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jueves, 2 de marzo de 2017

Un Misal renovado para toda la comunidad

Lex orandi, lex credendi. Este adagio latino puede ser traducido por “lo que se reza es lo que se cree”. En las celebraciones litúrgicas, oramos nuestra fe, para que se actualice, y también para que se comunique a los demás. Por eso, el MISAL -libro litúrgico que recoge las oraciones para celebrar la santa Misa- es un instrumento de excepcional importancia para la vida de fe de la Iglesia. La nueva edición -la tercera en español desde el concilio Vaticano II- es una ocasión óptima para que pastores y fieles conozcan mejor el tesoro oracional presente en cada Eucaristía. 

La instrucción Liturgiam authenticam de 2001 solicitaba a las Conferencias Episcopales una revisión delicada de las traducciones de los textos litúrgicos oficiales en latín a las diversas lenguas nacionales. Con ese deseo de una mayor fidelidad a los textos originales -fruto del cual se fraguó la Biblia de la Conferencia Episcopal Española- arrancó hace años la preparación de una nueva edición del Misal romano en castellano que acaba de ver la luz. A partir del 4 de marzo por la tarde, toda la Iglesia en España se dispondrá a inaugurar con el primer domingo de Cuaresma los nuevos textos litúrgicos. La Misa sigue siendo la misma, pero descubriremos cambios importantes.

“PRO MULTIS”

Sin duda, la modificación más significativa se encuentra en la fórmula de la consagración. El «Tomad y bebed todos de él (...) que será derramada por vosotros, y por todos los hombres...» dará paso al nuevo «que será derramada por vosotros, Y POR MUCHOS, para el perdón de los pecados...». Esta expresión procede del texto bíblico aparecido en los evangelios de Marcos y Mateo, traducido al latín con el “pro multis”, y que en castellano se había formulado con una expresión no del todo precisa.

MÁS CAMBIOS

En la nueva edición ya aparecen los textos propios de los santos más recientemente canonizados -hasta el 2015- por lo que entran cuatro memorias obligatorias y dieciséis memorias libres. Se encontrarán 37 nuevas oraciones, el prefacio propio de santa María Magdalena -apóstol de los apóstoles- y nuevos formularios para santos monjes y monjas. También aparecen dos nuevas misas votivas: de la Divina Misericordia y de san Juan Bautista. Las misas “por diversas necesidades” han sido reestructuradas, y los nombres de las fiestas marianas han sido unificados: en todos los casos se tratará de la Bienaventurada Virgen María... del Monte Carmelo, del Pilar, de la Almudena... En el prefacio dominical del “día del Señor” se ha abreviado una expresión dudosa con la siguiente formulación: «...la humanidad entrará en tu descanso».

ASPECTOS FORMALES

En la nueva edición se ha buscado compaginar varios criterios de gran importancia: en primer lugar, la dignidad de lo que se contiene. En segundo, la practicidad de su uso. No es un libro de museo, sino para ser utilizado cotidianamente. En tercer lugar, su durabilidad. Estas guías maestras se han concretado en la edición presente de múltiples modos. 

La estampación de la cruz dorada en la cubierta de portada -con el crismón en el centro-, junto con las letras en el lomo, y el icono trasero del cordero -idéntico al que ilustra los nuevos leccionarios- ha querido mostrar la distinción de los libros dentro de una misma línea de edición.

Que la nueva edición venga dentro de un estuche que lo protege, que las cintas separadoras hayan sido cortadas en calor para evitar que se deshilachen, o las 36 lengüetas sean más resistentes, responden al deseo de que las comunidades usen por muchos años el mismo misal sin necesidad de recambios.

El nuevo volumen -que consta de 1370 páginas- incluye 19 ilustraciones. La más ricamente ornamentada la encontramos al comienzo de la plegaria eucarística primera o canon romano. El resto, al inicio de cada tiempo litúrgico y de cada sección del Misal. Las imágenes, que han sido elaboradas ad hoc para la nueva edición, buscan ayudar a la oración y a la devoción de los celebrantes.


DEL “PRO MULTIS” AL “POR MUCHOS”

De la carta de SS Benedicto XVI al presidente de la Conferencia Episcopal Alemana. Abril 2012.

«... el paso del “pro multis” al “por todos” no era en modo alguno una simple traducción, sino una interpretación, que seguramente tenía y sigue teniendo fundamento, pero es ciertamente ya una interpretación y algo más que una traducción.

