).

¡No, mil veces! Los católicos no tenemos por qué huir con nuestras creencias al desierto. No tenemos por qué escondernos en ninguna sacristía. Con nuestra fe (y no a pesar de ella) somos ciudadanos de pleno derecho. Con humildad, pero sin complejos.

¿Perdonar? Sí, pero solo a los arrepentidos; no a los que alardean de sus insultos y encima los revisten con una capa dorada y muy cotizada: “¡Son libertad de expresión!”.

En una sociedad democrática, las aportaciones de los católicos deberían verse como algo normal y hasta muy útil para dicha sociedad. Lo que sí es peligroso (y sospechoso) es que los católicos tengamos que claudicar por miedo al griterío de ciertos colectivos que, aun siendo minoritarios, vocean mucho, representan poco y encima andan bien subvencionados.

Eduardo de la Hera Buedo


domingo, 18 de febrero de 2018

La función social del dinero



Llega la Cuaresma y los restaurantes de comidas variadas comienzan a presentar en sociedad sus nuevos menús con suculentos guisos a base de bacalaos, pescados y mucha verdura ecológica. Pero ya ni los más estrictos observantes de la abstinencia cuaresmal se quedan tranquilos cambiando la carne por el pescado. Ellos saben que la llamada a la conversión penitencial va por otro camino y hay que llevarla más lejos.
 
Y así es, efectivamente, por otro camino va. Es cuestión de estar atentos a los auténticos mensajes que nos suministra la predicación parroquial en estos días de Cuaresma al hilo del evangelio diario. Pero permítanme una sugerencia para aquellos que quieran tomarse la conversión penitencial en serio: o sea, para los cristianos de hoy.
 
La conversión tiene mucho que ver con la reconducción y reconstrucción de nuestras vidas cotidianas en el seguimiento que nos pide el Nazareno. ¿Y qué tal si, en el camino penitencial, empezáramos por descubrir lo de la función social del dinero, unido a la comunicación cristiana de bienes?
 
Pensamos que el dinero que tenemos en el cajón, es nuestro y que podemos hacer con él lo que queramos. Y es que se nos ha inculcado hasta el tuétano lo del sacrosanto derecho a la propiedad privada. Pero, ¿dónde queda la llamada a ser generosos y a mirar por el bien común?
 
¿Recuerdan ustedes aquello del dinero inyectado por la Unión Europea a los bancos españoles que, en su momento, levantó tanto revuelo?
 
Pues bien, en su día nos dijeron los señores del frac (esos amables inspectores, vestidos de negro y con impecables corbatas rojas), o sea los “mandados” por Bruselas para vigilar nuestros deberes como escolares de la Unión, nos dijeron -digo- que los dineros que giraron o enviaron a los bancos de España, no eran para el bolsillo de los banqueros, ni para sus señoras, ni tampoco para cambiar el mobiliario y poner muchos cuadros de valor colgados por las paredes, sino para que los créditos fluyeran con más generosidad y menos tacañería y la economía del país se moviera.
 
Y sobre todo, los del frac advirtieron a los señores banqueros que, cuando se decidan a dar créditos, además de ser generosos, lo hagan a un precio razonable y no se suban por las nubes. Es decir, que si ustedes van a montar un negocio y piden ayuda al banco, los señores banqueros primero les den a ustedes el dinero que necesitan y, luego, les pongan a ustedes unas condiciones a las que puedan acceder sin que les obliguen a andar de cabeza el resto de sus vidas, condenados a comer sopas de ajo (sin ajo para ahorrar más) y esto todos los días de su vida hasta que la muerte les libere a ustedes.
 
Los capitales no deben permanecer improductivos, sin crear puestos de trabajo y sin brindar oportunidades a los ciudadanos de a pie.
 
Esto tiene que ver mucho con la función social del dinero, ¿verdad? ¿Y con la conversión cuaresmal? También. No hay conversión a Dios, si nos olvidamos del prójimo y de sus necesidades.
 
Y aquí es donde veo yo una nueva posibilidad para los católicos que quieran vivir en cristiano y una nueva oportunidad para hacer un camino de conversión, acorde con lo que se nos pide en cada Cuaresma que desfila por nuestra vida.

El dinero tiene una función social que desarrollar. Pero el dinero es muy cobardón, y, cuando en un lugar hay mucho revuelo y poca seguridad, se retira a lugares templados, a playas lejanas o a países donde se practica el deporte del esquí (Suiza, por ejemplo). Pero es de muy mala nota hacer esto. Y peor, si se conjuga con la práctica cristiana. Por eso (y a modo de sugerencia) podría ser un buen camino penitencial repensar lo de la función social del dinero. Y sin dejarlo para mañana. Ahora mismo y en esta misma Cuaresma del 2018.

Eduardo de la Hera Buedo

martes, 6 de febrero de 2018

Madre Iglesia y la Cultura



La fiesta de Santo Tomás de Aquino, patrono de las universidades, ha llegado puntual y, como viene ocurriendo de un tiempo a esta parte, ha pasado sin pena ni gloria en el ámbito universitario. Aunque solo sea por llevar la “memoria histórica” un poco más lejos de donde lamentablemente la tenemos anclada hoy, convendría refrescar algunas ideas. De sobra sé que la historia de la relación Iglesia-cultura no se puede encerrar en un modesto artículo. Pero permítanme decir algunas cosas al respecto.
La Iglesia se ha colocado siempre al lado de la cultura. Ella influyó en la aparición de muchas de las grandes universidades públicas de Europa. Y, ya en el siglo XVI, también de América (recuérdense las “reducciones” de los jesuitas en Perú, ahora que un Papa jesuita ha estado allí). Poco a poco, andando el tiempo y siempre al lado de misioneros audaces, nacieron otras universidades en Asia y Oceanía. Ciertamente, la Iglesia nunca se desentendió de la cultura. Tampoco olvidó que las letras y conocimientos debían llegar a los pobres y no sólo a los privilegiados. En España, por poner un ejemplo, tuvimos al padre Manjón y sus escuelas del Ave María. En Italia apareció un providencial sacerdote, don Milani, maestro de maestros: o sea, maestro del buen hacer de los pedagogos...

Al traer a la memoria la presencia de la Iglesia en la cultura, podríamos hablar de la Sorbona de París que surgió gracias también al buen hacer de un sacerdote humilde, Roberto de Sorbon. La universidad de Bolonia, nacida también en el seno de la Iglesia católica, vino al mundo a través de una pequeña escuela en la que se aprendía un poco de todo. Gracias al fraile Graziani, llegó a ser un importante centro de enseñanza. Los Papas, en este tiempo, cooperaban en el sostenimiento de las universidades, y en Bolonia se establecieron muy pronto estudios de medicina, filosofía y astronomía. Doce mil escolares había ya en el siglo XIV; ahora hay más de cien mil...
 
Pero volviendo a España, ¿en qué ámbito nace la universidad, si no es en el de la Iglesia? No hace falta que vayamos a Salamanca ni a Alcalá de Henares con el Cardenal Cisneros que la fundó (por cierto su centenario ha pasado con más pena que gloria). De momento nos quedamos en Palencia. En una rotonda, próxima a la Universidad de la Yutera, se recuerda que la universidad nació en España con unos “estudios generales”, implantados por un obispo palentino, llamado don Tello Téllez de Meneses.  ¿Por qué no se habla, hoy, abiertamente del papel de la Iglesia en el devenir de la cultura?
 
Que no vuelva a ocurrir como cuando Benedicto XVI, invitado a la Sapienza de Roma, sufrió un “escrache”, hace ahora diez años, por parte de algunos laicistas (torcidamente informados) quienes vinieron a decir que el Papa nada tenía que hacer allí. La cúpula del Borromini, allí mismo en su capilla, debió de ponerse colorada de vergüenza.
 
