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martes, 20 de junio de 2017

Corpus Christi

Toda la Diócesis brilló el pasado domingo 18 de junio con la Festividad del Corpus Christi. La Fiesta en la que adoramos la presencia real de Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación bajo las especies sacramentales del pan y del vino consagrados. Una Fiesta que nos llama a crecer como comunidad de hermanos y a participar en la Eucaristía, sacramento de comunión con Dios y con nuestros semejantes. Cuantos comemos de un mismo pan no sólo somos invitados a formar un solo cuerpo, sino a crecer en la espiritualidad de comunión que dé sentido y anime nuestro compromiso social en favor de los que sufren.


domingo, 18 de junio de 2017

Llamados a ser Comunidad

“Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Esto se decía antes cuando esos días eran festivos también civilmente, pero las cosas han cambiado.

Lo que no ha cambiado ni puede cambiar es el hecho de celebrar al Señor Jesús que el Jueves Santo, antes de ser entregado y padecer, se sentó a la mesa, y entregó su Cuerpo en el pan y su Sangre que iba a ser derramada en la cruz como señal de la Alianza nueva para el perdón de los pecados en el vino, lavó los pies a sus discípulos, en la sobremesa les habló al corazón con palabras eternas, oró al Padre como Hijo y Hermano, prometió el Espíritu de la Verdad y les dio en mandamiento nuevo de amaos como Yo os he amado.

Lo que no ha cambiado ni puede cambiar es que los cristianos comamos y bebamos en la mesa del Señor con acción de gracias y bendición para asimilar y ser lo que recibimos haciéndose vida de nuestra vida, estilo personal y colectivo. Y pasearemos el día del Corpus al Señor por nuestros pueblos y ciudades, movidos por la fe, para llevar a todos la buena noticia de que sólo en Él, con Él, por Él, tras Él, no contra Él, la sociedad tendrá sabor de casa familiar, con olor y sabor de pan partido y compartido y alegría de fiesta fraterna y eterna.

Lo que no puede cambiarse ni podemos ni debemos olvidar que sólo este camino, el de derramar la sangre y entregar la vida por amor es la clave para cambiar el mundo, para ascender con Cristo a la gloria, para un auténtico progreso que nos impulse hasta el cielo, realizando así el sueño de Adán y Eva, ser como Dios; nuestros padres quisieron alcanzarlo por el camino de la soberbia, la negación de Dios, la autosuficiencia, cuando el único camino para la Vedad y la Vida sino el camino de Jesús, es seguirle a Él, ser auténticos discípulos misioneros.

Acabamos de celebrar el día del Corpus Christi, del Cuerpo y de la Sangre del Señor, nos recuerda, convoca y provoca a ser y hacer Comunidad. El lema lo dice bien claro: “LLAMADOS A SER COMUNIDAD”. Así lo somos porque Dios que es amor y fuente de vida por amor, así nos ha creado: «hombre y mujer los creó... No está bien que el hombre esté sólo... creced y multiplicaos». El gran pecado de Caín no es sólo matar a Abel, sino el no reconocer a Abel como hermano. El romper con Dios, el odio, la envidia, el desamor lleva a no entendernos, destruirnos, hacer del mundo una Babilonia. Pero Dios no desiste de su plan: hacer la nueva Jerusalén, ciudad de paz, la Esposa de su Hijo. Tendió su mano y prometió la victoria allí mismo donde se manifestó la derrota; en Abrahán, el amigo de Dios, comenzó la promesa de bendición que se realizó en el fruto bendito de las entrañas de la nueva Eva, María, que lleva por nombre Jesús, Dios salva.

Todo el empeño de Jesús podría resumirse en reunir a los hijos dispersos, los hijos de Padre que se alejaron de la casa familiar en busca de aventuras desdichadas, para hacer fiesta, la fiesta de la reconciliación, de la diversidad reconciliada. Por esto y para esto nació Jesús, vivió, compartió la vida, curó, alimentó, predicó; fue incomprendido y por eso murió por amor entregándose todo en la cruz para, con los brazos abiertos y llenos de sangre, abrazar a todos, perdonar a todos, resucitar a todos e invitarnos a vivir como hijo y hermanos, y, movidos por el amor que ha derramado en nuestros corazones por su Espíritu, poder decir a Dios: ¡Papá! 