... soy consciente de que (el cambio de traducción) representa un reto enorme para todos aquellos que tienen el cometido de exponer la Palabra de Dios en la Iglesia ... Ellos (los fieles) se dirán: Pero Cristo, ¿no ha muerto por todos? ¿Ha modificado la Iglesia su doctrina? ... por este motivo (...) se decidió que esta traducción fuera precedida de una esmerada catequesis (...) Hacer preceder la catequesis es la condición esencial para la entrada en vigor de la nueva traducción».

La Iglesia ha tomado esta fórmula -“por muchos”- de los relatos de la institución en el Nuevo Testamento. Lo dice así por respeto a la palabra de Jesús, por permanecer fiel a él incluso en las palabras.


CANTAD AL SEÑOR
Otra de las novedades importantes de esta tercera edición del Misal es el apartado musical. El criterio subyacente es que el canto ennoblece las celebraciones. Pero no se trata de insertar más cantos a la Misa, sino de “cantar la Misa”. Para ello, el nuevo volumen va acompañado inseparablemente de 3 cd´s con grabaciones de toda la Eucaristía: desde el saludo inicial y la proclamación de las lecturas, hasta la bendición final, pasando por los 103 prefacios incluidos en el Misal. «Cantar es propio de quien ama», que diría San Agustín.


Por decreto del Presidente de la Conferencia Episcopal Española esta edición del Misal entrará en vigor a partir de las Misas vespertinas del domingo I de Cuaresma (el sábado 4 de marzo de 2017), y su uso será obligatorio a partir de ese momento en todas las Misas que se celebren en lengua española en las diócesis de España.

martes, 28 de febrero de 2017

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2017

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).

La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.

La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llamaa Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).

El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).

El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.

Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).

También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.


El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).

De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor -que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador- nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

Francisco

miércoles, 1 de febrero de 2017

«Caminemos todos juntos»

COMUNICADO DEL OBISPO DE PALENCIA
Palencia, 23 de enero de 2017
 
A TODOS LOS MIEMBROS DE LA DIÓCESIS: OBISPO EMÉRITO, SACERDOTES, DIÁCONO, SEMINARISTAS, MIEMBROS DE VIDA CONSAGRADA Y FIELES LAICOS
Queridos hermanos en Cristo Jesús:
Alegre, gozoso y agradecido por haber participado con una buena representación de nuestra Iglesia en la ordenación episcopal de D. Antonio Gómez Cantero como Obispo y Pastor de la Iglesia de Teruel y Albarracín, y cumplidos ya siete meses como siervo de los siervos de Cristo de esta comunidad eclesial, quiero daros a conocer algunos nombramientos diocesanos.
Como bien sabéis, mi primera idea era constituir primero el Consejo Presbiteral y el Consejo Pastoral Diocesano y, después de una consulta amplia a toda la Iglesia, proceder a los nombramientos pertinentes. Pero el día 31 de octubre D. Antonio, Vicario General de Palencia, me comunicó que el papa Francisco le elegía como pastor de la Iglesia turolense. Después se hizo público con gran gozo y reconocimiento de todos. Esta nueva situación me hizo cambiar de planes. El hombre propone y Dios dispone. Por eso realicé en el mes de diciembre una consulta amplia a todos los sacerdotes, al diácono, a los seminaristas, a las comunidades religiosas y a los fieles laicos integrados en los Consejos Pastorales Arciprestales existentes.
He recibido 203 respuestas personales o grupales. Unas 20 no ofrecían nombres concretos para cada responsabilidad porque no conocían suficientemente los miembros de la Diócesis, o consideraban que sólo conocían los de su zona, pero poco más, etc. En total he recogido 182 respuestas con sugerencia de nombres que he leído y tabulado personalmente en las pasadas navidades.
Quiero daros las gracias a todos por la acogida a la consulta realizada y por las respuestas recibidas. Me habéis ayudado muchísimo porque así he pulsado y comprobado vuestro sentir. No puedo presumir de conocer toda la diócesis y a todos los diocesanos; sería una pretensión soberbia y falsa por mi parte; por eso, la consulta me ha permitido comprobar qué personas concitan la confianza de gran parte de los miembros de la Diócesis y tenerlo en cuenta de manera decisiva.
Después he comenzado los diálogos personales para poder realizar los nombramientos más urgentes. 

