miércoles, 4 de abril de 2018

Familias Misioneras

Como en años anteriores, la Unidad Pastoral de Guardo recibió un numeroso grupo de 192 miembros Familia Misionera para ayudar a vivir esta Semana Santa.


Mamá, ¿hacia dónde vamos?

- Mamá, ¿hacia dónde vamos?
- Amor, ya te lo he dicho, vamos a un lugar mejor. Ahora, duerme.
Demoledor. Cualquier día de estos... en cualquier punto de las frías aguas del Mediterraneo. Una madre y su hijo que buscaban un futuro, una vida digna. Una esperanza para mañana.

 

Hace unos días me llegó esta viñeta por las redes sociales... y me heló el corazón. Con admirable dulzura se nos presenta un drama absoluto: Una madre que, hasta en el último momento y en la situación más dura, da un poco de esperanza a su hijo.
 
Una imagen profundamente bella que respira AMOR en cada burbuja de oxígeno que sube a la superficie... sin quitar un ápice de DOLOR. Y una imagen que cuestiona muy seriamente nuestra humanidad.
 
Nunca habrá datos exactos. Cuando escribo esto... en tres meses... 463 seres humanos, hermanos nuestros, pueden “contabilizarse” como ahogados o desaparecidos en las aguas mediterráneas. En el 2017 fueron casi 3000. En 2016... 4150.
 
Una tragedia ante la que el Papa Francisco -en su histórica visita a Lampedusa- dejó de lado el discurso preparado para exclamar... VERGÜENZA.
 
Hace tiempo, un periodista preguntaba a una madre que iba a subirse a un barcucho con su hija, huyendo de Turquía tras salir de Siria: “¿No le da miedo arriesgar la vida de su hija en ese barco?”. Y la madre contestó: “Donde arriesgo la vida de mi hija es quedándome en tierra”.

Tenemos que preguntarnos “hacia dónde vamos”. Tenemos que pedir perdón. Tenemos que reaccionar.

Txomin Pérez

martes, 3 de abril de 2018

Vergüenza, arrepentimiento, esperanza

Oración del Papa Francisco en el Via Crucis del Coliseo de Roma



«Señor Jesús, nuestra mirada está dirigida a ti, llena de vergüenza, de arrepentimiento y de esperanza.
 
Ante tu amor supremo, la vergüenza nos impregna por haberte dejado sufrir en soledad nuestros pecados:
 
La vergüenza de haber huido ante la prueba a pesar de haber dicho miles de veces “incluso si todos te abandonan, yo no te abandonaré jamás”.
 
La vergüenza de haber elegido a Barrabás y no a ti, el poder y no a ti, la apariencia y no a ti, el dinero y no a ti, la mundanidad y no la eternidad.
 
La vergüenza por haberte tentado con la boca y con el corazón cada vez que nos hemos encontrado ante una prueba, diciéndote: “si tú eres el Mesías, sálvate y creeremos”.
 
La vergüenza por tantas personas, incluso algunos de tus ministros, que se han dejado engañar por la ambición y por la vana gloria perdiendo su dignidad y su primer amor.
 
La vergüenza porque nuestras generaciones están dejando a los jóvenes un mundo fracturado por las divisiones y por las guerras; un mundo devorado por el egoísmo donde los jóvenes, los pequeños, los enfermos, los ancianos son marginados.
 

lunes, 2 de abril de 2018

De las Homilías de nuestro Obispo en la Semana Santa

(Pueden leerlas íntegras en www.diocesispalencia.org)



Del Jueves Santo

Tenemos que amar la Eucaristía, el gran invento del amor de Dios. Tenemos que vivirla en profundidad. En ella Dios nos reúne, nos habla como a amigos e hijos en la Liturgia de la Palabra; nosotros hablamos con él orando. Damos gracias, hacemos memorial de su entrega, de su carne entregada por nosotros y su sangre derramada por todos; lo hacemos en comunión de fe y amor con toda la iglesia, con la iglesia peregrina, presidida por el Papa Francisco, y de la que forman parte Santa María, la Virgen, San José, los santos y los difuntos. Y con ellos damos gloria y alabamos al Padre y al Hijo y en el Espíritu Santo, a Dios, al Uno y Trino, el Dios que es amor. De ella comemos, nos alimentamos, vivimos y existimos.
Tenemos que pedir por nuestros sacerdotes, presencia sacramental de Jesucristo, presencia en las vasijas de barro de nuestras personas, pero presencia que contiene el vino del amor, el buen olor de Cristo. Tenemos que pedir por las vocaciones, de manera especial a las vocaciones diaconales y sacerdotales. “Señor, manda, obreros a tu mies, como enviaste a los apóstoles, a San Manuel González, y a tantos otros”. Los necesitamos. ¿Quién si no nos va a hablar de ti, nos va a hacer presente tu Palabra que ilumina, quién nos va a partir del pan de la unidad y la copa de la bendición de tu amor? Escúchanos, Señor.