Con el paso de los años la cultura se fue independizando de la tutela de madre Iglesia. Era como una hija que se iba de casa, aunque siempre volvía. A veces regresaba un poco respondona e insolente; pero madre Iglesia la miraba orgullosa y decía: “Es mi hija, ¿saben ustedes?, y yo la amamanté; sin mi tutela no hubiera llegado lejos”.
 
Hoy, sin embargo, la hija ya no reconoce a la madre. Se ha independizado totalmente. ¿Se acuerda la hija de la casa en que nació? Pero dejo en el aire una pregunta todavía más inquietante: ¿Se acuerda la madre de la hija que engendró?
 
Porque sería muy triste si el desconocimiento fuera mutuo.

Eduardo de la Hera Buedo

lunes, 15 de enero de 2018

No destruirás la Tierra

Desde que hombres y mujeres comenzaron a ganar el pan con el sudor de su frente (o sea, desde siempre) han vivido curvados hacia la tierra. Han buscado el carbón y el petróleo para iluminarse, mover máquinas y calentarse; han sembrado y recogido en sus graneros; han arañado la superficie y horadado las entrañas del planeta azul, donde Dios nos puso con abundantes, pero limitados recursos...
 
Es así como cayeron las primeras gotas de sudor (y quizá también las primeras lágrimas) que se mezclaron con la sangre de una tierra malherida que comenzaba ya a quejarse de los expolios y depredaciones humanas. Porque el hombre es un animal depredador y con escasos signos de arrepentimiento. El hombre ofrece muy poca confianza al resto de los seres creados. Es curioso, pero la sabiduría del Génesis nos presenta al primer asesino (un tal Caín) escarbando también en la tierra para encontrar algo con lo que “asesinar a su hermano”, hasta dar con una quijada de asno (suponemos, pensando bien, que el pobre animal moriría de muerte natural). Pero, por más que se diga, hay un “deporte” que el hombre cada vez ha ido practicando con más esmero y diligencia: matar al hermano y sustraer lo ajeno contra la voluntad de su dueño...
 
Encontramos al ser humano, en la historia del devenir, siempre husmeando como los topos. El hombre ha buceado para arrancarle a las profundidades marinas sus tesoros; ha taladrado el azul del cielo para pasearse por él, metido en innumerables artefactos que, alguna vez, se caen de pura fatiga, generando muertos; ha poblado de máquinas contaminadoras las carreteras y las ciudades. Y es así como el hombre ha entendido el progreso. O sea, reductivamente. Ha interpretado mal el mandato divino de “someter y dominar” el mundo, olvidando otro mandato que también recoge el Génesis y que el hombre ha procurado menos: el de “cuidar y respetar” lo que le ha sido dado. Cultivar la tierra diligentemente, pero también razonable y solidariamente. No, depredadoramente.
 
Pero en esta voluntad de conquista, el pillastre humano ha hecho de todo. Para más ofensa a Dios, ha levantado hipócritamente los ojos al cielo para pedirle el agua que malgastaba y los bienes que luego acaparaba. Así que parece que nuestro destino es el de atacar la tierra y rezarle al cielo. Ya digo, con hipocresía y sin demasiados signos de arrepentimiento.
 
Pues bien, en estas estábamos (y en estas seguimos) cuando apareció una encíclica (”Laudato si”) de un Papa llamado Francisco, como el de Asís, para decirnos que o nos espabilamos y cambiamos de manera de proceder o nos vamos a la ruina en poco tiempo. Pero, para esto, tenemos que rebajar humos y vivir de otra manera. Con más sencillez y responsabilidad. Debemos malgastar menos y adelgazar más. Algo, por otra parte, saludable, que no nos vendría mal a algunos (y a algunas), ya que eliminaríamos toxinas y colesteroles.

El hombre, como ha dicho el Papa (siguiendo a Cristo, que dijo lo mismo) o cambia el corazón (y se convierte) o se busca la ruina. Sólo el hombre, si no se deja arrastrar por el mal, puede descubrir que está llamado a contaminar y derrochar menos. Y también, a cambiar de hábitos: a purificar y reciclar más. Muchos ya lo hacen. Solo nosotros, los humanos, podemos transformar el mundo y conducirlo en la dirección correcta, ya que solo el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios Creador. Un Dios bueno y generoso sin medida que nos regala un año más. ¡Bendito sea! ¡Que el año 2018 sea feliz y... lluvioso!

Eduardo de la Hera Buedo

domingo, 31 de diciembre de 2017

Los tres viajeros

Cuentan viejas crónicas que, después de mucho andar por los caminos del desierto, tres viajeros coincidieron en un oasis. Llevaban consigo caravanas lujosas, camellos oscuros y sirvientes avezados. Todos ellos sabían orientarse en medio de las frecuentes tormentas de arena. Jamás habían perdido el rumbo en los mil caminos, borrados después de los huracanes, cuando desaparecían los anchos horizontes y solo se veía venir una nube negra, sin agua, cargada de polvo y angustia.

Los últimos rayos del sol dibujaban entre las dunas las sombras largas de aquellos viajeros misteriosos. Rostro oscuro, altos como torres y en edades difíciles de calcular. Su frente era hermosa, elevada y señorial. Ceñían turbantes a la cabeza y sus vestidos eran amplios y ligeros para que el calor no se agarrara a sus carnes sudorosas y sufridas. Solo así podían avanzar, como todos los mortales, hacia la ciudad de sus sueños.

Cuando llegaron al oasis, era noche cerrada. Sabido es que existen fuertes contrastes de temperatura en los desiertos. Calor y frío se suceden, implacables. Así que montaron sus tiendas, abrevaron sus animales y se dispusieron a pasar la noche. Un fuego de llamas fuertes y decididas convocó a los tres viajeros a compartir sus viandas, no abundantes, pero sí suficientes para seguir el camino hacia la lejana y feliz ciudad de sus deseos. Sentados en torno a la hoguera y, mientras los sirvientes preparaban camas para el descanso, los tres personajes trabaron pausada y honda intimidad. El primero dijo: «Hermanos, mi espíritu sufre, aquejado de una terrible hecatombe. Después de muchas horas de estudio, mi corazón se ha secado, y, para desgracia mía, Dios se me ha ocultado».

La luna pareció oscurecerse tras un velo cárdeno. Las estrellas, claras y relucientes, se alejaron un poco más en el espacio. Las palmeras escondieron sus dátiles y dejaron caer unas gotas de rocío que, como lágrimas, se secaron rápidamente en el suelo. Sólo la luz de la hoguera seguía brillando en el agua clara que nadie sabía de dónde manaba.

Entonces, el segundo viajero abrió su boca y dijo: «Hermano, a mí me ha ocurrido lo contrario: después de hondas meditaciones y horas de estudio, he vuelto a creer en Dios».

Finalmente, el último de los pasajeros levantó los ojos del suelo para mirar, sorprendido, a sus compañeros: «Hermanos, yo no tengo tiempo de estudiar. Os tengo envidia, porque consultáis los libros que hablan de Dios. Yo, en mis idas y venidas, nunca he podido manejar libros. Pero he leído el libro sagrado, y en un lugar dice: “Mirad al cielo, Dios existe. Lo pregonan la noche y las estrellas. Lo dicen los pájaros y las flores”».

Entonces se escuchó la voz de la palmera, que, inclinándose hacia ellos, reverente y un poco enfadada, dijo: «¿Y yo no tengo nada que decir de Dios? Hablo con él todos los días, y regalo generosamente mi sombra a los que por aquí pasan. Entre mis ramas hay muchos animalitos indefensos».

Los tres hombres, sorprendidos, levantaron los ojos hacia la palmera que suspiró de gusto por haber sido escuchada y les regaló una lluvia de dátiles frescos y sabrosos. Y bajo la luna, ahora reluciente, todos dijeron a la vez: «¡Alabado sea Dios que también se manifiesta en los desiertos!». «Sí -dijo la palmera que era muy sabia-, Dios nace entre tormentas, soledades y desiertos!».