Los otros están en proceso de diálogo y, cuando llegue el momento al final del curso, se harán públicos.
Quiero agradecer sinceramente en nombre de toda la Diócesis y en el mío propio el trabajo realizado por los que han servido a la Iglesia en los distintos oficios siempre desde la comunión con el Obispo y con toda la Iglesia, en ocasiones con gozo y alegría, otras veces con incomprensiones y sufrimientos; siempre en la alegría cristiana estará presente la cruz. Gracias por su servicio de cada día, la creatividad, el esfuerzo por trabajar juntos con respeto mutuo.
Agradezco de todo corazón a aquellos a los que he pedido un servicio y, por razones objetivas y desde el amor a la Iglesia, han declinado la invitación.
D. Anastasio González Aguado,
nuevo Vicario General
También agradezco, cómo no, la disponibilidad para el servicio a los que han aceptado la invitación a asumir distintas responsabilidades, superando miedos, dudas y confiando en el Señor y los hermanos. Deseo que, desde la santidad de vida, la capacitación con el anhelo de progresar día a día y el servicio a la Iglesia, a todos los miembros de la misma y a todos los hombres y mujeres, de toda raza, religión y pensamiento, sin caer en la burocracia, sintiendo siempre con la Iglesia, trabajemos en equipo, uniendo energías.
Todo esto significa apertura de corazón a Dios Padre, seguimiento de Jesucristo, el Buen Pastor, y docilidad activa y creativa a lo que el Espíritu Santo dice a nuestra comunidad hoy por tantos medios, realidades, acontecimientos y personas, especialmente los pobres, desfavorecidos y descartados.
Os ruego que recibáis a estas personas que van a ser vuestros y mis colaboradores en la tarea evangelizadora con entrañas fraternas en Cristo, desde la verdad, el amor y la libertad.
Caminemos todos juntos animándonos unos y otros en la conversión personal, comunitaria y pastoral, en comunión con el papa Francisco, la CEE y entre nosotros, siendo testigos tocados por la misericordia del Señor (MV y MM); llevemos la luz de la fe (LF), el gozo del Evangelio(EN y EG) Y la alegría del amor (AL) a todos los que vivimos en estas queridas tierras palentinas compartiendo las alegrías y las penas, las tristezas y las esperanzas (GS), con humildad, sencillez, entrega sincera, amor fraterno, unidos codo con codo, sin miedo, con la esperanza puesta en Dios y con confianza en nuestra gente. “Canta y camina”, nos dice San Agustín y yo os recordaba el día de mi ordenación episcopal.
Que la Virgen María, San José, San Antolín, San Agustín y Santa Mónica, San Zoilo, San Francisco Fernández de Capillas, San Rafael Arnaiz, San Manuel González y todos los santos y beatos de la Diócesis nos ayuden con su intercesión y ejemplo.
Estos son los nombres de las personas que, después de haber orado y reflexionado, buscando el mayor bien de nuestra Iglesia y previa su aceptación, servirán a toda la comunidad eclesial juntamente conmigo:
  •  Vicario General y Moderador de Curia: D. Anastasio González Aguado.
  •  Vicario de Pastoral: D. Miguel Pérez García.
  •  Vicario Judicial: D. Mateo Aparicio Juan.
  •  Secretario-Canciller: D. Eduardo Calvo Sedano.
  •  Delegado Episcopal para el Clero: D. Juan de Dios Tamayo Ruiz.
  •  Delegado Episcopal para la Catequesis: D. Pelayo González Ibáñez.
  •  Delegado Episcopal para la Pastoral Juvenil: D. Pedro Brouilhet Fernández.
  •  Delegado Episcopal para la Pastoral Vocacional: D. Aurelio Báscones de la Hera.
  •  Delegado para la Pastoral Universitaria: D. Carlos Chana Seco.
  •  Delegado Episcopal para la Acción Caritativa y Social: D. Jesús Diez Sánchez.
  •  Jueces Diocesanos: D. Mateo Aparicio Juan, D. José Luis Quijano León, D. Feliciano Pérez Moreno.
  •  Defensor del Vínculo: D. Eduardo Nieto Varas.
  •  Promotor de Justicia y Notario del Tribunal: D. Roberto García Villumbrales.
  •  Delegado Episcopal para el Patrimonio Artístico y Director del Museo Diocesano: D. José Luis Calvo Calleja.
  •  Delegado Episcopal para el Patrimonio no Artístico y Obras: D. Juan Antolín de las Fuentes.
Los nombramientos son por tres años. Las demás personas que actualmente desempeñan distintos servicios diocesanos y sus nombres no aparecen en este listado, siguen en sus cargos hasta el fin de curso.
Recibid mi cordial y fraterno saludo en Cristo Jesús.
+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

OTROS NOMBRAMIENTOS:
  • Consejo Presbiteral, sacerdotes de libre designación del Sr. Obispo: D. Donaciano Martínez Álvarez, D. Luis Miguel Díez Fernández, y D. Aurelio Báscones de la Hera.
  • Delegado diocesano de la Mutualidad del Clero: D. Ricardo Gómez Laso.

jueves, 1 de diciembre de 2016

«Misericordia y Paz»

«Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltos hacia nosotros. Ella es la primera en abrir camino y nos acompaña cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protección de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicación de volver los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios».