¡Feliz Pascua, palentinos todos! ¡Santa, florida y fecunda Pascua, cristianos!



+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

«Esta fiesta nos sostiene en medio de las miserias de este mundo: ahora es cuando Dios nos comunica la alegría de la salvación, que irradia esta fiesta, ya que en todas partes nos reúne espiritualmente a todos en una sola asamblea, haciendo que podamos orar y dar gracias todos juntos, como es de ley en esta fiesta» (San Atanasio, obispo, carta pascual 5,1-2).
 
Así se expresa San Atanasio, obispo de Alejandría. ¿Qué fiesta es esta? Es la Pascua del Señor. Es el paso -pascua es paso- de Jesús de la muerte a la vida, de la cruz a la luz, de la pasión a la gloria, de la humillación a la glorificación, de la oscuridad a la luz, del llanto al júbilo, de la tristeza a la alegría. ¡Qué imán tiene esta fiesta que logra la unión de todos los creyentes y la reunión de todos para cantar y gozar con el Aleluya! ¡Cómo canta la Liturgia Romana al Cirio pascual, que representa a Cristo, vencedor de la noche! ¡Con que fuerza la Iglesia da gracias por el agua bautismal que hace renacer a la vida eterna! ¡Con cuánta alegría recibe la comunidad a los nuevos miembros, nacidos del agua y del espíritu! ¡Con cuánta certeza proclama la Palabra la verdad del Crucificado y Resucitado! ¡Con qué energía proclama la Iglesia el Credo, síntesis feliz de nuestra fe en Dios Padre que nos entrega al Hijo para llenarnos de su Espíritu!¡Con qué sencillez el sacramento de la Eucaristía hace presente a Jesucristo, el grano de trigo caído en tierra, muerto, fecundo, hecho pan para el camino, a Jesús, el amigo de la viña, que pisado en el lagar de la pasión nos ha dado el vino mejor que hace de nuestra existencia una fiesta de bodas!
 
Es que esta fiesta proclama y celebra al Dios de la Vida, al Dios del Amor, a Dios, vencedor del mal, del pecado y de la muerte, a Dios creador, redentor y santificador del hombre, al Dios cuya gloria es que el hombre viva, al Dios liberador, a Dios que nos hace Hijos en Cristo, a Dios que nos hace hermanos con Cristo, a Dios que nos diviniza con su espíritu por Cristo.
 
Es que esta fiesta eleva al hombre, llena de esperanza, convierte nuestra historia en historia feliz de salvación, nuestra tierra es trasformada en cielo, nuestras derrotas en victorias, nuestras guerras en paz, nuestra muerte en vida, nuestra mortalidad en inmortalidad, nuestra temporalidad en eternidad, nuestras divisiones en unión armónica y sinfónica, nuestra humillación en sublimación, nuestro pecado en perdón, nuestra miseria en misericordia.
 
Que la fiesta no se agoste, no acabe. Que su luz no se apague; que su alegría no cese. Hemos sido salvados en esperanza porque es verdad que todavía hay sepulcros, losas que oprimen, muerte y muertes, injusticia, insolidaridad, desigualdades, hambre de pan y de transcendencia, odio, rencor, resentimiento, ansias de venganza, violencia, corrupción; pero todo esto puede ser vencido, ya ha sido vencido por el amor de Aquel que lo sufrió con nosotros y por nosotros, pero entregó su vida por amor, un amor total, sin reservas, hasta el final. No estamos condenados: hay salvación, hay remedio, hay salida. Dios no ha fracasado al crear al hombre; el hombre no es una pasión inútil, ni un ser para la muerte, es obra de amor, con corazón de carne, es amado y capacidad y necesidad de amar.

Esta fiesta nos da la clave para la vida, una vida nueva. Es Jesús, el Cristo, el Crucificado y Resucitado, Hijo del Padre e Hijo del Hombre, por ser Hijo de María. Creer en él, esperar en él, amarle a él, amar como él, tener sus sentimientos y actitudes, vivir con él, en él y por él. La clave está en abrirnos a él que viene a nuestro encuentro, encontrarnos con él, conocerle a él, seguirle a él, vivir con él y como él. La clave de nuestra felicidad temporal y eterna está en él. Él está todos los días con nosotros hasta el fin del mundo. Que nada nos separe de él; que él nos conceda su Espíritu para que “permanecer siempre en ti, perseverar en tu amor, vivir de tu vida y ser conducidos por tu mano”.
¡Feliz Pascua, palentinos! ¡Feliz Pascua, hermanos!