Entonces, todos de pie clavaron sus ojos en una estrella más grande y refulgente que parpadeaba allá lejos, en el horizonte, y sin esperar al día siguiente, continuaron viaje por el desierto de sus búsquedas y esperanzas.

¡Feliz Navidad para todos!

Eduardo de la Hera

lunes, 4 de diciembre de 2017

Cerebros precocinados

Se habla mucho, estos días, del “adoctrinamiento escolar”. No en todas las escuelas, naturalmente, se practica el “adoctrinamiento”; pero sí muy particularmente, según se dice, en algunas aulas de ciertas comunidades autonómicas.

¿Qué es el adoctrinamiento? Todo lo contrario de educar para que nuestros muchachos aprendan a administrar la personal libertad que Dios a cada uno ha regalado.

Se habla del “adoctrinamiento independentista”, descarado desde hace mucho tiempo en Cataluña. Pero no hay día en que no haya noticias sorprendentes en lo que se refiere también a otro tipo de adoctrinamientos: por ejemplo, en la “ideología de género”, a la que, por cierto, se han referido nuestros obispos en la última plenaria del episcopado.

Es muy fácil, hoy, con ayuda de la propaganda, preparar una sociedad de cerebros precocinados. Cojan ustedes unos pocos cerebros jóvenes, moldeables y ávidos de novedades; rebócenlos en la salsa espesa de unas cuantas escuelas políticamente adoctrinadas; denles dos vueltas por algunos medios de comunicación (sobre todo, ciertas redes sociales), y pónganlos, finalmente, a escurrir colgados de la actualidad para que se oreen y les dé el aire de “lo que se lleva”. Así es como obtendrán ustedes -¡oh maravilla!- un grupo perfectamente homogéneo de personas que piensan básicamente lo mismo, hablan todos la misma jerga, y además se creen los reyes del mambo.

Celebraremos pronto el 40 aniversario de nuestra Constitución española. Después de 40 años de autonomías en España y traslados de competencias, ¿cuál ha sido el resultado? El resultado son estos barridos de cerebro que los centinelas de la corrección ideológica quieren imponernos. No es el respeto a lo peculiar de cada región de España. Mucho menos, se plantean el respeto a las opciones religiosas de los padres, cuyos alumnos tienen delante...

Desengañémonos: construir la España una y plural ya no es el propósito de todos los que andan cobrando del poder. De lo que se trata es de “dar la nota” chirriante. Y cuanto más extraña sea la norma, cuanto más disgregadora, mejor. Así es como la nación española, “patria común e indivisible de todos los españoles” (artículo 2 de la Constitución), se irá poco a poco al garete: o sea, se irá disolviendo. No es ya el propósito de hacer una España unida, bien compaginada, fuerte y diversa, que es en lo que pensaban los “padres de la Constitución” en 1978.

¿Saben ustedes qué es lo que mejor funciona en algunas autonomías? El fracaso escolar, el paro y especialmente el paro juvenil. Y sigue funcionando, ya sin normas éticas, la picaresca, la corrupción y las “manadas”. No funciona precisamente el respeto a la mujer o al prójimo en general. Por eso inculcar valores, educar para el respeto, trasmitir y seleccionar saberes que merezcan la pena, es algo en lo que deberían emplearse, hoy, a fondo y con urgencia tanto la escuela, como la familia y la misma Iglesia.

Menos mal que todavía quedan profesores sensatos que saben de prioridades y valores a la hora de enseñar. Menos mal. Pero da la impresión de que no pocos, hoy, se creen con atribuciones de reformar la educación y la enseñanza por su cuenta, siguiendo el capricho de sus propias ideologías. Hoy, cualquier populista manda y se ejecutan sus órdenes. Todo se puede conseguir con una campaña de prensa y un abuso del dinero público. Seamos serios. La libertad de enseñanza ha venido para hacer algo más alto y mejor que “precocinar cerebros”.

Eduardo de la Hera

miércoles, 29 de noviembre de 2017

¿De dónde colgar el dolor?

Mi querido amigo:

Esta vez no me mandas un mensaje rápido por WhatsApp, sino que me escribes una carta muy pensada y sentida. Te doy las gracias porque con tu misiva he recuperado el correo normal, el de toda la vida. Fíjate, la has enviado hasta con remite, sello y firma. Te agradezco, sobre todo, que me hagas confidente de sentimientos, dudas y oscuridades, aunque me gustaría que me hubieres comunicado otro tipo de noticias: que ibas a ser padre, que te había tocado la lotería, cosas así...

En cambio, me dices algo que me deja helado. Te han encontrado en el cuerpo lo que tú no buscabas, ya que pensabas que eso que te han detectado estaba lejos de ti. Te han diagnosticado una enfermedad que, según tú mismo dices, no tiene remedio. Te han tasado el tiempo. Así que en este momento navegas entre la ofuscación y el desconcierto. Me dices que no sabes en qué armario colocar y ordenar tu dolor. “Cada alma, en su armario” -decía Unamuno. Me dices algo parecido a esto, tú que has sido siempre tan ordenado. Tú que has guardado tu ropa tan planchada y limpia. Tú que siempre sabes dónde dejaste el paraguas (yo los pierdo todos). A ti, que has sido siempre tan metódico y riguroso, ahora te dan una noticia que no sabes qué hacer con ella.

Pero es que me confías algo que me duele a mí también que soy tu amigo. Me gustaría devolverte la serenidad; pero, ¿qué puedo yo hacer? No tengo una solución rápida, aunque sí puedo brindarte mi acompañamiento y cercanía. No tengo un discurso racional y convincente; así que estaré a tu lado, aun cuando permanezca en silencio. Si me admites, claro.

Como eres creyente, te recordaré lo que ya sabes. El dolor forma parte de la vida. La muerte, también. Todos moriremos. Oigo decir a la gente con cierta amarga ironía: “Yo estoy en lista de espera; pertenezco a los próximos que Dios puede llamar cualquier día”. Siempre que el pensamiento de nuestro final terreno nos vuelva más sabios y humildes, bienvenido sea. Aunque si va a servir para depresiones y desesperaciones, casi mejor que no.

La muerte nos dará caza a todos, antes o después. ¿Así de fuerte? Pues sí, así de fuerte. No sé decírtelo de otro modo. A ti no se te puede engañar con píldoras. Pero yo preferiría llamarla “hermana muerte” -como San Francisco de Asís- sabiendo, como sabemos, que ella nos coloca en nuestro verdadero sitio: es decir, en la vida junto a Dios. Una vida distinta, mejor, más plena.

Pero ahora me pongo en tu lugar. Yo tampoco sé qué haría con una noticia así. Probablemente frenaría un poco mi vida. ¿No te parece que vamos como locos consumiendo días y sueños? Desde luego, dejarte acompañar por Jesucristo sería lo mejor. Él no está lejos. Vuelve a releer el evangelio desde la situación por la que atraviesas. Y deja que el Cristo de la Pascua te envuelva y rodee con su luz. Tú sabes que él afrontó la muerte con decisión, pero también “con súplicas y lágrimas”. Si lo hubiera hecho de otro modo, no se parecería a nosotros. Hubiera hecho trampa, aprovechándose de su divinidad. Y él nunca fue tramposo.

Ahora no se me ocurre decirte otra cosa. Mañana iré a verte. Lloraremos juntos. O no sé qué haremos. Lo que nos salga del corazón. Podemos hasta reír recordando los buenos ratos que hemos pasado. Esos no nos los quita nadie. A pesar de todo, te pido que duermas bien, para estar mejor, más sereno y con fuerzas.

Vuelvo a tu pregunta: ¿Qué hago con mi dolor? ¿De dónde lo cuelgo?

Cuélgalo de la cruz de Cristo, para que acontezca en ti una resurrección. 

Un abrazo y hasta mañana.