Así se lee en el último párrafo de la Carta Apostólica Misericordia et Misera, que el Santo Padre Francisco firmó el domingo 20 de noviembre, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, en la conclusión del Año Santo Extraordinario de la Misericordia.

Se trata de un documento que se articula a lo largo de veintidós puntos, en el que, ante todo, el Papa desea «misericordia y paz» a todos los que lo leerán. Como su nombre lo indica, Misericordia et misera, son las dos palabras con las que San Agustín comenta el encuentro entre Jesús y la adúltera, es decir, la miserable y la misericordia; del que se desprende la enorme piedad y justicia divina y cuya enseñanza ilumina -tal como escribe el Pontífice- la conclusión de este Jubileo de la Misericordia, a la vez que indica el camino que estamos llamados a recorrer.

El Papa Francisco vuelve a recordarnos que «nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón». Por lo que ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia que siempre es un acto de gratuidad del Padre celestial, un amor incondicionado e inmerecido; una acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida.

En una cultura frecuentemente dominada por la técnica, el Santo Padre recuerda que se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre las cuales muchos jóvenes, puesto que el futuro parece estar en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad. Por esta razón escribe que «se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales».

Del Año intenso que acaba de celebrarse el Papa escribe que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia. Y que como un viento impetuoso y saludable, la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero. De ahí que se sienta la necesidad de dar gracias al Señor, porque en este Año Santo la Iglesia ha sabido ponerse a la escucha y ha experimentado con gran intensidad la presencia y cercanía del Padre, que mediante la obra del Espíritu Santo le ha hecho más evidente el don y el mandato de Jesús sobre el perdón.

Una vez concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina -manifiesta asimismo el Pontífice-. Y pide que no limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.

En cuanto a la cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, Francisco escribe que «hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás». Con todo -añade hacia el final de esta Carta Apostólica- «las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social», que nos impulsa a «ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas», llamados a construir con nosotros una «ciudad fiable».

«Esforcémonos entonces -afirma el Papa- en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la práctica de las obras de misericordia, cuyo carácter social “obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía, de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta».

Francisco concluye explicando que a la luz del «Jubileo de las personas socialmente excluidas», mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuyó que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la «Jornada mundial de los pobres», que constituirá la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, que se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir, precisamente, de las obras de misericordia.

martes, 15 de noviembre de 2016

«EUCARISTIZAR»

El pasado 5 de noviembre nuestra Catedral vivió una celebración muy especial. La Iglesia palentina se reunió para dar gracias por la Canonización de San Manuel González.

Descatamos en estas páginas un fragmento de la Homilía de nuestro Obispo.

Eucaristizar, Vivir la Misa... esa es la propuesta. La Palabra de Dios que ha sido proclamada tiene como eje la Eucaristía que es memorial del sacrificio del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, comida de amistad e intimidad con el Señor, alimento para el camino de la vida que es duro, signo de unidad y fármaco de inmortalidad. Y Esta Palabra nos señala e invita a hacer y vivir lo que Jesús hizo y vivió en su vida hasta la muerte y muerte de Cruz y que lo resumió en la última Cena. ¿Qué hizo? Se reunió con sus discípulos a cenar, dialogó, lavó los pies a sus discípulos, tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos. Y lo mismo hizo con el cáliz lleno de vino.