Esto es lo que vivieron los primeros cristianos, con sus fallos, hasta poder decir de ellos que el grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: perseveran en las enseñanzas de Jesús, trasmitidas por los apóstoles, en la comunión fraterna, en el partir el Pan del Señor -la Eucaristía- y en las oraciones, nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo que poseían todo en común... entre ellos no había necesitados. Y salían de sus lugares de reunión dando testimonio con la palabra y la vida con mucho valor y se les miraba a todos con agrado (cfr. Hech 2, 42-47; 4, 32-35).

Esto es lo que nosotros tenemos que vivir en cada parroquia, en cada pueblo, en cada ciudad, en cada continente, en el mundo entero. Esto es lo que es y debe ser las parroquias, las unidades parroquiales, las Iglesia particulares: comunidades para hacer comunidad universal. Esto es lo nos pide la Iglesia de Palencia a través de Cáritas: abramos la mente, el corazón y las manos, cuanto somos y tenemos, también los bienes materiales, para hacer comunidad, unidad común, familia de hermanos. También nos recuerda la iglesia que esto es responsabilidad de todos, tarea común. Así nuestros días y nuestras vidas relucirán más que el sol.

Agradezco a todos los que trabajan y colaboran en Cáritas y con Cáritas su labor desinteresada y sacrificada e invito a todos a colaborar generosamente con Cáritas.

+Manuel Herrero fernández, O.S.A
Obispo de Palencia

jueves, 15 de junio de 2017

Cauces para vivir la Comunión con los que sufren

Con la mirada puesta en nuestra realidad eclesial y social, los Obispos nos señalan algunas de las implicaciones que demanda de todos nosotros una verdadera espiritualidad de comunión con los que sufren:

[1] Comunión y dignidad humana: La espiritualidad de comunión nos exige descubrir nuestra identidad y nuestra dignidad personal. Esta dignidad no se sustenta en factores económicos, en razones étnicas, en cuotas de poder ni en fluctuantes acuerdos humanos. Su fundamento radica en el misterio de la Trinidad que nos habita y nos constituye como imagen suya. Somos seres nacidos de la comunión y hechos para la comunión. Cuando eso falla, y este es uno de los vacíos de la cultura actual, la cuestión social se convierte en una cuestión antropológica y el mayor problema no está sólo en la pobreza, sino en la pérdida de la dignidad humana que se esconde detrás de la pobreza y que afecta a quienes la sufren y a quienes la generan.

[2] Comunión y cuidado de la casa común: La espiritualidad de comunión nos sensibiliza sobre la importancia de sentirnos solidarios con la realidad global de nuestro mundo, sabiendo que el cuidado de nuestra vida, de las relaciones con la naturaleza y de la casa común es inseparable de la justicia, la fraternidad y la fidelidad a los demás. En consecuencia, nos empuja a tener un corazón abierto y universal para acoger a todos -especialmente a los excluidos, los descartados, los migrantes, los refugiados- y para integrarlos en nuestra comunidad haciéndolos partícipes de ella con todos sus derechos y con todas sus potencialidades.

[3] Comunión y desarrollo humano integral: La espiritualidad de comunión nos lleva a vivir el servicio de la caridad como un servicio al desarrollo humano integral. No estamos en el mundo sólo para dar pan o para promover un simple desarrollo económico. Como Jesús en el desierto, hemos de tener siempre presente que “no sólo de pan vive el hombre” (Cfr Mt 4,4). Además de pan, necesitamos “Palabra”, relación, comunicación, comunión y sentido. Necesitamos a Dios y nos necesitamos unos a otros. Por eso, decimos que estamos al servicio del desarrollo humano integral, para “promover a todos los hombres y a todo el hombre”, como formuló el beato Pablo VI (PP n.14). Precisamos un desarrollo que integre a todos los pueblos de la tierra, que integre la dimensión individual y comunitaria, la dimensión corporal y espiritual del ser humano, sin absolutizar al individuo ni masificarlo, sin reducir el desarrollo al crecimiento económico y sin excluir a Dios de la vida del hombre.