Eduardo de la Hera

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Halloween como sucedáneo

El fenómeno de Halloween, tan extendido hoy entre nosotros (aunque ajeno a nuestra cultura), reaparece todos los años y vuelve por estas fechas, al caer la hoja, lo mismo que vuelven a la sartén los buñuelos de viento y los huesos de santo. Todo ello -¡vaya por Dios!- coincidiendo con la conmemoración cristiana de los Fieles Difuntos...

¿Y qué tiene que ver el fenómeno Halloween con esta cristiana conmemoración? ¿Qué tienen que ver los disfraces de monstruos con la muerte o con nuestros difuntos?

Nada. Halloween pretende ser un sucedáneo frívolo, mercancía inútil que nos venden desde USA. Piensen ustedes un poco y saquen conclusiones. Pocas cosas existen hoy que se intenten camuflar y disimular tanto como la muerte. Intento inútil. ¿Qué se pretende? ¿Evadirnos del pensamiento mortuorio con un juego? ¿Paganizar la celebración de los Fieles Difuntos, cristiana por tradición y devoción?

Halloween, bien mirado, es una fiesta bastante tonta que, tal vez no hace falta ni siquiera exorcizar, como a Drácula y sus compinches, los vampiros, sabiendo que no tiene más trascendencia que la de un montaje y su correspondiente reclamo para vendernos disfraces pasajeros: o sea, diversión y jolgorio para un carnaval anticipado.

Sólo que esta fiesta pagana irrumpe precisamente (no por casualidad) en estos días en que la tradición cristiana nos invita a honrar a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros. Y aquí veo yo un punto de malicia, quizá un poco tontorrona y sin demasiada trascendencia; pero dado que algunos todo lo aprovechan para su capote ideológico y andan siempre reivindicando lo que no les pertenece, conviene levantar la voz y descalificar sin más a esos listos que se envuelven en la toga de la libertad de expresión a todas horas para colarnos slogans contra la Iglesia, “oscurantista y amiga de los muertos” (parece mentira, pero lo entrecomillo porque así lo he oído).

En todo caso, la buena gente sabe lo siguiente: pensar en la muerte sin depresiones, con la esperanza puesta en las promesas de Jesucristo, puede ser un ejercicio no sólo de sabiduría cristiana, sino también humana, ya que nos permite hacer recuento de nuestros días con la mirada puesta en lo que merece la pena.

Dicho esto, no creo que Halloween, deba alejarnos a los cristianos de la fe en aquel que dijo: “Soy la resurrección y la vida”. Pero si alguien pretendiera sustituir una respetable y social costumbre cristiana por una mascarada terrorífica que a nadie aterra (excepto al ritmo académico de los escolares), me parece que lo tiene difícil. Nada hay en la entraña del pueblo más asimilado que el recuerdo de sus difuntos.

¿Qué hay, por tanto, detrás o al fondo de Halloween? Sin duda, lo primero que se ve es un despliegue publicitario y comercial que a nadie debería engañar, y que sin embargo engaña a muchos y entontece a los más. Algo parecido ocurre con la Navidad a la que le cuelga otro horroroso montaje publicitario, aunque aquí al menos se juega con unos sentimientos nobles de paz y convivencia familiar (eso sí, muy dulzones, y todo ello regado con ríos del líquido espumoso).

Los humanos somos incorregibles. Pero lo que a no pocos indigna es que los listos de siempre se aprovechen de todo el mundo para hacer su agosto, su diciembre y ahora su noviembre. No hay mes ni fiesta pagana o cristina, que por bien no venga, y que algún beneficio o tajada comercial aporte. Increíble.

Hasta una fiesta, como Halloween, implantada (¿subvencionada?) desde hace unos años y ahora popularizada de tal manera que frena el ritmo de los colegios e invade las calles de máscaras que asustan a los menos y suscitan indiferencia en los más, nos hace perder el tiempo. Y tal vez a mí también, que estoy escribiendo esto.

Eduardo de la Hera

jueves, 19 de octubre de 2017

La diversidad de lenguas

Vivimos, estos días, un tanto abrumados y hasta alarmados por una misma y única noticia, mil veces repetida, amplificada y nerviosa. Es como una bomba casera que de repente te estallara entre las manos y te dejara aturdido. Unos dicen, asustados: “¡Cataluña se va!”; otros, suplicantes, extienden la mano y claman: “¡Cataluña, no te vayas!”. Algunos se visten de resignación: “¡Es que Cataluña es una señora distinta; eso sí, muy señora!”. A otros nos sale la vena patriótica, “¡Sea lo que sea, Cataluña es España!”. En fin, no pocos, hartos de tanto ruido, cogen el bocata y se marchan al monte o al valle, donde no haya cobertura mediática.

Mientras tanto, se suceden manifestaciones con banderas de colores diversos. Vemos también (y esto es peor) odios callejeros, peleas, mentiras, consignas cruzadas. Y hasta hemos asistido, atónitos, a empresas y bancos que se van y al fanatismo que se queda...

¿Y la Iglesia? La Iglesia tiene claros los principios de su doctrina social. El Papa nos ha dicho que un auténtico católico no admite “movimientos secesionistas o de autodeterminación que no sean el resultado de un proceso de descolonización”. Los obispos españoles, por su parte, han recordado a los políticos que “no tomen decisiones irreversibles” o “al margen de la ley”. Los principios parecen claros; pero los católicos siguen tan divididos como el resto de los ciudadanos. Y es que los católicos (¡qué quieren ustedes que les diga!) sufrimos los mismos vaivenes, pasiones y subidones de adrenalina que el resto de los mortales.

Así las cosas, uno sueña con el acontecimiento de PENTECOSTÉS y con el milagro aquel de las lenguas, cuando nació, en los orígenes, una Iglesia joven, casi niña. Era la familia de Jesucristo. Leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles, se ve cómo cada uno conservaba su propia lengua, y, sin embargo, todos ellos se entendían. Acontecía, entonces, un milagro, que también puede suceder hoy. El milagro consistía en que distintos y distantes pueblos del mundo (“partos, medos y elamitas”), por la fuerza de un mismo Espíritu, se sentían cercanos. Y además estaban dispuestos a recibir el evangelio de Cristo que habla de unidad en lo diverso y de reconciliación en los agravios. Quizá los católicos olvidamos con frecuencia que el Evangelio es la verdad que salva, pero no se impone; es el mensaje que unifica, pero no despersonaliza; es la Palabra que diversifica, pero no divide.

Hay que dejar actuar siempre al Espíritu de Dios, admirable don, capaz de restaurar la unidad perdida, aun en medio del desafío y confusión que genera tanta torre soberbia, de cuello largo (e ideas cortas), como la torre absurda de BABEL.

¡Dios nos ayude, en esta hora, a recuperar, lejos de tribalismos y nacionalismos cerrados, la sensatez y la concordia! Para que, en medio de sensibilidades y lenguas diversas, podamos todos, con la fuerza del Espíritu de Dios, realizar, otra vez, el milagro de Pentecostés.

Eduardo de la Hera

viernes, 6 de octubre de 2017

¿Huir de este mundo?

Confieso que, con el paso de los años, me estoy volviendo un poco más pesimista. Dios me perdone, porque yo sé que un cristiano nunca debe perder la esperanza; pero cada vez me gustan menos ciertas cosas que acontecen en este mundo de estupideces cotidianas.

Y sin embargo no podemos huir del mundo, ya que estamos en el mundo y somos mundo. Se está aquí o allá circunstancialmente; en cambio, se es permanentemente. El mundo es nuestro hogar. Nos debemos a él, aunque estemos de paso.

El Papa nos invita a no caer en la trampa de la permanente desilusión, que se traduce en una queja continua. Pero, ¿cómo se hace esto? Porque a veces a uno le entran deseos de escapar, para instalarse en lugares más templados o menos fríos, ¿no es verdad?

Sin embargo, sabemos que los cristianos, al margen de espiritualismos de evasión, nos debemos tomar muy en serio esta verdad: “Somos mundo”. De lo contrario volveremos a enfrentar espíritu a materia, fe a realidades temporales, salvación del alma a salvación del cuerpo, tiempo a eternidad, cielo a tierra... Los cristianos, en el campo del pensamiento, tenemos una larga historia de perniciosos dualismos, que nos han hecho sufrir no poco, y nos han desorientado mucho en el camino de la fidelidad a Dios.