Esto es lo que tenemos que hacer y vivir nosotros
1. Reunirnos y encontrarnos como hermanos, como comunidad, miembros de una misma familia, la Iglesia. Un cristiano no puede abandonar y vivir lejos de la Iglesia. Es nuestro hogar. Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre. Por eso es preciso encontrarnos y reunirnos como hermanos, para convivir, saludarnos, alegrarnos juntos, proyectar y trabajar juntos; encontrarnos y lavarnos los pies unos a otros, es decir, servir, y perdonarnos sabiéndonos pecadores perdonados y reconciliados; reuniéndonos para alabar y adorar al Señor por su bondad, misericordia y fidelidad; encontrarnos para orar, personal y comunitariamente, para pedir por unos por otros y por todos, porque todos como pobres necesitamos a Dios y de Dios.
2. Después de reunidos, escuchar y acoger la Palabra de Dios. Es la Palabra del que nos ama como nadie, que es y debe ser lámpara para nuestros pasos, la brújula de nuestra vida; palabra sabia y de vida eterna. Dios, movido de amor, nos habla como amigos, trata con nosotros y nos invita y recibe en su compañía. Y responder a la Palabra con la confesión de la fe y las oraciones para que lo que dice el Señor se cumpla en nuestros días y en nuestras vidas. Un cristiano tiene que ser un enamorado de la Palabra de Dios, que la conoce, la saborea, la interioriza y la lleva a la vida como nos pide el Concilio; ¡Cómo se alimentaba nuestro Santo de la Palabra de Cristo! Un cristiano, -sea niño, joven, maduro, adulto, sacerdote, religioso o laico- tiene que estar siempre como discípulo en catequesis, formarse y configurarse permanentemente con Cristo. ¡Qué buen catequista fue D. Manuel con escritos y práctica! Aquí al lado, en los bancos que están delante de la Capilla del Sagrario, él daba catequesis a los niños y niñas pobres de Palencia Se preocupaba por darles el pan de cada día y el Pan de Dios. Por eso la imagen que hemos bendecido al comenzar la Eucaristía de Acción de Gracias está una de las niñas a las que él enseñaba la fe cristiana desde el amor y la cercanía a los más pequeños.
3. Eucaristízar que es, hacer los gestos y vivir lo que hizo Jesús en la multiplicación de los panes y los peces, en la Última Cena, y resucitado cuando se aparece junto al lago: tomar el pan y el vino en nuestras manos, bendiciendo a Dios, dador de todo bien, y aceptar la voluntad de Dios en todos los momentos de la existencia, aunque cueste y suponga sangre. Y todo con acción de gracias al Padre, por el Hijo con el Espíritu Santo, siempre, por todo y en todo. Es dar gracias por la vida, el sol, la familia, la iglesia, la fe, el bautismo, por la entrega de Cristo que se hace pan, que derrama su sangre para sellar la Nueva Alianza y perdonar todos los pecados. Dar gracias por la unión que crea el Espíritu Santo en comunión con toda la Iglesia, presidida por el papa Francisco y los pastores, los santos y los difuntos. Es partir y repartir el pan que el Padre nos da a sus hijos, y hacerse cada uno pan tierno de granos molido, partido y compartido, y vino pisado en el lagar, entregando nuestra vida, pensamientos, sentimientos y acciones aunque el alma se rompa... Es no solo dar, sino darse. Y lo dio dice el Evangelio: Es recibir y aceptar a Cristo que se ofrece como pan de vida, como alimento y bebida para el camino, aceptarlo en nuestro corazón y existencia, adorarlo dejarnos amar por Él, y darnos y dejarnos comer como el pan por tantos abandonados, hambrientos y descartados de la sociedad que buscan pan, justicia, amor, libertad y verdad. Es vivir en la lógica del don. Entrar en comunión con los demás, dejar que los otros formen parte de nuestra vida y nosotros de la suya porque Él nos ha dado ejemplo. Es acompañar a tantas personas abandonadas, que son también sagrarios abandonados, porque en ellas está Jesús. Es hacer de cuanto somos y tenemos un don para los demás, para que tengan vida y vida abundante y sea reconocida su dignidad de hijos de Dios y hermanos.
4. Y la despedida: Podéis ir en paz, salir en misión, no esperar, salir al encuentro de los hermanos en todas las situaciones, como lo hizo Andrés con su hermano Simón Pedro, confesando nuestra fe con obras y palabras para llevar la paz de Cristo, el amor de Cristo, la misericordia de Cristo. Es hacer lo posible e imposible para que otros descubran con gozo y experimenten la alegría de ser amados por Dios-amor, por el «Amo», como decía él, que no es sólo dueño, sino el que ama como nadie amó jamás. Tenemos que salir para construir una civilización nueva, la del amor.

San Manuel lo decía así: «Para mis pasos yo no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino encontraré hambrientos de todas clases y los hartaré de todo pan. Descubriré niños pobres y pobres niños y me sobrará el dinero y los auxilios para levantarles escuelas, y refugios para remediarles sus pobrezas. Tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con tullidos y hasta con muertos del alma o del cuerpo, y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud!».