[4] Comunión y compromiso transformador:  La comunión con los que sufren a causa de la marginación y la exclusión nos mueve a reaccionar ante las injusticias sabiendo que no es suficiente atender a las víctimas. Es necesario incidir en el cambio de las reglas de juego del sistema económico-social. Como dice el papa Francisco, “imitar al buen samaritano no es suficiente [...], es necesario actuar antes de que el hombre se encuentre con los ladrones, combatiendo las estructuras de pecado que producen ladrones y víctimas”. Y para esto no basta transformar las estructuras. Necesitamos dejarnos afectar por los pobres y desde ellos transformar también nuestros criterios y actitudes, nuestro modo de pensar y de vivir.

[5] Comunión y economía solidaria:  Nos preocupa la sociedad centrada en el dios dinero y sentimos la necesidad de seguir abriendo caminos a otra economía al servicio de la persona que promueva al mismo tiempo la inclusión social de los pobres y la consolidación de un trabajo decente como expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer. Nuestras Cáritas tienen ya un fecundo recorrido en este campo. Con ellas, “creemos que es un momento propicio para revisar este camino y dejarnos confrontar e iluminar por la fe y la doctrina social de la Iglesia de modo que, en la medida de nuestras posibilidades, respondamos a la economía que mata promoviendo otra que da vida”. Como hemos manifestado en otras ocasiones, “la reducción de las desigualdades [...] no puede dejarse en manos de las fuerzas ciegas del mercado. Es necesario dar paso a una economía de comunión, a experiencias de economía social que favorezcan el acceso a los bienes y a un reparto más justo de los recursos”.

[6] Comunión y espiritualidad de ojos abiertos: Por último, la comunión con el Espíritu que movió a Jesús a hacer de su vida una vida para los demás y una buena noticia para los pobres. Hoy hemos de ser conscientes de que no toda espiritualidad sirve para el compromiso caritativo y social. Lo ha dicho Francisco: “No sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón”. Lo hemos repetido nosotros en La Iglesia, servidora de los pobres (nn. 37-38). Nuestra mística ha de ser una mística de ojos abiertos a Dios y a los hermanos, no una mística sin nombre y sin rostro, como algunas de moda. Una mística buscadora de rostros, al estilo de Jesús, que se adelanta a ver el rostro de los oprimidos, sale al encuentro de los que sufren y es buena noticia para los pobres (Cfr Lc 4,16-19).

martes, 13 de junio de 2017

Llamados a Ser Comunidad

El próximo 18 de junio celebramos la festividad del Corpus Christi, el Día de la Caridad. Y “Llamados a ser comunidad” es el Mensaje que, para esta Jornada, nos quieren hacer llegar los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

Nos recuerdan que «en la fiesta del Corpus Christi, los cristianos adoramos la presencia real de Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación bajo las especies sacramentales del pan y del vino consagrados» y que «en este día acogemos la invitación de Cáritas a crecer como comunidad de hermanos y a participar en la Eucaristía, sacramento de comunión con Dios y con nuestros semejantes». Además, desde el primer párrafo abordan el eje central de su Mensaje, la espiritualidad de comunión: «cuantos comemos de un mismo pan no sólo somos invitados a formar un solo cuerpo, sino a crecer en la espiritualidad de comunión que dé sentido y anime nuestro compromiso social en favor de los que sufren».

En esta ocasión, Cáritas nos invita a poner el foco de atención en la dimensión comunitaria de nuestro ser: eje de nuestro hacer al servicio del Reino de Dios y del proyecto de transformación social en el que estamos empeñados en el ejercicio de la caridad. Para superar nuestros intereses individuales, los comportamientos autorreferenciales y colaborar con el Señor en la construcción de un mundo en el que la experiencia del amor de Dios nos permita vivir la comunión y construir una sociedad más justa y fraterna.

Una espiritualidad de comunión que San Juan Pablo II nos describía con gran profundidad: «significa ante todo una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado». Significa, además, «capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad». Y es «capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí”. Además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente».

En la Diócesis de Palencia celebramos esta Campaña de Cáritas y el Día de la Caridad con diversas actividades.