El mundo no es nuestro “exilio”, nuestro “destierro” (aunque a veces lo parezca). No vayamos, otra vez, en esta forma de ver y de pensar, tras las huellas de Platón, de Orígenes y hasta de Descartes, reeditor del dualismo más moderno...

Tan serio es nuestro “ser cuerpo” que el Hijo de Dios asume toda la corporeidad del hombre, toda la mundanidad del mundo, toda la realidad terrena (histórica, bella y frágil) para redimirla, salvarla y devolvérsela a Dios. Cristo Jesús, que también asume nuestra muerte, no va a querer ya, después de su resurrección gloriosa, dejar de ser carne: carne glorificada, pero carne. Nuestra carne con él (y por él) ha entrado ¡ya! en el cielo.

Los dos relatos bíblicos de la creación subrayan el carácter terreno, mundanal, de Adán y Eva: o sea, de usted y yo, tomados de la tierra y en la tierra colocados. Todo ello de forma natural, no violenta, casi espontánea. Adán no es un “cuerpo extraño”, un extraterrestre, en la tierra paradisíaca donde Dios lo coloca. El paraíso no es otra cosa que el símbolo de la armonía con Dios en este mundo. La violencia, la tensión, la sensación de existir aquí como seres extraños, vendrán después del pecado (leamos detenidamente el capítulo 3º del Génesis). Cuando aparece Cristo, con el misterio de su cruz, enseguida nos va a decir que el sufrimiento, aun cuando no entre históricamente en el plan de Dios, sin embargo podemos transformarlo en sacrificio por los demás y darle un sentido hondo en la reconstrucción de un mundo nuevo y renovado, tal como Dios quiere.

Así pues, como dice el padre Oliver Clement, gran pensador cristiano, amemos al mundo ya que “es el cuerpo ensanchado del hombre”. De tal manera que, si Dios ama al hombre y el hombre acepta a Dios, seremos para siempre seres “agraciados”, no seres “desgraciados”. Y entonces el mundo será, también para el hombre, gracia, don y responsabilidad. Aunque esto sólo será así, si hombres y mujeres nos comprometemos responsablemente a construir un mundo mejor que el que tenemos.

Efectivamente, nosotros creemos que el hombre se salva, si acepta el don de Dios, y esto va a ser así por mucho que se empeñen las fuerzas del mal, cada día, en esparcir su cizaña sobre esta tierra árida y reseca. ¡Y vaya que se empeñan en hacer su labor “las criaturas de la noche”! ¡Trabajan a fondo! Por tanto hay que mejorar el mundo, pero sin salirnos de él. Al fin y al cabo, el cielo que esperamos, aunque sea un salto cualitativo (y un regalo del Padre), no deja de estar por ello en continuidad con el mundo en que vivimos.

Eduardo de la Hera

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Tolerancia e indiferentismo

Vivimos en un mundo muy plural. Estamos en una sociedad en la que luchan en el césped distintas ideologías políticas e intereses de todo tipo. Los parlamentos van a tener que hacer verdaderos esfuerzos por escucharse, dialogar y no montar los circos a los que nos tienen acostumbrados. A todos se nos invita, en esta hora, a la alteza de miras para poder convivir sin violencias ni peleas de gallos. A todos. Ya que los parlamentos suelen ser un espejo suficientemente bruñido como para que los ciudadanos podamos ver en ellos cómo piensa y vive el colectivo que representan.

Bueno sería, por tanto, que, aparcando prejuicios, cada ciudadano escuchara y valorara las razones que esgrimen los contrarios. Cada cual, si obra de buena fe, aporta su respetable modo de pensar y de vivir. Así es como se va construyendo un mundo culturalmente diverso y hasta hermoso. Como los colores del arco iris. Lejos de los mono-cromatismos y monolitismos que vemos en algunos países del mundo. Por ejemplo, en Corea del Norte o en otros países herméticamente cerrados.

El hecho religioso también es plural en las sociedades de hoy, y las religiones pueden contribuir a mejorar el mundo. Pero hay quienes piensan que las religiones son peligrosas, porque cada una intenta situarse en el centro o por encima de las otras, y sin pretenderlo (o pretendiéndolo) pueden generar conflictos. Por eso algunos opinan que las religiones hay que sacarlas fuera de la vida pública y relegarlas al ámbito de lo privado. No todos estamos de acuerdo con estos planteamientos, y por eso algunos reclamamos la presencia pública de los creyentes en cuanto creyentes, sin que se nos tache de “peligrosos”, sobre todo si predicamos fraternidad, justicia y libertad: valores evangélicos que están en la base de toda convivencia civilizada.

En todo caso, tolerar las diferencias religiosas es sensato y constituye un factor de equilibrio para la buena convivencia. Lo saben los políticos inteligentes y no sectarios. Aunque tengo para mí que el más decisivo de los equilibrios y de las paces sociales debe venirnos del hecho de que haya pan, trabajo y sanidad para todos. La justicia social debería estar en la base del equilibrio y de la paz.

Huelga decir que tolerancia no es igual a indiferentismo. Ni político, ni religioso, ni cultural. Hay personas que han hecho del indiferentismo una forma de ser. Algunos hasta se confunden con el sincretismo que mete en el mismo saco todas las ideas, convicciones y opciones de vida. Luego está el “pasotismo”, que se muestra indiferente ante cualquier debate en el que sus propios intereses no entren en juego. Los “pasotas” aspiran a vivir sin dar golpe. Algunos dicen que no hay cosa más tonta que un pasota a quien se le abre la boca a las diez de la mañana.

En cambio, los que se toman la vida en serio se mueven por convicciones y fidelidades. Si alguien está convencido de que el cristianismo tiene más verdad o que éticamente es más luminoso, podrá (y deberá) adherirse a él con una cierta exclusividad, dado que la conciencia es ese inviolable santuario que nadie debe profanar...

Por tanto tan malo como el sectarismo del intolerante es el indiferentismo de los que dicen “pasar de todo”, aunque luego nunca pasen de sus vacaciones bien retribuidas y de sus placeres (con tal de que se los paguen otros). A un cristiano no le sirve el “todo vale”, ni el “todas las religiones son iguales” (porque no lo son). No le convence el “¡qué más da, si todas las religiones van a parar a lo mismo!” (porque no es verdad).

La tolerancia debe conjugarse con la fidelidad a las propias convicciones. Y siempre, con el debido respeto a las de los que son diferentes o han hecho otras opciones de vida.

Eduardo de la Hera

jueves, 7 de septiembre de 2017

Terror y dolor

El verano nos ha dejado sangre, sudor y lágrimas. Sangre de atentados terroristas, sufridos en carne propia (Cataluña es carne propia, o sea, española). Sudor de impotencia y de miedo. Y lágrimas, mezcladas con fanatismo y odio, desencadenado por envenenados adolescentes casi en edad escolar. Las flores de las ramblas barcelonesas se han cerrado en la noche de la vergüenza y del dolor. Y la guadaña de la muerte se ha paseado con sonrisa siniestra sobre villas tan hermosas como Cambrils y Alcanar.

Hay una primera respuesta, recogida del sentir de la calle: “Superemos el miedo” (nos referimos al miedo que se nos agarra al pecho y nos paraliza sin dejarnos avanzar). Como dicen ellos, “No tenim por”. Con miedo no se vive, ni se piensa, ni se es interiormente libre. Con miedo todo se confunde, y hasta las personas, las ideas y creencias se tornan en fantasmas de dimensiones gigantescas.

