Cuentan que nuestro eximio escritor Miguel de Unamuno (vasco de nacimiento, aunque castellano en obras) estuvo gran parte de su vida obsesionado por un problema: la fe. Si desgranamos alguna de sus frases, descubrimos bien pronto lo ingrato de su tarea. Tratar de racionalizar un hecho tan sorprendente como la resurrección resulta a la vez absurdo e imperioso; sin ella no existimos como cristianos.
El autor de Del sentimiento trágico de la vida nos dice: «Así como antes de nacer no fuimos, así después de morir no seremos. Esto es lo racional. [...] Locura tal vez, y locura grande, querer penetrar en el misterio de ultratumba». O expresado de otro modo, que “la razón se suicida” ante el poder de Dios, el Único capaz de otorgar aliento. Aun así Unamuno prosigue: «Hay que creer en esa otra vida para poder vivir ésta y soportarla, y darle sentido y finalidad». Es decir, que aunque de modo individual no lo entendamos, la necesitamos, necesitamos creer en esa vida distinta; la simple “materialidad” no nos satisface.