Esto es eucaristizar, vivir la Misa, como decía San Manuel. Esto, creo, es lo que nos propone hoy a todos, particularmente a esta su Diócesis de Palencia.

domingo, 3 de abril de 2016

Evangelizar los problemas

Evangelizar los problemas. No permitamos que la oscuridad y los miedos atraigan la mirada del alma y se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del Ángel: el Señor «no está aquí. Ha resucitado». (Homilía del Papa Francisco en la Noche Santa - 26 de marzo de 2014).

«Pedro fue corriendo al sepulcro» (Lc 24, 12). ¿Qué pensamientos bullían en la mente y en el corazón de Pedro mientras corría? El Evangelio nos dice que los Once, y Pedro entre ellos, no creyeron el testimonio de las mujeres, su anuncio pascual. Es más, «lo tomaron por un delirio» (v.11). En el corazón de Pedro había por tanto duda, junto a muchos sentimientos negativos: la tristeza por la muerte del Maestro amado y la desilusión por haberlo negado tres veces durante la Pasión.

Hay en cambio un detalle que marca un cambio: Pedro, después de haber escuchado a las mujeres y de no haberlas creído, «sin embargo, se levantó» (v.12). No se quedó sentado a pensar, no se encerró en casa como los demás. No se dejó atrapar por la densa atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías que no llevan a nada. Buscó a Jesús, no a sí mismo. Prefirió la vía del encuentro y de la confianza y, tal como estaba, se levantó y corrió hacia el sepulcro, de dónde regresó «admirándose de lo sucedido» (v.12). Este fue el comienzo de la «resurrección» de Pedro, la resurrección de su corazón. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón sin apagarla.

También las mujeres, que habían salido muy temprano por la mañana para realizar una obra de misericordia, para llevar los aromas a la tumba, tuvieron la misma experiencia. Estaban «despavoridas y mirando al suelo», pero se impresionaron cuando oyeron las palabras del ángel: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (v.5).

Al igual que Pedro y las mujeres, tampoco nosotros encontraremos la vida si permanecemos tristes y sin esperanza y encerrados en nosotros mismos. Abramos en cambio al Señor nuestros sepulcros sellados -cada de nosotros los conoce- , para que Jesús entre y lo llene de vida; llevémosle las piedras del rencor y las losas del pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas. Él desea venir y tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia. Pero la primera piedra que debemos remover esta noche es ésta: la falta de esperanza que nos encierra en nosotros mismos. Que el Señor nos libre de esta terrible trampa de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y nuestros problemas fueran el centro de la vida.

domingo, 20 de marzo de 2016

Semana de responder preguntas

Esta semana comienza con una procesión festiva con ramos de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús. 

Pero esta semana se encamina hacia el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección. Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos una sola pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?

Hemos oído muchos nombres, tantos nombres. El grupo de dirigentes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley, que habían decidido matarlo. Estaban esperando la oportunidad de apresarlo. ¿Soy yo como uno de ellos?

También hemos oído otro nombre: Judas. Treinta monedas. ¿Yo soy como Judas? Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no entendían nada, que se durmieron mientras el Señor sufría. Mi vida, ¿está adormecida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que significaba traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería resolverlo todo con la espada? ¿Soy yo como ellos? ¿Soy yo como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo? ¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos dirigentes que organizan a toda prisa un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy como ellos? Y cuando hago esto, si lo hago, ¿creo que de este modo salvo al pueblo?

¿Soy yo como Pilato? Cuando veo que la situación se pone difícil, ¿me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad, dejando que condenen -o condenando yo mismo- a las personas?

¿Soy yo como aquel gentío que no sabía bien si se trataba de una reunión religiosa, de un juicio o de un circo, y que elige a Barrabás? Para ellos da igual: era más divertido, para humillar a Jesús.

¿Soy como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten humillando al Señor?

¿Soy como el Cireneo, que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz?

¿Soy como aquellos que pasaban ante la cruz y se burlaban de Jesús: «¡Él era tan valiente!... Que baje de la cruz y creeremos en él»? Mofarse de Jesús...

¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la Madre de Jesús, que estaban allí y sufrían en silencio?

¿Soy como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor para enterrarlo?

¿Soy como las dos Marías que permanecen ante el sepulcro llorando y rezando?

¿Soy como aquellos jefes que al día siguiente fueron a Pilato para decirle: «Mira que éste ha dicho que resucitaría. Que no haya otro engaño», y bloquean la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que no salte fuera la vida?

¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.