Pero, ahora que hemos enterrado algunas de las víctimas, lloremos también por nosotros mismos. En pleno verano turístico, han sido asesinadas personas de 35 países. Ello quiere decir que no estamos seguros en ningún lugar del mundo. Frente al yihadismo, es igual que usted viaje a Barcelona, a París, a Roma, a Londres o a Nueva York. Ellos están allí, en cualquier lugar. Con sus rencores, sus fanatismos y sus cuchillos. Vaya usted donde vaya, puede pisar la mecha, ya incendiada, de una guerra declarada. Una guerra increíble, pero tan cierta como la sangre derramada, que se seca y olvida sobre el asfalto. Lloremos y actuemos. Corrijamos nuestras equivocaciones. Me refiero a los errores de Europa. El viejo continente ha tirado por la ventana lo mejor de su tradición cristiana. No pocos se han desprendido de la fe, y la han arrojado, como inservible, al estercolero del relativismo moral. Lejos del Dios-Amor, el firmamento se puebla de dioses terroríficos, y todos podemos caer en un nihilismo tan arrasador como el de los nefastos terroristas. Lloremos, pues, por nosotros mismos...
Finalmente, se yergue por doquier la tentación de la violencia, para conseguir determinados fines. Jesús, injustamente atropellado, prefirió sufrir en su carne la violencia antes que morir matando. Jesús, que vivió entregado a la causa de un Dios Amor, le dijo a Pedro: «Guarda la espada, porque todos los que empuñan la espada, serán víctimas de ella» (cf. Mt 26,52). 

En definitiva, con la violencia y la guerra nada se arregla y todo se pierde. Sobre todo, se pierden vidas. Una sola vida segada o suprimida (más si es en nombre de Dios), es algo abominable. “No matarás” -dijo el Dios de Abraham, de Ismael y de Jesús (Dios de todos los pueblos).

Ahora, sin embargo, se muere y se mata a la luz del día. A orillas del ese mar luminoso que es el Mediterráneo. Se mata en Cataluña. Por donde el mar, este verano, ha derramado sus más oscuras lágrimas en forma de salobres y desconsoladas olas.

Eduardo de la Hera

lunes, 24 de julio de 2017

¡Descansen, si pueden!

Llegó el verano, y muchos (no todos) veranean, descansan, “cargan las pilas” para lo que venga después. Cada uno es muy libre de montar sus vacaciones (quien las tenga) como Dios le de a entender. Pero permítanme una sugerencia: Organice usted sus vacaciones; no permita que nadie invada su libertad para programarle. Por mi parte solo me permito una observación, por si le sirve...

Hagan ustedes la experiencia: cojan la mochila, una mañana azul de verano, metan en ella una ascética comida, elijan un libro (si meten el móvil que sea sólo para estar localizados) y piérdanse en la montaña o entre los árboles de un pinar (¡ojo con los incendios, no acabe usted como san Lorenzo en la parrilla!). Huyan del ruido. Busquen el “desierto”, aunque no sea el del Sahara (empléese aquí la palabra “desierto” como metáfora de un lugar de tranquilo) y escapen del trasiego diario. Huyan del ruido, piérdanse, apaguen los motores...

Una vez llegados al “desierto”, sitúense debajo de un árbol, túmbense sobre la hierba (¡ojo con la humedad!), y hagan el reflexivo ejercicio de abrir los cinco sentidos al silencio del campo o de la montaña. Así empezó Moisés a escuchar la voz de Dios en el monte Horeb. Aquello fue como un incendio de luz desde el que Dios le hablaba con palabras de liberación...

Insisto, tírense, cuan largos son, sobre la hierba: abran el olfato para aspirar el olor de la retama, del brezo y de la hierba buena; espabilen el oído para escuchar a los pájaros y el susurro del aire entre la ramada; taladren con la vista el paisaje, el firmamento azul, y siempre verán algún águila majestuosa, algún pájaro atrevido, o atisbarán allá lejos, muy arriba, un avión con su estela blanca. Probablemente esos también vayan buscando algún descanso. Lo que yo les propongo es más barato; está al alcance de todos.

Ya situados y elegido el “desierto”, piensen en Dios y déjense encontrar por Él. Si tarda en venir, invóquenlo, recen y sigan atentos. Escuchen, por favor, la voz de Dios. Se la distingue enseguida; es distinta de los pensamientos de usted. Es distinta, porque esa voz le interpela a usted.

Un ruego, y que me perdonen los cazadores: no aprovechen nunca la montaña, el monte o el desierto para sacar la escopeta (excepto, en caso de legítima defensa, claro está, por ejemplo si les ataca el lobo o el oso). Ni la escopeta. Ni el cepo. Ni la caña de pescar. Cuando se va a la montaña, huyendo del ruido, no es necesario hacer más ruido con cartuchos, perros y reclamos...

Dios habita en el silencio, aunque el silencio no sea dios. El silencio es un clima que necesitamos de vez en cuando (algunos dicen que “permanentemente”) para entrar dentro de nosotros y encontrarnos con Él: o sea, con el Señor (huyendo de los “señores de este mundo”)...

A Dios le gusta el silencio, y, aunque Él está en todas partes, difícilmente se le encuentra en el ruido. Recuerden el episodio aquel del Profeta Elías. Léanlo, vale más que un discurso (cf 1ª Re 19,11-13).
Una última advertencia: El silencio no está reñido con la palabra. En el silencio, Dios pronuncia su Palabra creadora (cf Gn 1). Y en el silencio de la noche desciende su Verbo, su Palabra al mundo (cf Jn 1,14)...

Así que para todos ustedes los mejores deseos: ¡Descansen, si pueden! ¡Feliz verano!

Eduardo de la Hera

lunes, 10 de julio de 2017

Los atropadineros

¿Quién es un atropadineros?

Un atropadineros es el que solo tiene ojos para ver ganancias y rentabilidades por todas partes; el que busca el oro con ansiedad y codicia hasta en la misma Noche Buena (¿recuerdan ustedes el personaje aquel de la narración de Dickens?).

Un atropadineros es el que ha hecho de su vida un saco sin fondo donde recoger todo lo que se compra y se vende; el que todo lo traduce, sin mayores esfuerzos, en suculentos negocios. El atropadineros se aprovecha del cargo y situación para medrar, trepar y acumular... Pero ese, según el libro sagrado, se secará «como el cardo en la estepa o como la zarza en el desierto» (Jr 7, 6).

“No nos haga usted caricaturas, por favor”. Permítanme las caricaturas. Ellas expresan bien “lo que hay”. Todos podemos llegar a ser una caricatura de nosotros mismos. El que, por decisión propia, se olvida de las personas y sólo atiende a las cuentas corrientes, termina chapoteando en un lodazal y además haciendo el ridículo. Las cárceles están llenas de personas ridículas; pero también las calles y las plazas.

¿Hay algo más ridículo que vivir para acumular cosas? ¿No hace el ridículo quien se pasa la vida sólo preocupado por amontonar dineros y, una mala noche, se va al otro mundo sin saber cómo? Es lo que le ocurrió al rico de la parábola. Una voz le despertó del letargo y de la borrachera: «Necio, lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Inquietante pregunta: “Lo que has acumulado, ¿quién se lo llevará?” La mitad para el fisco, desde luego. ¿Y la otra mitad? La otra mitad, necio, no la gastan tus deudos ni aunque encarguen para tu funeral todas las coronas de flores que hay en las floristerías de Madrid. Ni aunque te levanten los mausoleos más caros e inútiles del mundo.

Los atropadineros solo se pasean por los lugares donde las maquinas multiplican el oro. Como el Rey Midas, sólo sueñan con tocarlo todo y convertirlo en divisas. La codicia es así; nunca se ve colmada. Nunca llena la buchaca. 

¿Y no se convierte el mundo, de este modo, en una selva? 

Pues vean ustedes lo que tenemos. Dicen que hay algunas selvas donde los grandes gorilas se han hecho de tal manera fuertes que los otros animales no se atreven ni a salir de las madrigueras. Pero hay selvas peores, a las que ni siquiera llega un rayo de sol.

