lunes, 18 de enero de 2016

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos: La llamada a ser pueblo de Dios

San Pedro le dice a la Iglesia primitiva que en su búsqueda de sentido antes de encontrarse con el evangelio era «no pueblo». Pero a través de la escucha de la llamada a ser «raza elegida» de Dios y de recibir el poder de salvación de Dios en Jesucristo, se ha vuelto «pueblo de Dios». Esta realidad se expresa en el bautismo, que es común a todos los cristianos, en el que renacemos del agua y del Espíritu Santo (cfr. Juan 3, 5). En el bautismo morimos al pecado para resucitar con Cristo a una nueva vida de gracia en Dios. Constituye un desafío cotidiano mantenernos conscientes de esta nueva identidad que tenemos en Cristo:

¿Cómo entendemos nuestra vocación común de ser «pueblo de Dios»?
 
¿Cómo expresamos nuestra identidad bautismal de ser «sacerdocio real»?

El bautismo nos abre a un nuevo y apasionante viaje de la fe uniendo a cada cristiano con el pueblo de Dios que peregrina a lo largo de los siglos. La palabra de Dios -las Escrituras que los cristianos de todas las tradiciones rezan, estudian y meditan- es el fundamento de una comunión real aunque incompleta. En los textos sagrados que compartimos oímos acerca de las grandezas de Dios en la historia de la salvación, sacando a su pueblo de la esclavitud; y de la gran obra de Dios: la resurrección de Jesús de la muerte que inauguró una nueva vida para todos nosotros. Más aún, la lectura orante de la Biblia lleva a los cristianos a reconocer las grandezas de Dios en sus propias vidas:

¿De qué manera reconocemos y respondemos a las grandezas de Dios en el culto y el canto y en el trabajo a favor de la justicia y la paz?
 
¿De qué manera valoramos la Escritura como Palabra viva de Dios que nos llama a una unión mayor y a la misión?

Dios nos ha elegido pero no como si esto fuera un privilegio. Nos ha hecho santos, pero no en el sentido de que los cristianos son más virtuosos que los demás. Nos ha elegido para llevar a cabo una misión. Somos santos en la medida en que estamos comprometidos con la obra de Dios, que es siempre la de llevar su amor a todos los pueblos. Ser un pueblo sacerdotal significa estar al servicio del mundo. Los cristianos viven esta llamada bautismal y dan testimonio de las grandezas de Dios de distintas maneras:

  • Curando las heridas: La gracia de Dios nos ayuda a pedir perdón por los obstáculos que impiden la reconciliación y la sanación, de obtener misericordia y de crecer en santidad.
  • Buscando la verdad y la unidad: La conciencia de nuestra identidad común en Cristo nos empuja a trabajar para superar las cosas que aún nos dividen como cristianos. Como los discípulos de Emaús, estamos llamados a compartir nuestra experiencia para poder descubrir que en nuestra común peregrinación Jesucristo está en medio de nosotros.
  • Un compromiso activo a favor de la dignidad humana: Los cristianos que han sido sacados de las tinieblas a su luz maravillosa reconocen la enorme dignidad de toda vida humana. A través de proyectos sociales y caritativos nos acercamos a los pobres, los necesitados, los adictos y los marginados.

Al considerar nuestro compromiso por la unidad de los cristianos, ¿por qué cosas deberíamos pedir
perdón? 

Conociendo la misericordia de Dios, ¿cómo nos comprometemos en proyectos sociales y caritativos
con otros cristianos?

y nos preguntamos: 

  • ¿Qué dispuestos estamos a compartir la experiencia de Dios con los que encontramos?
  •  ¿Qué podríamos recibir de otros cristianos para que la alegría de Jesús esté en nosotros, haciéndonos así testigos de la Buena Noticia?
  • ¿Cómo consideramos a los cristianos de otras Iglesias?
  • ¿Estamos dispuestos a pedir perdón por los prejuicios que albergamos hacia ellos?
  • ¿Qué puede hacer cada uno de nosotros para disminuir la división entre los cristianos?
  • ¿Qué ambiciones personales, espíritu competitivo, falsas creencias acerca de los demás cristianos y resentimiento oscurecen nuestra proclamación del Evangelio?
  • ¿Cuál es nuestra experiencia de encontrarnos unos a otros en Cristo a través de la comunión cristiana, la comida compartida y la oración común?
  • ¿Cuáles son nuestras expectativas sobre los obispos y los líderes eclesiales en el camino hacia la unidad de la Iglesia? ¿Cómo podemos apoyarlos y animarlos?
  • ¿Qué significa poner nuestro propio sueño de la unidad de los cristianos a los pies de Cristo?
  • ¿De qué manera la visión del Señor de la unidad llama hoy a las Iglesias a renovarse y a cambiar?
  • ¿Cómo podemos fomentar la mutua hospitalidad entre las parroquias y las congregaciones de nuestra localidad?
  • ¿Cuáles son las decepciones que nos aíslan de los demás?
  • ¿Cuáles son los dones -iniciativas, métodos y programas- que podemos recibir de otras comunidades cristianas?

domingo, 17 de enero de 2016

Apostolado de la Oración: Intenciones para el mes de Enero

Intenciones del Apostolado de la Oración:

  • General: Por la Iglesia, extendida por todo el mundo para que el Señor la fortalezca y la guíe como testigo de su amor, para que pueda realizar su misión evangelizadora y se alcance la unidad de todos los cristianos 
  • Por la Evangelización: Para que mediante el diálogo y la caridad fraterna, con la gracia del Espíritu Santo, se superen las divisiones entre los cristianos.