PROGRAMA de CÁRITAS DIOCESANA para el DÍA DE CARIDAD.  Junio de 2017

  • 14 Conferencia: “Enfermedad mental, exclusión social” Hno. Mariano Bernabé O.H. (San Juan de Dios). A las 19:30 en la Casa de la Iglesia.
  • 15 Eucaristía presidida por nuestro Obispo. A las 20:00 horas en la Santa Iglesia Catedral.
  • 16 Coral Regina Angelorum. A las 20:30 en el Teatro Principal.
  • 16-17 Juegos infantiles.  En el Salón.
  • 16-17-18 Mesas informativas.  En la Calle Mayor y el Salón.

miércoles, 1 de junio de 2016

La Eucaristía nos configura con Jesús compasivo y misericordioso

Del mensaje de los Obispos para el Corpus Christi

Al celebrar la fiesta del Corpus Christi en el marco del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, la contemplación y adoración del Señor en el sacramento de la Eucaristía nos ayuda a crecer y avanzar en el camino de la compasión. Este camino, recorrido por Jesús hasta el extremo, se hace presencia y memoria permanente para nosotros en este sacramento.

LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE LA COMPASIÓN DE DIOS

La Eucaristía, centro y fuente de toda la vida de la Iglesia, es el gran sacramento de la compasión de Dios:
  • El Dios que vio el sufrimiento de su pueblo, escuchó su clamor y compadecido lo liberó de la esclavitud, sigue escuchando el clamor de su pueblo y ofreciendo su vida por él en el sacramento de la Eucaristía.
  • El Dios que un día marcó las puertas de las casas de sus hijos con la sangre del cordero pascual, liberándolos así del exterminador, nos marca hoy en cada Eucaristía con la sangre derramada de su Hijo.
  • El Dios que dijo a Moisés “yo soy el que soy” (Ex 3,14), está junto a nosotros en la aflicción, se hace compañero de camino y nos muestra su compasión en la Eucaristía por medio de su Hijo Jesucristo.
  • El Dios que alimentó a su pueblo en el desierto con el maná cuando se encontraba exhausto por el hambre y angustiado ante el riesgo de morir, nos ofrece en la Eucaristía un nuevo pan para que quien lo coma no muera y tenga vida eterna.
  • El Dios que mantuvo su fidelidad a pesar de las infidelidades de su pueblo (Ex 34,6-7), es el Dios siempre fiel que en la Eucaristía nos ofrece una alianza nueva sellada con su sangre.
  • El Dios que en Jesús se conmovió ante una multitud hambrienta, despertó la conciencia de los suyos y multiplicó el pan, en la Eucaristía nos abre los ojos ante los hambrientos de la tierra y nos llama a poner nuestro pan a disposición de los hermanos.
  • El Dios que en Jesús nos dijo que hay que salir a los caminos para invitar al banquete a los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos, nos invita en cada Eucaristía a sentar a los pobres a la mesa.
  • El Dios que en Jesús nos amó hasta el extremo y lavó los pies de los discípulos, cada vez que actualizamos su memoria en la Eucaristía renueva con nosotros este gesto de compasión en la vida entregada y hecha servicio.

DISCÍPULOS DE JESÚS COMPASIVO Y MISERICORDIOSO

En la fiesta del Corpus Christi celebramos el amor de Dios que, en el sacramento de la Eucaristía, nos ha revelado la plenitud de su amor compasivo. Con Él nos alimentamos sentándonos a la mesa con los hermanos para hacernos uno comiendo del mismo pan. Con Él nos identificamos haciendo nuestro su proyecto salvador: El proyecto de una cultura de la compasión y de la vida entregada en el servicio.

En la raíz de toda la vida y actividad de Jesús está su amor compasivo. Se acerca a los que sufren, alivia su dolor, toca a los leprosos, libera a los poseídos por el mal, los rescata de la marginación y los devuelve a la convivencia. Entre los que siguen a Jesús están los desposeídos que no tienen lo necesario para vivir: vagabundos sin techo, mendigos que andan de pueblo en pueblo, jornaleros sin trabajo o con contratos precarios, arrendatarios explotados, viudas sin rentas mínimas ni seguros sociales, mujeres obligadas a ejercer la prostitución. Son los excluidos, los vulnerables, los descartados de ayer... y los de hoy. 

Por eso nosotros, ante Jesús-Eucaristía, queremos renovar nuestra unión con Él y nuestro seguimiento y lo hacemos manteniendo vivo su proyecto compasivo, como nos pide el papa Francisco: «En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos».