“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” [1 Jn 4,16].
“El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano...” [Juan Pablo II Familiaris Consortio 22.XI.1979].
Pero ¿qué nos hace estar aún lejos de esta realidad que nos constituye tan profunda y entrañablemente...? Si la orquídea es una de las formas más refinadas y complejas del mundo vegetal y su hermosura es sublime, amar es el modo más refinado y sublime de ser humano... Amar es la esencia del Ser.
Mi vida, pequeña e insignificante en la grandeza del universo, es cada vez más la búsqueda sencilla de este Amor donde todo tiene sentido y es fecundo. Mi profesión de psicóloga es cada vez más la búsqueda de poder acompañar a las personas a encontrar este lugar desde donde puedan ser, relacionarse y ser fecundas. Sin embargo en esta búsqueda, tanto en lo personal como en lo profesional, voy viendo que el mayor obstáculo para acceder al lugar del Amor, es el “ego”. Estamos atascados en una necesidad imperiosa de satisfacción y gratificación personal que nos incapacita para alcanzar una mayor profundidad en nosotros mismos. Más aún para alanzar el “tú”, el “nosotros”, el “todos”. La palabra individuo tiene su raíz etimológica en la palabra indivisible. Encontrar el lugar donde habita el Amor y permanecer en Él, es vivir la unidad internamente, y esta unidad nos lleva por su naturaleza y su fuerza a La Unidad... contigo, con “nosotros” con “todos” y con “todo”, esto es trascendernos. Por tanto no puede ser la satisfacción ni la gratificación personal la finalidad de nuestra vida. En este orden de ideas, creo que nuestra finalidad es la Fecundidad en su sentido más profundo. Pero la vida se nos va en luchas estériles que en el fondo solo intentan exaltar, imponer, gratificar... nuestro “ego”, demasiado superficial e insaciable...