Arzobispo Burgos

El pasado 28 de noviembre tomó posesión el nuevo arzobispo de Burgos, Mons. Fidel Herráez. El nuncio apostólico, mons. Renzo Fratini, y cuatro cardenales arroparon en la Catedral al nuevo arzobispo de Burgos durante su toma de posesión, además de 40 obispos, nuestro aministrador diocesano y cerca de medio millar de sacerdotes. El nuevo arzobispo de Burgos señaló que su ánimo es el de ser un “un humilde eslabón más de la cadena apostólica”. “Seguiremos haciendo que la Palabra de Dios resuene, que se conozca a Jesucristo, que nos conozcan a sus seguidores por la esperanza del Evangelio, por la felicidad de las bienaventuranzas y por la paz del corazón cuando está lleno de Dios”.

Celebración de la Fiesta del Beato Manuel González

El pasado 4 de enero celebramos la fiesta del beato Manuel González. El administrador diocesano, Antonio Gómez Cantero presidió la Eucaritía en la Catedral, donde está enterrado el beato Manuel y en su homilía destacó: “D. Manuel tiene a sus espaldas un extenso anecdotario, como gran catequista que era y como persona de mucho humor y bastante ironía, propio de las personas libres e inteligentes. La verdad, que para un católico de a pie del pleno siglo veintiuno tiene mucho que decir la vida de este hombre, sacerdote y obispo”. 

La fiesta del Beato Manuel González coincide con la reciente aprobación del milagro por parte de la Comisión de Teólogos. Un paso que facilita el proceso de canonización del que fuera Obispo de Palencia durante los años 1935-1940.

Una sonrisa desconocida

Al lado de la puerta de la capilla, hay en el obispado una foto en blanco y negro de un hombre, en su escritorio con pluma en mano, mirándote a los ojos y esbozando una sonrisa. Te aseguro que produce ternura su mirada. Es el Obispo D. Manuel González. El pasado 4 de enero celebramos la Eucaristía en la catedral a nuestro beato Manuel, al lado de su cuerpo que reposa bajo el sagrario como fue su deseo. D. Manuel fue nuestro obispo desde el año 1935 al 1940, y parece ser que pronto va a ser proclamado santo en Roma.

Muchas veces pasamos por la memoria de los santos, como si se tratara de uno de nuestros cumpleaños: un poco de fiesta y, quizás, una oración agradecida. Nada más. Al final, todas estas personas que han marcado nuestra vida de alguna manera, quedan en un recuerdo borroso, de estampa color sepia. Además, en algunos casos, nos esforzamos en maquillar su vida para hacerla un poco más soportable, incluso tendiendo a lo ñoño y desencarnado. En cambio los santos son personas que han vivido mucho y con mucha intensidad. Todos y cada uno de ellos nos pueden enseñar demasiadas cosas para poder vivir con un poco más de dignidad en todos los momentos y sobre todo en los más convulsos. En cambio, muchas veces, seguimos haciendo hincapié en las anécdotas o florecillas y perdemos la esencia, aquello por lo que gastaron o dieron su vida. Y os aseguro que D. Manuel tiene a sus espaldas un extenso anecdotario, como gran catequista que era y como persona de mucho humor y bastante ironía, propio de las personas libres e inteligentes. La verdad, que para un católico de a pie del pleno siglo veintiuno tiene mucho que decir la vida de este hombre, sacerdote y obispo.

Sus escritos, que están recopilados en tres tomos, con la anchura y la densidad de tres biblias, tienen un doble eje sobre el que pilota toda su vida y su enseñanza: Cristo y el testimonio del discípulo. En esto gastó su existencia, su pensamiento, sus escritos y su actividad. Es verdad que hay tres miradas en las que se reflejaba su amor a Cristo: la Eucaristía, el Buen Pastor y los pobres, todos los pobres. Por sus palabras sabemos que no vivía más que para el “Dios escondido”, y en su presencia se hubiera pasado las horas, si sus tareas pastorales no le arrancaran en cada momento del sagrario. El despertar de su misión se produjo justamente ante un tabernáculo descuidado y sucio.

Pero le preocupaba sobre todo el testimonio de los que nos decimos cristianos y sobre todo de los curas. Buscaba organizarles en grupos y asociaciones. El Buen Pastor, era su modelo. Buscaba sacerdotes apóstoles y laicos apóstoles. Su día trascurría en visitas al sagrario, a los grupos, a los sacerdotes, a los pobres, a las personas que podían influir de alguna manera para llevar a cabo su misión, en escribir y vuelta otra vez al sagrario. Se quejaba de que algunos sacerdotes y laicos le reprochasen que fundara tantas asociaciones, que todo estaba dicho o todo estaba hecho ya. Son ganas de no hacer nada, se lamentaba. Todo es poco, todos los esfuerzos para que todos lleguen a Cristo son pocos. El médico que deje su profesión, decía, podrá llamarse un jubilado, un retirado, un cesante... pero el cura que deje su entrega a las almas se llamará siempre por Dios y por los hombres un apóstata y un detentador sacrílego... Me hacen temblar estas palabras. Son tan duras como las de Jesús a los escribas y fariseos. Lo que ocurre que estas palabras las siento más cercanas.

En su librito, “Arte de tratar a las gentes a la apostólica” hace un análisis profundo, propio del buen conocedor de la psicología humana y también de la falta de espiritualidad, hablándonos de los tiempos perdidos, de los palos de ciego, de los toques de violón, de las indiferencias irritantes, de nuestra manera de tratar a unos a galope y a otros a paso de tortuga, de los oropeles que nos separan de los demás y nos impiden ser todo con todos. Y muchas de estas cosas nos siguen sucediendo 75 años después de su muerte, a pesar de que él siga mirándonos con esa sonrisa tan desconocida.

Antonio Gómez de la Hera
Administrador Diocesano