El mejor capital es el que se invierte en crear puestos de trabajo, para que el personal pueda ganarse honestamente el sustento. Es triste querer trabajar y no tener dónde. Los Papas (por lo menos desde León XIII) han hablado de la “función social del dinero”.

Llevarse los dineros fuera a paraísos templados, donde estén a salvo de tributar y de producir riqueza nacional, constituye hoy un delito social. Si encima esos dineros son públicos y han sido amasados con el sudor de otros, la cosa pasaría a mayores y tendría el rango de “corrupción”, ¡y en moral se llamaría “pecado mortal”! Así como suena.

Los negocios lícitos reclaman medios lícitos. Nada de “pelotazos”. Nada de corrupciones en cadena. Pero al que roba -¡oh casualidad!- el dinero le llega en racimo. ¿Por qué será? Algunos hacen negocios hasta desde las mismísimas cárceles...

Convertir el mundo en una selva para que solo reinen los “atropadineros”, se paga con la soledad de aquel rico que, según dicen, era tan rico que... ¡solo tenía dinero!

Eduardo de la Hera

lunes, 26 de junio de 2017

Los “Hooligans”

Esta historia que les voy a contar, a las puertas del verano, cuando muchos de ustedes preparan vacaciones, sigue siendo actualidad, aunque ocurrió hace ya algún tiempo. Sería una historia divertida, si no fuera tan triste y lamentable.

Tarde de fútbol. Roma hervía de “hooligans”. Un equipo extranjero visitaba la ciudad eterna. Un batallón de “teppisti” (gamberros) dejó la Plaza de España inundada de botes de cerveza, papeles grasientos y vomitonas a discreción. No había empezado el partido y muchos ya estaban borrachos. Los más atrevidos orinaron sobre la monumental barcaza, obra del inmortal Pietro Bernini. Algunos, armados de martillos, desmocharon y destrozaron a placer la genial obra de arte.

Anoten ustedes lo que dijo el jefe de estos energúmenos: “¿Y qué importa que hayamos hecho “pipí” sobre este monumento? Roma entera es un monumento”. Al energúmeno le salió la vena cursi, cuando le llevaban a la comisaría, y dijo así, “pipí”. Como le había enseñado su abuela siendo niño. Le salió a flote la inmadurez infantil. Pero ustedes anoten esto otro que también dijo: “¿Por qué se enfadan los romanos? Todavía les queda mucho arte. Si nos multan, nos meamos también en el Coliseo”. Es como decir: “A nosotros nos da igual una obra de arte más o menos”.

Roma, en el pasado, sufrió saqueos, terremotos e inundaciones. Roma afrontó bombardeos, violencias e incendios (algunos, peores que el de Nerón). En el año 1972, hubo un loco que, al grito de “soy Jesucristo” y armado con un martillo, mutiló en la basílica de San Pedro a la Piedad de Miguel Ángel.
Por si fuera poco, Roma sufre cada día la contaminación de un tráfico endiablado; pero ahí sigue su monumentalidad. Resiste el arte en sus calles, iglesias y museos, atestados de turistas. Decía Tagore que hay personas (y ciudades, añado yo) que ofrecen flores a cambio de insultos. Las flores de Roma son sus basílicas, sus plazas y sus fuentes.

Sin embargo, lo mejor de una ciudad, más allá de su monumentalidad, es su hospitalidad. Roma, Madrid, Palencia y otros muchos lugares son hospitalarios. Sólo por esto podemos seguir creyendo en las personas. ¡Cómo se agradece, cuando preparas tus vacaciones, saber que, vayas donde vayas, vas a ser bien acogido!

Dios que es gratuito, también es bello. Y Él nos da todo por nada. Más aún, nos sigue amando a pesar de las agresiones diarias que experimenta su santo Nombre (véanse yihadistas, caricaturistas y blasfemos de grueso calibre). ¡Pobre humanidad!

Pero, volviendo a la exhumada noticia de los hooligans, aterra lo que dijo el Jefe de la Policía romana: “Bastante hacemos con evitar las muertes humanas”. En España -recuerden- no se pudo evitar el que un grupo de exaltados arrojara al río Manzanares a otro exaltado, abandonándolo allí a su suerte. Y su suerte fue la muerte.

Es verdad: lo primero son las vidas humanas. Pero no nos contentemos solo con salvar vidas. Hagamos algo, también, por salvar el arte y todo lo bello, bueno y verdadero que aún nos queda en esta vieja y cansada Europa. Conservemos y mejoremos el patrimonio cultural que hemos heredado. De lo contrario, volverán los vándalos. Ya están ahí.

No es noticia que la policía, cada vez que hay competiciones futboleras de “alto riesgo” confisquen a centenares de descerebrados toda clase de cachiporras, cuchillos y armamentos. No son los “ragazzi di vita” de las películas de Pasolini. No lo son. Son los “tifosi”, los “hooligans”, los gamberros de turno. Bien alimentados y hasta con dinero para viajar. Pero no tomen esta historia como mera anécdota. Es el síntoma pestilente de que algo se ha podrido en nuestro mundo. Como decía el dramaturgo inglés: “Algo huele a podrido en Dinamarca”.

Eduardo de la Hera

viernes, 2 de junio de 2017

La liebre y la tortuga

Algunos caminan a paso desesperante; llevan marcha de tortuga. Pero aunque parezca que no, la tortuga y el caracol también avanzan. Sobre todo, si son constantes, y no les fallan los motores igual que a Fernando Alonso con sus coches de carreras.

Recuérdese quién llegó primero a la meta, cuando -según la fábula- una tortuga y una liebre se apostaron a correr, y la liebre, burlándose de su contrincante, se tumbó a dormir la siesta. Dice el fabulista que la tortuga, lenta pero segura, llegó la primera, y que se desternillaba de risa, viendo a la confiada liebre rabiar y patalear, cuando perdió la competición.

La pedagogía del evangelio no es una pedagogía fulgurante, como la del implacable fuego que desciende del cielo y todo lo arrasa. No es pedagogía de coches de carreras. La pedagogía del evangelio utiliza el reloj de la paciencia con calma y tranquilidad. Despacio es como crece y fructifica la semilla. Tirando violentamente hacia arriba de una planta, esta no crece más de prisa. Un niño no se hace hombre a empujones.

La pedagogía del evangelio no utiliza métodos radicales e impositivos, no empuja a aquellos que no descubren la fe y sus exigencias enseguida. El evangelio emplea, más bien, métodos caritativos, sanadores y respetuosos, aunque no deberíamos confundir respeto y paciencia con inercia, comodidad o calculada lentitud de liebres presuntuosas. El Papa Francisco nos está diciendo, todos los días, que sin prisa, pero sin pausa se pueden ir haciendo las reformas de la Iglesia. Eso sí, un buen padre de familia debe estar al lado de sus hijos, cuando aparecen las “crisis de crecimiento”. O se manifiestan las dudas. O cuando aparecen los inevitables cansancios y decepciones...

Cuántas veces hemos ido a visitar la viña que Dios nos encomendó, y nos hemos encontrado una cepa raquítica, un desarrollo enano, o -lo que sería peor- una ruina total, debido a la infausta helada de una noche o a una coyuntural sequía.

¿De qué sirve lamentarse? De los fracasos también se aprende. Uno se puede extraviar muchas veces. Un extravío no equivale todavía a la ruina final de una persona. ¿Recuerdan ustedes con qué paciencia Cristo tuvo que recuperar las esperanzas rotas, abandonadas y derribadas de sus discípulos?
Antes de enviarles a evangelizar, estuvieron con él, y él derrochó paciencia con ellos, afinó su pedagogía, les prodigó mucho amor en todo momento. Al final, le dejaron solo, como hacen los niños maleducados con el padre, la madre y el catequista. Sin embargo, Jesús jamás les retiró su confianza. Después de su resurrección, nunca les afeó su conducta. Ni siquiera les riñó. Les devolvió la paz, les regaló su Espíritu, y les envió a evangelizar.

Jesús no cambió de obreros. Cualquier empresario lo hubiera hecho. “¡Menuda tropa me ha caído en desgracia!” -podría haber comentado el Señor. Pero el estilo de Jesús no era empresarial. Él siempre fue así: fraterno, paciente, amoldado a las personas y al barro que hay en ellas. Confió lo mismo en la lentitud de Felipe que en el ímpetu de Pedro. Y siguió al lado de aquellos que le habían dejado solo en la dura subida al Calvario.

Esta es la pedagogía evangélica. Muy alejada de lo empresarialmente rentable, al modo humano. La Iglesia tampoco es una empresa; es un cenáculo creyente. Algo muy diverso en ideas, fuerzas y recursos personales a las industrias de este mundo. En el camino de Jesucristo, aunque sea despacio, lo importante es llegar.

Recordemos lo de la liebre y la tortuga.

Eduardo de la Hera

viernes, 19 de mayo de 2017

El ateísmo de hoy

El ateísmo de hoy ha cambiado mucho. No se parece en nada al de épocas pasadas. Todavía quedan cientifistas cerrados que dicen que Dios y la ciencia casan mal; pero son cada vez menos. Los ateos teóricos, los que argumentaban sobre la inexistencia de Dios desde los humanismos contemporáneos, apenas se ven ya por algún sitio. El peor ateismo, hoy, es el del “indiferentismo religioso”. No menos que el de aquellos que “viven como si Dios no existiera”. Hay generaciones a quienes la cuestión de Dios les parece rara, superada, debate de otros tiempos. Algo así como hablar de las guerras napoleónicas o plantear ahora si la tierra es redonda o plana.

El verdadero ateo, lo mismo que el verdadero creyente, tiene mucho que ver con la vida de cada día. Cuestión de experiencia. ¿Cómo hacer una experiencia de Dios en medio del trajín diario? ¿Podemos buscar a Dios en los gozos y angustias, en las alegrías y sobresaltos cotidianos? Dice San Juan que a Dios nadie le ha visto jamás; pero que es Cristo quien nos le ha dado a conocer. Vivir la vida de cara a Cristo y buscar el rostro de Dios en los excluidos y malheridos de nuestro tiempo es hacer una experiencia fuerte de Dios. Para todo lo cual se necesita -claro está- una fe humilde, sincera y contemplativa. “Contemplar” no es mirar las fases de la luna o el tiempo que hará mañana; contemplar es mirar en profundidad la vida y rezar con ella.

Este ejercicio no vaya usted a hacerlo a los gimnasios, donde solo se cuida la belleza del cuerpo. Este ejercicio hay que buscarlo en otros lugares: por ejemplo, hay desiertos donde retirarse un fin de semana para hacer un auténtico “ejercicio espiritual”, tan importante, al menos, como el ejercicio de los gimnasios. Y desde luego infinitamente más provechoso que el de estar todo el día ejercitando el dedo, los ojos y la curiosidad con los teclados de esas maquinitas locas de jugar, navegar y “watsear”...

Pero -como decía ya Boecio en el siglo IV- “no es tiempo de lamentos, sino de poner remedios”. Debemos ver los males para buscar arreglos. Y no separar los problemas de las soluciones. El “ateismo de la vida” es como una mancha que se ensancha cada día más. Las jóvenes generaciones se han ido de la práctica religiosa sin dar un portazo. Ni siquiera nos han dicho “hasta luego”. No están, porque “no les apetece”. Sin más problemas. Viven su vida al margen de las preguntas religiosas. Este es nuestro desgraciado mundo.

Sin embargo, habría que relacionar alarmas con búsqueda de oportunidades. No caer en análisis derrotistas. No nos sentemos a llorar con las cítaras de la esperanza colgadas de los árboles, como los judíos en aquel tiempo, cuando el destierro de Babilonia.

El teólogo Medard Khel nos invitaba, hace algún tiempo, a mirar la realidad con una mirada de fe, esperanza y amor: o sea, una mirada cristiana. Su libro sobre la Iglesia es un prodigio de aliento y confianza en Dios y en los hombres. Mirar la realidad con confianza, sin falsos espejismos, pero siempre en clave positiva. No amontonar tal cúmulo de “desafíos” que terminemos exhaustos, desilusionados y desalentados. Los retos hemos de encararlos de uno en uno. Y espabilando mucho, que la historia va que vuela, y la Iglesia siempre a paso de tortuga...

Pero, ¡ojo!, que el verdadero ateo puede estar oculto, hoy, en el corazón de muchos que se dicen religiosos y hasta católicos de toda la vida. Son los que, como Nicodemo, llamados a nacer de nuevo, dicen que ellos ya son viejos y no están para “volver al vientre de su madre”. O sea, para hacerse niños. Es el ateismo del desencanto. Cuando todos sabemos que sólo a los que “renacen cada día” se les revela Dios.

Eduardo de la Hera

sábado, 6 de mayo de 2017

¿A qué hora empieza el “evento”?

El otro día, me encontré a una mujer muy ilusionada con su familia, como tantas buenas y animosas mujeres. Tiene dos hijos: niño y niña. La niña hará la Primera Comunión en este mes de mayo. Los padres no frecuentan la iglesia, aunque ahora (por lo de la Comunión de la niña) vienen a la parroquia con sus hijos y se quedan a “oír misa”. Bien está. Se comienza a educar en cristiano dando ejemplo.

Pero la señora, después de saludarme cordialmente, entre divertida y desenvuelta, me pregunta: «¿Podríamos cambiar la hora y día del “evento”? Es que no nos cuadra bien la fecha que nos proponen ustedes».

- ¿De qué evento me habla usted, señora? -pregunto perplejo.

- De qué evento va a ser: el de la Primera Comunión de mi hija.

Y como queriendo enmendar y mejorar lo dicho, dice: «Bueno, lo del “servicio religioso”».

Me armo de paciencia y pongo mi cara más amable para dirigirme a ella:

- ¡Ahora entiendo, señora! Pero mire: los “eventos” se celebran en los hoteles y restaurantes; aquí, en la parroquia, celebramos “sacramentos”. Ni siquiera son “servicios religiosos”, que hacen referencia a algo como de oficio o mero trámite. Lo nuestro es “otra cosa”.

Y aprovecho para impartir a la buena señora una breve catequesis, rápida y ocasional, sobre el “evento”, que dice ella (y dicen otros muchos).

Y continúo: «La Eucaristía que celebramos en las parroquias, cada domingo, es, sin duda, un acontecimiento, sí, pero un “acontecimiento de fe”. Toda la comunidad cristiana se alegra por el gran regalo que es Jesucristo. A él es a quien celebramos. Pero mire, no es este un evento-excusa para otro evento: el que ustedes han preparado ya en el restaurante: o sea, la comida y los regalos. Nosotros, desde la comunidad parroquial, nos unimos a todas las alegrías familiares. Pero lo que celebramos en la iglesia -insisto hasta enronquecer- ¡es “otra cosa”! En los encuentros con padres se lo irán a usted explicando...».

Y animo a la señora para que venga a dichos encuentros, a pesar de que dice “no tener tiempo”. 

Les confieso que dentro de mí se está generando una especie de malestar que no pertenece sólo al “cambio generacional”, sino a lo que Freud llamaba el “malestar de la cultura”. Lo religioso, hoy, queda sumergido en una cultura superficial, vacía y sometida a las necesidades económicas. Todo ello, unido a la supina ignorancia religiosa que padecemos, y que conlleva el riesgo de pervertir lo que celebramos. “Pervertir” es viciar. La Iglesia debería abrir mucho los ojos para ver cómo ir poniendo remedio a este problema: el de la perversión y cambio del lenguaje religioso. Donde nosotros decimos “sacramento” (signo del encuentro con Dios), otros entienden “evento”. O sea, nada entre dos platos...

Importan, sí, los platos de un restaurante que es el que marca la hora y el día del “evento”.

Eduardo de la Hera